Sentí que el corazón iba a salírseme del pecho.
Tomás apenas podía mover los labios.
Pero sus ojos estaban completamente conscientes.
—No mires hacia mí —susurró—. Las cámaras siguen grabando.
Obedecí de inmediato.
Tomé un vaso de agua y fingí acomodar las cortinas.
—¿Qué está pasando?
—No me caí.
Aquellas cuatro palabras hicieron que todo cobrara sentido.
—¿Qué quieres decir?
—El licuado…
Cerró los ojos unos segundos para recuperar fuerzas.
—Tenía algo.
Me mareé antes de subir a la plataforma.
Respiré lentamente para no perder la calma.
—¿Quién lo preparó?
—Llegó con una nota.
“De parte de mamá.”
La misma frase que había escuchado en el taller.
Tomás continuó hablando con enormes pausas.
—Cuando desperté por primera vez…
Escuché a Leandro y a Sergio.
Pensaban que seguía inconsciente.
Me acerqué discretamente al buró para que las cámaras solo vieran a una esposa acomodando medicamentos.
—¿Qué dijeron?
—Que si sobrevivía…
Perderían todo.
Fruncí el ceño.
—¿Todo qué?
Tomás tragó saliva.
—Papá falsificó documentos usando mi firma.
Durante tres años.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Él siguió hablando.
—Descubrí desvíos de dinero.
Facturas falsas.
Empresas fantasma.
Les dije que iba a denunciar todo después de auditar los libros.
Entonces comprendí por qué le habían pedido cuarenta millones durante aquella comida.
No necesitaban un préstamo.
Necesitaban tapar un agujero.
—¿Por eso te atacaron?
Asintió apenas.
—Pero no podían matarme directamente.
Necesitaban una responsable.
Miré la libreta de Nadia.
La anotación escrita dos horas antes.
“Mariana administró sedante.”
Todo estaba preparado.
La enfermera.
Las cámaras.
Los medicamentos sin receta.
Mi firma.
Yo sería la asesina perfecta.
En ese momento escuchamos pasos en el pasillo.
Tomás cerró inmediatamente los ojos.
Su respiración volvió a ser lenta.
La puerta se abrió.
Era Nadia.
Entró sosteniendo una bandeja con las cápsulas que Ofelia me había dejado.
—Señora Mariana.
Ya es hora de que tome su medicina.

Sonrió demasiado.
Le devolví la sonrisa.
—Claro.
Tomé una cápsula.
La acerqué a mi boca.
Pero aproveché el momento en que ella acomodaba el suero para esconderla dentro de una servilleta.
Nadia anotó algo en la libreta.
Después salió.
Esperé varios minutos.
Tomás volvió a abrir los ojos.
—No la tomes jamás.
—¿Cómo lo sabes?
—La vi.
Leandro cambió las cápsulas antes de irse al aeropuerto.
Mi respiración volvió a acelerarse.
Saqué discretamente una bolsa plástica de mi bolso.
Guardé la cápsula.
—La mandaré analizar.
Tomás negó muy despacio.
—No todavía.
Si descubren que sospechamos…
Acelerarán el plan.
Guardamos silencio.
Entonces recordé algo.
—Las cámaras.
¿Ellos pueden verlas desde Corea?
Tomás movió apenas un dedo hacia la esquina del techo.
—No.
Solo graban.
Las revisarán cuando regresen.
Eso nos daba una oportunidad.
Saqué mi teléfono.
Apagué el sonido.
Activé la grabación de video.
Comencé a registrar cada rincón de la habitación.
Los frascos.
La libreta.
Las cámaras.
Los medicamentos.
Y la cápsula escondida en la bolsa.
En ese instante vibró mi celular.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La abrí.
Sentí que el aire desaparecía.
Era una imagen tomada dentro de la habitación.
Desde otro ángulo.
No pertenecía a ninguna de las cámaras visibles.
Debajo aparecía una sola frase.
“No confíes en Nadia. Pero tampoco en las cámaras. Hay una cuarta que ustedes aún no han encontrado.”