Valeria sostuvo la bandeja con ambas manos.
Su expresión no cambió.
—¿Necesita algo más, señor?
Aquella última palabra dolió más de lo que Diego habría imaginado.
—No me llames así.
Ella bajó la vista.
—Estoy trabajando.
—Valeria…
—Si desea hacer un pedido, con gusto lo atenderé. Si no, debo volver a mis mesas.
Intentó marcharse.
Diego dio un paso al frente.
—Solo quiero hablar contigo cinco minutos.
Ella sonrió con una cortesía impecable.
La misma sonrisa que usan las personas cuando quieren mantener a un desconocido a distancia.
—Hace veinte años también querías hablar conmigo.
Aquella frase lo dejó inmóvil.
—Te esperé todos los días durante casi un año.
Su voz seguía siendo tranquila.
Sin reproches.
Sin lágrimas.
Solo una verdad que llevaba demasiado tiempo guardada.
—Después dejé de esperar.
Antes de que Diego pudiera responder, el gerente apareció detrás de ellos.
—¿Hay algún problema, señor Herrera?
Diego negó inmediatamente.
—Ninguno.
El gerente miró a Valeria.
—La mesa siete sigue esperando.
—Ahora mismo.
Ella se alejó sin volver la cabeza.
Diego permaneció inmóvil observándola.
Uno de los inversionistas japoneses se acercó.
—¿Todo bien, señor Herrera?
Tardó unos segundos en reaccionar.
—Sí…
Pero era mentira.
Ya no podía concentrarse en ningún contrato.
La reunión terminó dos horas después.
Los inversionistas se marcharon satisfechos.
Diego permaneció sentado.
Esperando.
Cuando el restaurante empezó a vaciarse, vio a Valeria salir por la puerta trasera con una mochila desgastada.
La siguió a cierta distancia.
Ella caminó varias calles hasta un edificio antiguo.
Nada parecido al restaurante elegante donde trabajaba.
Subió lentamente las escaleras cargando dos bolsas del supermercado.
Cuando estaba a punto de entrar, una voz infantil sonó desde el segundo piso.
—¡Mamá!
Un niño de unos ocho años bajó corriendo.
La abrazó con fuerza.
Diego sintió un golpe en el pecho.
Valeria sonrió por primera vez en toda la tarde.
Una sonrisa completamente distinta.
Llena de ternura.
Le acarició el cabello al pequeño.
—¿Hiciste la tarea?
—Sí.
—¿Y la cena?
—Esperé para comer contigo.
Ella lo tomó de la mano.
Los dos desaparecieron dentro del edificio.
Diego permaneció inmóvil varios minutos.
No sabía qué le dolía más.
Verla trabajando sin descanso.
O descubrir que había construido una vida entera sin él.
Al día siguiente volvió al restaurante.
No hizo ninguna reserva.
Solo pidió un café.
Esperó hasta que Valeria apareció.
Ella se acercó con profesionalidad.
—Buenos días.
—¿Podemos hablar después de tu turno?
Negó con suavidad.
—No.
—Solo quiero entender.
—Ya es demasiado tarde para entender.

Anotó el pedido.
Antes de marcharse, Diego habló nuevamente.
—¿Ese niño es tu hijo?
Ella levantó lentamente la mirada.
—Sí.
—¿Cuántos años tiene?
—Ocho.
Diego hizo un cálculo involuntario.
No podía ser.
Ella leyó inmediatamente la expresión de su rostro.
—No.
Respondió antes de que él preguntara.
—No es hijo tuyo.
Se dio media vuelta y regresó al trabajo.
Pero aquella respuesta no tranquilizó a Diego.
Al contrario.
Le hizo comprender que había demasiadas cosas que desconocía.
Esa misma tarde llamó a un viejo amigo de San Miguel.
—Necesito saber qué pasó con Valeria después de que me fui.
Al otro lado hubo un largo silencio.
Finalmente el hombre respondió.
—Diego…
—Sí.
—¿De verdad no sabes nada?
Sintió un mal presentimiento.
—¿Qué debería saber?
El amigo suspiró.
—El padre de Valeria murió pocos meses después de que tú te marcharas.
Diego cerró los ojos.
—No lo sabía.
—Ella dejó la escuela para cuidar a su madre enferma.
Cada palabra caía como una piedra.
—Trabajó de día.
Estudió de noche.
Nunca aceptó ayuda de nadie.
Diego apoyó lentamente la frente contra la ventana.
—¿Y el padre del niño?
Silencio otra vez.
Más largo.
Más incómodo.
Finalmente llegó la respuesta.
—Eso es precisamente lo extraño.
—¿Por qué?
—Porque en el pueblo todos creíamos que iba a casarse con un muchacho llamado Andrés.
—¿Y?
—La boda nunca ocurrió.
—¿Qué pasó?
El hombre respiró hondo.
—Nadie lo sabe.
Solo sabemos que un mes antes de la ceremonia…
Andrés desapareció sin dejar rastro.
Diego permaneció completamente inmóvil.
Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, su amigo añadió algo que le heló la sangre.
—Aunque hay un detalle que siempre nos pareció raro.
—¿Cuál?
—El mismo día que Andrés desapareció… llegaron al pueblo varios hombres vestidos de negro preguntando por ti y por la familia Morales.