Mariana apenas alcanzó a cruzar el vestíbulo cuando una contracción de dolor le atravesó el abdomen.
No era una contracción de parto.
Era algo más profundo, más caliente, como si la herida de la cesárea estuviera abriéndose desde dentro.
Se sostuvo del marco de la puerta para no caer.
Lucía se removió contra su pecho y soltó un quejido pequeño.
Aquello bastó para obligarla a seguir caminando.
—¿De verdad piensas irte así? —preguntó Alejandro desde la escalera.
Mariana no se volvió.
—Tú acabas de ordenarnos salir.
—No seas dramática. Me refería a que te calmaras.
—Lo dijiste delante de tu amante y de tu madre.
Valeria apareció en lo alto del pasillo, todavía con la bata blanca de Mariana.
—No me llames así.
Mariana giró lentamente.
—Quítate esa bata.
Valeria miró a Alejandro, esperando que él la defendiera.
Él lo hizo.
—Es solo una prenda.
Mariana sintió que algo se apagaba definitivamente dentro de ella.
—Era de mi abuela.
Valeria sonrió y apretó el cinturón de seda alrededor de su cintura.
—Entonces deberías haberla guardado mejor.
Mariana no respondió.
Abrió la puerta principal.
La lluvia golpeaba las escaleras de piedra y no había ningún taxi esperando.
Doña Teresa cruzó los brazos.
—¿Ves? Ni siquiera tienes adónde ir.
En ese instante, dos camionetas negras se detuvieron frente a la residencia.
Un vehículo médico apareció detrás.
Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo.
Primero bajó el licenciado Robles, un hombre de cabello gris que llevaba más de veinte años administrando los asuntos legales de la familia Ríos.
Después descendieron una enfermera, un médico y dos agentes de seguridad privada.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Quiénes son?
Robles caminó directamente hacia Mariana.
—Señora Ríos, recibimos su llamada.
Al ver su palidez, dejó de hablar de inmediato.
—Doctor.
El médico se acercó y examinó la herida sin pedirle que se moviera.
—Necesita regresar al hospital. Tiene fiebre y el vendaje está saturado.
Alejandro bajó los últimos escalones.
—Yo soy su esposo. Me encargaré.
Robles se interpuso.
—Ya no será necesario.
—¿Quién demonios es usted?
—El abogado de la propietaria de esta casa.
El silencio cayó sobre el vestíbulo.
Doña Teresa soltó una risa incrédula.
—La propietaria es la familia Santillán.
Robles abrió el maletín.
Sacó una escritura certificada y la colocó sobre la mesa.
—La residencia de Lomas de Chapultepec pertenece al fideicomiso privado de Mariana Ríos desde siete años antes de su matrimonio.
Alejandro tomó el documento.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su expresión comenzó a cambiar.
—Esto no puede ser auténtico.
—Puede solicitar una copia en el Registro Público de la Propiedad.
—Yo pagué las remodelaciones.
—Con una línea de crédito garantizada por activos de la señora Ríos.

Alejandro levantó la vista.
—Mariana no tiene activos.
Robles lo observó con una mezcla de sorpresa y desprecio.
—Su esposa controla el treinta y ocho por ciento del Grupo Ríos, además de varias propiedades, fondos de inversión y participaciones industriales.
Valeria descendió un escalón.
—¿Grupo Ríos?
Doña Teresa palideció.
Incluso ella conocía aquel nombre.
El Grupo Ríos había financiado hospitales, centros comerciales, desarrollos inmobiliarios y proyectos de infraestructura en varios estados.
Durante años, Alejandro había presumido que Constructora Santillán conseguía contratos por su prestigio.
La verdad era mucho más incómoda.
Mariana había utilizado su influencia para abrirle puertas sin permitir que nadie revelara su identidad.
—Eso es absurdo —dijo Alejandro—. Ella trabaja haciendo reportes.
Mariana sostuvo a Lucía mientras la enfermera le colocaba una manta sobre los hombros.
—Los reportes eran para el comité de inversión de mi familia.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Nunca preguntaste.
