Daniel no abrió la puerta.
Del otro lado del cristal, Michael Carter golpeó con fuerza.
—¡Oficial! ¡Mis hijas están ahí! ¡Abran inmediatamente!
Su voz sonaba firme.
Autoritaria.
La voz de un médico acostumbrado a que todos obedecieran.
Emma comenzó a temblar.
—No le diga que estamos aquí…
Daniel tomó el teléfono interno.
—Despachen otra patrulla de inmediato.
—Posible conflicto familiar con menores protegidas.
Mientras hablaba, observó a Michael caminar de un lado a otro frente a la entrada.
No parecía preocupado.
Parecía molesto.
Como si alguien hubiera interrumpido sus planes.
Dos minutos después llegaron los paramédicos.
Entraron por la puerta lateral.
Olivia fue colocada sobre una camilla.
La niña apenas mantenía los ojos abiertos.
Una paramédica revisó sus pupilas.
Después miró a Daniel.
—¿Qué tomó?
Él señaló el sobre sellado.
—Eso intentamos averiguar.
La mujer observó la jeringa.
Frunció el ceño.
—Necesitamos llevarla ya.
En ese momento, Michael empezó a golpear el cristal con ambas manos.
—¡Soy su padre!
—¡Soy médico!
—¡Déjenme entrar!
Daniel abrió apenas unos centímetros la puerta de seguridad.
—Señor Carter, permanezca donde está.
Michael sonrió con falsa calma.
—Oficial, todo esto es un malentendido.
Mi hija tiene ansiedad.
Le administré un medicamento recetado.
Emma gritó desde detrás del mostrador.
—¡Mentira!
Toda la comisaría quedó en silencio.
Michael giró lentamente la cabeza.
Su expresión cambió por completo al escuchar la voz de su hija.
Ya no era la del padre preocupado.
Era la de un hombre furioso por haber perdido el control.
—Emma…
La niña dio un paso atrás.
—Le dijiste que era vitamina.
Pero Olivia no quería.
La obligaste.
Michael negó con rapidez.
—Está confundida.
Daniel respondió sin apartar la vista de él.
—La investigación determinará eso.
En ese instante llegó una llamada desde el hospital al que pertenecía Michael.
Una enfermera pidió hablar con el oficial.
Daniel activó el altavoz.
—¿Es sobre el doctor Carter?
—Sí.
Necesitamos informar algo urgente.
Hace una hora detectamos que desaparecieron varias dosis de un sedante pediátrico del área restringida.
El silencio fue absoluto.
La enfermera continuó.
—El único profesional que registró acceso a ese gabinete esta tarde fue el doctor Michael Carter.
Michael dio un paso atrás.
—Eso no demuestra nada.
Pero Daniel ya estaba observando otra pantalla.
El laboratorio de la policía acababa de responder.
El código de la receta coincidía exactamente con el lote del medicamento desaparecido.
Los paramédicos comenzaron a mover la camilla.
Olivia abrió apenas los ojos.
Miró a su hermana.
Con un hilo de voz murmuró:
—No quería tragármelo…
Emma rompió a llorar.
—Yo intenté detenerlo.
Michael dio un paso hacia ellas.
Dos oficiales lo interceptaron inmediatamente.
—No pueden tratarme como a un criminal.
Daniel respiró profundamente.
—Todavía no.
Sacó unas esposas de su cinturón.
—Pero acaba de convertirse en el principal sospechoso de administrar un medicamento a una menor sin un consentimiento válido mientras ella afirma que fue obligada.
Las esposas se cerraron sobre las muñecas del médico.
Por primera vez, Michael dejó de aparentar tranquilidad.
Entonces sonó el teléfono de Daniel otra vez.
Era el laboratorio toxicológico.
La especialista habló con voz tensa.
—Oficial Reed…
—Necesitamos localizar inmediatamente todos los pacientes pediátricos tratados por el doctor Carter durante los últimos doce meses.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
La respuesta hizo que toda la comisaría quedara en silencio.
—Porque el medicamento que encontramos en la jeringa no debía administrarse a ningún niño sano.
Y no es la primera vez que aparece relacionado con su nombre.