Octavio dejó caer los billetes sobre el piso y corrió hacia la maleta.
—¿Dónde está el resto del dinero? —gritó mientras vaciaba la ropa.
Yo no respondí.
Mi atención seguía en mi madre.
Sus muñecas estaban tan marcadas que la sábana había quedado pegada a la piel.
Con mucho cuidado corté las ataduras.
Ella apenas podía mover los brazos.
—No tomes agua de esta casa… —susurró otra vez—. Ellos ya tenían todo preparado.
En ese instante sonó el timbre.
Mi suegra corrió hacia la puerta.
—¡No abras! —gritó Octavio.
Era demasiado tarde.
Mi abogada entró acompañada por dos testigos y un notario.
Detrás de ellos apareció una patrulla municipal.
La cámara escondida en la maleta había transmitido absolutamente todo.
El policía observó a mi madre inmóvil sobre la cama.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Quién hizo esto?
Nadie respondió.
Mi cuñada comenzó a llorar.
Mi suegra fingió desmayarse.
Octavio dio un paso hacia mí.
—Estrella… podemos hablar…
Lo interrumpí levantando la bolsa negra que había encontrado bajo el colchón.
—No.
Ahora hablarán estos documentos.
El notario abrió cuidadosamente la carpeta.
Primero apareció la escritura falsificada de mi casa.
Después los comprobantes de todas mis remesas durante tres años.
Finalmente encontró dos sobres idénticos.
Ambos tenían el logotipo de una funeraria.
El policía frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
El notario abrió el primero.
Era un contrato funerario completo.
A nombre de mi madre.
Con fecha del mes anterior.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Pero mi madre sigue viva…
El segundo sobre cayó al piso.
También era un contrato funerario.
Esta vez llevaba mi nombre.
Todo ya estaba pagado.
Ataúd.
Traslado.
Cremación.
Hasta las flores.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué significa esto?
Mi madre comenzó a llorar.
—Por eso te dije que no firmaras nada…
El policía levantó la vista hacia Octavio.
—Explíquelo inmediatamente.
Octavio permanecía completamente pálido.

Fue mi suegra quien perdió el control.
—¡Todo era por necesidad!
Todos giramos hacia ella.
Acababa de confesar.
—¡Las deudas nos estaban ahogando! ¡Ese dinero de Qatar nunca alcanzaba!
Mi abogada habló con absoluta calma.
—¿Y por eso contrataron dos funerales?
La mujer se mordió los labios.
Demasiado tarde.
El notario encontró otro documento escondido entre las pólizas.
Era una autorización para cobrar dos seguros de vida.
Uno correspondía a mi madre.
El otro al mío.
Los beneficiarios eran exactamente los mismos.
Octavio y su madre.
El oficial respiró profundamente.
—Quedan detenidos.
Mientras los esposaban, Octavio comenzó a gritar desesperado.
—¡Ella nunca debía regresar antes de tiempo!
Aquellas palabras congelaron la habitación.
El policía se detuvo.
—¿Antes de tiempo?
Mi madre levantó lentamente una mano temblorosa.
—Porque… ellos ya habían organizado mi entierro…
Hizo una pausa para recuperar el aire.
—Y también el de mi hija.
Todos permanecimos en silencio.
Entonces recordé algo.
Las fotografías que Octavio me enviaba desde Qatar.
Siempre la misma ropa.
La misma ventana.
La misma expresión.
Mi abogada abrió rápidamente la galería de mi teléfono.
Comparó las imágenes.
Después amplió una de ellas.
Había un calendario colgado detrás de mi madre.
La fecha era exactamente la misma en todas las fotografías.
Durante tres años.
Mi estómago se revolvió.
—No…
Ella nunca me envió fotos nuevas.
Solo reutilizaron la misma imagen una y otra vez para seguir pidiéndome dinero.
El policía cerró lentamente la carpeta.
—Esto cambia completamente la investigación.
Pensé que todo había terminado.
Pero mientras los agentes registraban la casa, uno de ellos llamó desde la planta baja.
—¡Oficial! ¡Encontramos algo más!
Todos bajamos.
El agente sostenía un viejo cuaderno escondido dentro del sofá.
Era un libro de cuentas.
En cada página aparecía una lista de nombres.
Fechas.
Cantidades.
Y una columna titulada únicamente:
“Funerales cobrados.”
No había dos nombres.
Había muchos más.
El oficial levantó lentamente la vista hacia Octavio.
—Señor…
¿Cuántas personas murieron realmente por culpa de ustedes?