PARTE 2 – EL HOMBRE QUE TODOS TEMÍAN

Marco retrocedió un paso.

Por primera vez desde que lo conocía, vi desaparecer la arrogancia de su rostro.

El desconocido permanecía a mi lado con absoluta tranquilidad.

La lluvia resbalaba por su vieja chaqueta de cuero.

No levantó los puños.

Ni siquiera adoptó una postura de pelea.

Solo miró fijamente a Marco.

—Hace años que no te veía.

La voz grave hizo que varios de los presentes intercambiaran miradas nerviosas.

Marco tragó saliva.

—¿Qué… qué haces aquí?

El hombre sonrió apenas.

—Eso debería preguntártelo yo.

El silencio se volvió pesado.

Yo no entendía qué estaba ocurriendo.

Aquel hombre parecía conocer a Marco.

Y, por alguna razón, Marco le tenía miedo.

Mucho miedo.

Uno de los chicos del fondo murmuró casi sin voz:

—Es Gabriel…

Otro respondió inmediatamente:

—No puede ser. Dijeron que se había marchado de la ciudad.

El nombre pareció recorrer el callejón como una corriente eléctrica.

Marco apretó los dientes.

Intentó recuperar la compostura.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Gabriel dio un paso hacia él.

—Cuando cinco personas rodean a una sola… sí tiene que ver conmigo.

Marco señaló hacia mí.

—Él empezó.

Gabriel volvió la cabeza para mirarme.

—¿Es verdad?

Negué lentamente.

—Solo le pedí que dejara de seguirme.

Gabriel asintió.

Después volvió a fijar sus ojos en Marco.

—Entonces termina aquí.

Marco soltó una risa forzada.

—¿Y si no quiero?

—También termina aquí.

La diferencia era que Gabriel no levantó la voz.

No necesitaba hacerlo.

Todos sabían que hablaba en serio.

Durante varios segundos nadie se movió.

Después Marco dio un paso atrás.

Luego otro.

Los muchachos que habían venido con él hicieron lo mismo.

Ninguno quería ser el primero en enfrentarse a Gabriel.

Pero, justo cuando parecía que todo había terminado, Marco sonrió de una forma extraña.

—Está bien.

Levantó ambas manos.

—Hoy no habrá pelea.

Se dio media vuelta.

Yo respiré aliviado.

Entonces ocurrió.

Marco sacó una barra de hierro que escondía bajo la chaqueta y giró violentamente hacia mí.

Todo ocurrió en menos de un segundo.

No tuve tiempo de reaccionar.

Solo vi una sombra negra cruzar frente a mí.

Gabriel.

El golpe impactó directamente contra su hombro.

El ruido del metal resonó por todo el callejón.

Marco aprovechó la confusión para escapar corriendo.

Sus amigos huyeron detrás de él.

En pocos segundos desaparecieron bajo la lluvia.

Yo me acerqué inmediatamente.

—¡Está sangrando!

Gabriel observó su hombro.

La tela estaba rasgada.

Pero apenas parecía sentir dolor.

—No es nada.

—Tenemos que ir al hospital.

Él negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿Por qué?

Miró hacia el final de la calle.

Como si esperara a alguien.

—Porque todavía no terminó.

No entendí sus palabras.

Hasta que escuchamos varias sirenas.

Tres patrullas policiales entraron en la avenida.

Los agentes descendieron rápidamente.

Uno de ellos caminó directamente hacia Gabriel.

—Pensábamos que llegaríamos demasiado tarde.

Gabriel asintió.

—Escapó hacia el puente viejo.

El oficial tomó nota.

Después me miró.

—¿Usted está bien?

Asentí confundido.

—¿Qué está pasando?

El policía respiró profundamente.

—Marco no está siendo buscado solo por agresiones.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quiere decir?

El agente sacó una fotografía.

En ella aparecían Marco y otros tres hombres.

—Hace dos semanas un comerciante fue brutalmente golpeado durante un intento de extorsión.

Pasó otra fotografía.

Después otra.

Siempre aparecía Marco.

Siempre acompañado por las mismas personas.

—Llevamos días intentando detenerlos.

Miré sorprendido a Gabriel.

—¿Cómo sabía que estaría aquí?

El oficial respondió antes que él.

—Porque él trabaja con nosotros.

Abrí mucho los ojos.

Gabriel sonrió por primera vez.

—No exactamente.

El policía corrigió inmediatamente.

—Es nuestro colaborador principal.

Gabriel bajó la mirada.

—Solo intento terminar algo que comenzó hace muchos años.

No entendía nada.

Pero antes de que pudiera preguntar, uno de los agentes recibió una llamada por radio.

Su expresión cambió al instante.

—Inspector… encontraron el vehículo.

Todos levantaron la vista.

—¿Y Marco?

El agente negó lentamente.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero encontramos otra persona dentro.

Gabriel dejó de sonreír.

—¿Quién?

El policía miró la pantalla del teléfono.

Después me observó directamente.

—Su padre.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Eso es imposible.

—El señor llevaba varias horas retenido en el maletero.

La sangre abandonó mi rostro.

Mi padre había salido de casa aquella tarde para comprar medicamentos.

Nunca regresó.

Gabriel cerró lentamente los ojos.

Como si aquella noticia confirmara algo que llevaba demasiado tiempo sospechando.

—Lo sabía…

Lo miré confundido.

—¿Qué sabía?

Abrió la puerta de una de las patrullas.

Sacó una carpeta gruesa.

En la portada aparecía una única palabra escrita en letras rojas.

OPERACIÓN FÉNIX.

La abrió lentamente.

La primera fotografía mostraba a Marco.

La segunda, a varios hombres armados.

Y la tercera hizo que mi respiración se detuviera por completo.

Porque junto a Marco aparecía una persona a la que conocía desde niño.

La persona que, según todos, llevaba años ayudando a las familias del barrio.

El alcalde de la ciudad.

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