Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Mis padres seguían sonriendo, sin comprender por qué aquel desconocido pronunciaba mi nombre con tanta seguridad.
Yo tampoco podía entenderlo.
En esta vida jamás había cruzado una palabra con Adrian Crowe.
Él apoyó una mano sobre el bastón y dio otro paso.
—No deberías sorprenderte tanto.
Mi madre me tomó del brazo.
—¿Lo conoces, hija?
Negué lentamente.
—No.
Era verdad.
Al menos para todos los demás.
Adrian mantuvo los ojos fijos en mí.
—Podemos hablar a solas.
—No tengo nada que hablar contigo.
Mi padre dio un paso al frente.
—Joven, mi hija ya respondió.
Adrian guardó silencio unos segundos.
Después sacó del bolsillo una pequeña cadena de plata.
En ella colgaba un diminuto dije con forma de estrella.
Mi corazón dejó de latir.
En mi primera vida…
Aquella cadena era mía.
La había perdido mientras intentaba cargarlo hasta la ambulancia.
Jamás volvió a aparecer.
Él levantó lentamente el dije.
—Esto cayó aquella noche.
Mis manos comenzaron a temblar.
Era imposible.
Aquella noche nunca había ocurrido.
Yo jamás entré en el callejón.
Nunca lo ayudé.
Nunca perdí esa cadena.
Entonces…
¿Por qué él la tenía?
—No sé de qué hablas.
Adrian sonrió por primera vez.
Pero aquella sonrisa no transmitía alegría.
Transmitía certeza.
—Claro que lo sabes.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
Muy despacio murmuró una frase que solo dos personas podían comprender.
—La primera vez me cargaste sobre tu espalda.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
Exactamente esas palabras…
Habían sido las primeras que él me dijo al despertar en el hospital de mi vida anterior.
Retrocedí un paso.
Él también recordaba.
No podía existir otra explicación.
—¿Quién eres realmente? —pregunté en voz baja.
—La misma pregunta quería hacerte.
Mis padres observaban la conversación completamente confundidos.
Mi madre rompió el silencio.
—Isabel, ¿está pasando algo?
Respiré profundamente.
No podía involucrarlos.
No otra vez.
—Todo está bien.
Tomé la mano de mi madre.

—Vámonos.
Pero Adrian habló antes de que pudiéramos alejarnos.
—Aunque cambiaste el pasado…
…hay cosas que siguen ocurriendo.
Me detuve.
No quería escucharlo.
Y precisamente por eso sabía que debía hacerlo.
Él continuó.
—Clara ya apareció.
Sentí un nudo en el estómago.
En mi primera vida conoció a Adrian varios meses después.
No tan pronto.
Eso significaba que la historia estaba cambiando.
Pero no desapareciendo.
—No me importa.
—Debería importarte.
Sacó una carpeta del automóvil.
La abrió delante de mí.
Dentro había varias fotografías.
Reconocí inmediatamente el edificio.
La vieja fábrica.
El mismo lugar donde morí durante el secuestro.
Las imágenes tenían fecha de hacía apenas dos días.
La fábrica seguía existiendo.
Seguía siendo utilizada.
Y alguien la vigilaba.
—¿Por qué me enseñas esto?
Adrian respondió sin apartar la vista de mi rostro.
—Porque fui allí ayer.
Mi sangre se heló.
—Encontré algo.
Sacó otra fotografía.
Esta vez aparecía una pared llena de recortes.
Fotografías.
Nombres.
Fechas.
En el centro había una imagen enorme de Adrian.
Y justo a su lado…
Una fotografía escolar mía tomada apenas unas semanas antes.
Mi respiración se detuvo.
Alguien nos estaba observando incluso antes de que nuestras vidas volvieran a cruzarse.
Adrian cerró lentamente la carpeta.
—No sé quién hizo eso.
—¿Y por qué vienes a mí?
Su respuesta llegó sin vacilar.
—Porque en mi otra vida…
…la única persona que logró mantenerme con vida fuiste tú.
Aquellas palabras me golpearon con la fuerza de un recuerdo olvidado.
En la vida anterior, durante el secuestro…
Yo había creído que Adrian nunca me había elegido.
Pero era cierto.
Yo también lo había salvado dos veces antes de morir.
Lo miré con frialdad.
—Eso fue en otra vida.
Ya no te debo nada.
Él bajó lentamente la cabeza.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero alguien más parece decidido a repetir exactamente la misma historia.
Antes de que pudiera responder, un automóvil blanco apareció a toda velocidad.
Se detuvo junto a nosotros.
Una joven bajó corriendo.
Cabello largo.
Vestido blanco.
Los mismos ojos que jamás olvidaría.
Clara.
Ella corrió directamente hacia Adrian y lo abrazó con desesperación.
—¡Por fin te encontré!
Adrian permaneció inmóvil.
Pero Clara levantó la vista hacia mí.
Y sonrió exactamente igual que el día en que me vio morir dentro de la fábrica.
En ese instante comprendí que había algo mucho más aterrador que regresar en el tiempo.
No era la única que recordaba la vida anterior.