Daniel permaneció inmóvil.
—Mamá… espera.
No me detuve.
La agente inmobiliaria me siguió hasta la recepción.
—Señora Zhou, ¿está completamente segura de cancelar?
Saqué la tarjeta bancaria.
—Completamente.
Ella asintió y anuló la reserva delante de todos.
Patricia dejó escapar una risa llena de desprecio.
—Emily, ¿ves? Ya te lo dije. Algunas personas usan el dinero para controlar a sus hijos.
No respondí.
Firmé la cancelación.
Guardé mi tarjeta.
Y salí de la oficina.
Aquella misma noche Daniel apareció en mi apartamento.
Tenía el rostro cansado.
—Mamá, ¿de verdad vas a destruir mi boda por una escritura?
Le serví una taza de té.
—No.
—Entonces…
—Quien la está poniendo en riesgo no soy yo.
Él guardó silencio.
Lo miré con calma.
—Si Emily te ama, se casará contigo aunque la casa esté únicamente a tu nombre.
—Pero…
—Si solo acepta casarse siendo propietaria de un apartamento que yo pago por completo, entonces el problema nunca fue la escritura.
Daniel bajó la cabeza.
—Ella solo quiere seguridad.
Asentí.
—Y yo también.
No volvió a discutir.
Tres días después recibí una llamada inesperada.
Era la agente inmobiliaria.
—Señora Zhou, creo que debería saber algo.
—¿Qué ocurrió?
—Después de que usted canceló la compra, la señora Patricia volvió con otro cliente.
Fruncí el ceño.
—¿Otro cliente?
—Sí.
Escuché sin querer una conversación.
Decían que, si conseguían que usted pusiera la vivienda a nombre de los dos, la venderían dentro de dos años para comprar una casa más grande.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién lo dijo?
—La madre de Emily.
Añadió algo más.
“Dijo que una viuda mayor siempre termina cediendo cuando tiene miedo de perder a su único hijo.”
Colgué lentamente.
Aquella noche no llamé a Daniel.
Esperé.
Cinco días después fue él quien regresó.
Pero no venía solo.
Emily y Patricia también estaban allí.
Patricia sonreía con amabilidad exagerada.
—Señora Zhou, hemos reflexionado.
Emily tomó la palabra.
—Acepto que el apartamento quede solo a nombre de Daniel.
No respondí.
Ella continuó.
—Lo importante es el amor.
Sonreí levemente.
—¿De verdad?
—Sí.
Saqué una carpeta del cajón.
La coloqué sobre la mesa.
—Entonces no habrá problema en firmar esto.
Patricia la abrió.
Su sonrisa desapareció.
Era un acuerdo prenupcial.
Todo el patrimonio previo al matrimonio seguiría perteneciendo exclusivamente a quien lo hubiera adquirido.
Los bienes futuros se dividirían únicamente según la aportación económica de cada uno.
Emily levantó la vista.
—¿Es necesario?
—Si el amor es suficiente, no debería haber ningún inconveniente.

Patricia cerró la carpeta de golpe.
—¡Eso demuestra que no confía en mi hija!
—Exactamente la misma frase que utilizaron cuando se negaron a aceptar que el apartamento estuviera solo a nombre de Daniel.
El salón quedó en silencio.
Daniel empezó a comprender.
Miró primero el contrato.
Después a Emily.
Finalmente a Patricia.
—¿Por qué ahora sí aceptan?
Ninguna respondió.
Él respiró profundamente.
—Contesten.
Patricia intentó sonreír.
—Solo queremos evitar conflictos.
Daniel tomó lentamente la carpeta.
Luego observó a Emily con una tristeza que nunca le había visto.
—¿Te habrías casado conmigo si mi madre no tuviera dinero?
Emily bajó la mirada.
Tardó demasiado en responder.
Y ese silencio le dio a mi hijo la única respuesta que realmente necesitaba.
Dos semanas después, Daniel canceló el compromiso.
Meses más tarde compró un apartamento mucho más pequeño.
Con su propio sueldo.
Con una hipoteca que podía pagar.
El día que recibió las llaves me abrazó durante un largo rato.
—Mamá…
—¿Sí?
—Gracias por no comprar aquel apartamento.
Sonreí.
—Pensé que estabas enfadado conmigo.
Negó lentamente.
—Si lo hubieras comprado, habría perdido mucho más que un millón novecientos ochenta mil yuanes.
Lo miré con orgullo.
—¿Qué habrías perdido?
Daniel sostuvo las llaves de su nuevo hogar y respondió con una sonrisa serena.
—La oportunidad de descubrir quién quería compartir mi vida…
…y quién solo quería compartir mi escritura.