El patio quedó completamente en silencio.
Los invitados observaban a Mauricio con curiosidad.
Él seguía sosteniendo la copa como si todavía fuera el dueño de la celebración.
Camila caminó hasta colocarse a su lado.
—Gabriel, ya basta.
Respira.
Podemos hablar como adultos.
La miré durante unos segundos.
Después dirigí la vista hacia el traje gris que llevaba Mauricio.
Cada puntada me recordaba las manos de mi padre.
Las noches en que cosía con los lentes empañados.
Y la última promesa que me hizo.
—Nunca permitas que nadie ensucie el trabajo de un hombre honesto.
Respiré profundamente.
—Quítate ese traje.
Mauricio sonrió con desprecio.
—¿Y si no quiero?
—Entonces tendrás que devolverlo de otra forma.
Teresa intervino inmediatamente.
—¡Qué ridículo! ¿Vas a arruinar una boda por un traje viejo?
Tía Toña dio un paso al frente.
—No hables de lo que no entiendes.
Ese traje fue la última obra de mi hermano.
Vale más que todo lo que trajeron ustedes.
Camila perdió la paciencia.
—¡Esta casa también es mía!
Negué lentamente con la cabeza.
—No.
Nunca lo fue.
Ella levantó una carpeta.
—Tenemos pruebas.
Durante tres años viví aquí.
Pagué muebles.
Decoré cada habitación.
Tengo derechos.
Sonreí por primera vez desde que llegué.
—Qué bueno que trajiste documentos.
Porque yo también tengo algunos.
Saqué el teléfono del bolsillo.
Marqué un número.
Activé el altavoz.
Mauricio soltó una carcajada.
—¿Vas a llamar a la policía?
—No.
La llamada fue contestada casi de inmediato.
—Licenciado Salinas.
Lo escucho.
—Necesito que llegue a la casa.

También quiero que traiga el expediente sucesorio completo y el contrato del fideicomiso de mi padre.
Los rostros comenzaron a cambiar.
Teresa frunció el ceño.
—¿Qué fideicomiso?
Colgué.
Mauricio seguía intentando aparentar tranquilidad.
—No asustas a nadie con abogados.
Esperamos apenas quince minutos.
Un automóvil negro entró por el portón.
Descendieron un notario, dos abogados y un representante del Registro Público.
El licenciado Salinas saludó con respeto.
—Señor Gabriel.
Traje todo lo solicitado.
Abrió una carpeta gruesa.
Sacó un documento sellado.
—Según el fideicomiso constituido por el señor Zacarías Zárate hace cuatro años, esta propiedad no puede ser vendida, cedida, ocupada ni modificada sin autorización expresa del único beneficiario.
Levantó la vista.
—El señor Gabriel Zárate.
Camila sintió que el color abandonaba su rostro.
—Eso no puede ser.
Yo viví aquí.
—Sí.
Como invitada.
Nada más.
Mauricio dio un paso adelante.
—Gabriel me entregó las llaves.
El abogado sonrió con serenidad.
—También existe un inventario firmado de todos los bienes del inmueble.
Incluyendo el taller.
La maquinaria.
Y una pieza catalogada como patrimonio artístico familiar.
Todos miraron el traje.
El abogado señaló directamente a Mauricio.
—Ese traje pertenece legalmente al patrimonio del señor Gabriel.
Su retiro sin autorización constituye apropiación indebida.
El silencio se volvió absoluto.
Pero aquello no era lo peor.
El notario sacó otra carpeta.
—Hace tres semanas recibimos una solicitud para transferir esta propiedad.
La firma del propietario resultó falsificada.
Sentí que varias personas contenían la respiración.
—¿Quién presentó esa solicitud? —pregunté.
El notario abrió la última hoja.
—La señorita Camila Ortega.
Camila comenzó a temblar.
—Yo…
Yo pensé que…
Teresa intentó intervenir.
—Solo fue un malentendido.
El representante del Registro negó con firmeza.
—Falsificar una firma para obtener una propiedad no es un malentendido.
Es un posible delito.
Mauricio giró lentamente hacia Camila.
—¿Me dijiste que Gabriel ya había aceptado?
Ella rompió a llorar.
—Creí que después de la boda sería más fácil convencerlo.
Los invitados comenzaron a abandonar discretamente sus asientos.
Nadie quería seguir presenciando aquello.
En ese momento sonó el teléfono del abogado.
Escuchó unos segundos.
Después me miró.
—Señor Gabriel…
Acaban de confirmar otra información.
Fruncí el ceño.
—¿Cuál?
El abogado respiró profundamente antes de responder.
—El bebé que espera la señorita Camila… no fue registrado por el hospital con el nombre del señor Mauricio como padre.