PARTE 2 – LA GRABACIÓN REVELÓ QUE EL SUPERVISOR LLEVABA AÑOS DESTRUYENDO VIDAS

El señor Hong observó la pantalla sin decir una sola palabra.

En el video se veía claramente al supervisor.

Primero insultó a la joven.

Después le arrebató el plato.

Finalmente la empujó contra la pared antes de arrojar la comida al suelo.

La oficina quedó completamente en silencio.

El supervisor intentó sonreír.

—Señor Hong… fue una discusión sin importancia.

El director apagó la pantalla.

—¿Sin importancia?

Su voz era tan fría que nadie se atrevió a respirar.

—Agredir a una empleada dentro de esta empresa nunca será un asunto menor.

El supervisor comenzó a retroceder.

—Ella me faltó al respeto.

La joven levantó la vista.

—Solo estaba cenando después de terminar un turno de catorce horas.

El director miró el reloj de registro.

Frunció el ceño.

—¿Catorce horas?

El jefe de recursos humanos revisó el sistema.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Señor…

—Ella lleva tres meses trabajando más de ochenta horas semanales.

—Y nunca recibió pago por horas extra.

Todos quedaron sorprendidos.

El director giró lentamente hacia el supervisor.

—Explíqueme eso.

El hombre comenzó a tartamudear.

—Fue… una confusión administrativa.

Entonces el guardia levantó otra memoria USB.

—Eso no es todo.

El supervisor sintió que el rostro se le vaciaba de color.

—¿Qué más tienes?

El guardia respiró profundamente.

—Durante meses hice copias de seguridad porque sospechaba que alguien alteraba las cámaras.

Conectó el dispositivo al monitor.

Aparecieron grabaciones de diferentes días.

El supervisor insultando a empleados.

Obligándolos a trabajar sin descanso.

Quitándoles los bonos.

Amenazando con despedir a cualquiera que hablara.

Las imágenes se sucedían una tras otra.

Nadie podía creer lo que veía.

Una mujer rompió a llorar.

—Por eso renunciaron tantos compañeros…

Otro empleado levantó la mano.

—Yo también entregué dinero para conservar mi puesto.

El supervisor gritó desesperado.

—¡Todos mienten!

Pero en ese momento una voz resonó desde la entrada.

—Yo también fui una de sus víctimas.

Todos voltearon.

Era Laura.

La antigua contadora que había renunciado seis meses antes.

Entró acompañada por dos excompañeros.

Traía una carpeta llena de documentos.

La dejó sobre la mesa del director.

—Aquí están los correos electrónicos.

—Las transferencias.

—Y las órdenes que él nos obligó a firmar.

El jefe de auditoría comenzó a revisar los archivos.

Su rostro se volvió cada vez más serio.

—Señor Hong…

—Hay desvíos de dinero desde hace cuatro años.

El director levantó lentamente la mirada.

—¿Cuánto?

El auditor tragó saliva.

—Más de doce millones.

Un murmullo recorrió toda la oficina.

El supervisor ya no intentó defenderse.

Sabía que todo había terminado.

Dos agentes de seguridad entraron inmediatamente.

Le retiraron la credencial.

Luego le pidieron que entregara las llaves de su oficina.

Mientras guardaba sus pertenencias en una caja de cartón, nadie sintió lástima por él.

El señor Hong caminó hasta la joven empleada.

—¿Cómo te llamas?

—Elena, señor.

El director sonrió por primera vez.

—A partir de hoy quedarás bajo la protección directa de la presidencia.

Después miró a todos los trabajadores.

—Quiero que sepan algo.

Hizo una breve pausa.

—Ningún empleado volverá a sufrir en silencio dentro de esta empresa.

Los aplausos comenzaron lentamente.

Uno tras otro.

Hasta llenar toda la oficina.

Pero cuando el auditor terminó de revisar el último documento, volvió a levantar la cabeza.

—Señor Hong…

—Hay un problema aún mayor.

El director frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

El auditor mostró el último contrato.

La firma que autorizaba todos los movimientos ilegales no pertenecía únicamente al supervisor.

Había una segunda firma.

La del vicepresidente de la compañía.

Y debajo aparecía una nota escrita de su puño y letra:

“El director general nunca debe descubrir quién financió realmente su llegada a esta empresa.”

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