—Eres mi esposa.
—Y tú estabas demasiado ocupado creyendo que yo era una carga.
Robles entregó otro documento.
—También traigo la notificación de revocación del permiso de ocupación.
Doña Teresa abrió mucho los ojos.
—¿Permiso?
—La familia Santillán vive aquí por autorización temporal de la propietaria.
—Esta es la casa de mi hijo.
—No legalmente.
Alejandro arrojó las hojas sobre la mesa.
—Nadie va a sacarme de mi propia casa por una discusión matrimonial.
Robles miró el reloj.
—La autorización vence mañana a las ocho de la mañana.
—No pienso mover una sola cosa.
—Entonces un actuario y la fuerza pública supervisarán el desalojo.
Valeria retrocedió.
—Alejandro, dijiste que la mansión estaba a tu nombre.
Él no la miró.
—Cállate.
Doña Teresa avanzó hacia Mariana.
—Tú permitiste que viviéramos aquí. Eso significa que la propiedad también forma parte del matrimonio.
—No —respondió Robles—. El convenio prenupcial establece separación absoluta de bienes.
Alejandro giró hacia Mariana.
—¿Qué convenio?
Ella lo miró con cansancio.
—El que firmaste tres días antes de nuestra boda.
—Eso eran documentos para proteger la empresa.
—Exactamente.
La memoria pareció regresar de golpe al rostro de Alejandro.
Aquel día había firmado sin leer casi nada.
Estaba ocupado contestando mensajes y organizando una despedida privada con amigos.
Había supuesto que los documentos solo protegían Constructora Santillán.
Nunca imaginó que también protegían a Mariana de él.
El teléfono de Alejandro comenzó a vibrar.
Miró la pantalla.
Era su director financiero.
Rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Esta vez contestó con irritación.
—¿Qué pasa?
La voz del hombre se escuchó incluso desde varios pasos de distancia.
—Señor Santillán, congelaron las cuentas operativas del proyecto Torres del Bosque.
Alejandro se apartó.
—¿Quién las congeló?
—El banco recibió una solicitud de auditoría del fondo principal.
—¿Qué fondo?
El hombre dudó.
—Ríos Capital.
Alejandro miró a Mariana.
Ella no sonrió.
No sentía placer.
Solo una tristeza pesada y definitiva.
—Resuélvelo —ordenó él.
—No puedo. También suspendieron los desembolsos de otros tres proyectos.
—¡Entonces llama a los inversionistas!
—Ya lo hice. Quieren saber por qué existen pagos a una empresa llamada Montes Consulting.
Valeria dejó de respirar.
Alejandro cerró los ojos.
Mariana observó cómo sus dedos se tensaban alrededor del teléfono.
—¿Montes Consulting? —preguntó Robles.
Valeria empezó a retroceder hacia la escalera.
—Yo no sé nada de eso.
Mariana la miró.
—Es tu empresa.
—Solo presté servicios de imagen.
—Por doce millones de pesos.
Doña Teresa se giró hacia Valeria.
—¿Doce millones?
Alejandro colgó de golpe.
—No vamos a discutir asuntos empresariales delante de empleados.
Robles arqueó una ceja.
—La señora Ríos es la principal inversionista indirecta de esos proyectos.
Mariana sintió otra punzada en el vientre.
El médico se acercó.
—Debemos llevarla ahora.
Ella asintió.
Antes de salir, miró una última vez la casa.
La escalera que había elegido.
La habitación de Lucía que había decorado sola.
Las paredes donde alguna vez imaginó fotografías familiares.
Nada de aquello parecía suyo ya.
No porque hubiera perdido la propiedad.
Sino porque el lugar había dejado de ser un hogar.
Alejandro se acercó.
—Mariana, no puedes irte sin hablar conmigo.
—Me fui del hospital sola.
—No sabía que era tan grave.
—Te llamé diecisiete veces.
—Estaba trabajando.
Valeria bajó la mirada.
Mariana soltó una risa sin alegría.
—Tu saco seguía en nuestra recámara desde el día de la cirugía.
Él se quedó callado.
—No estabas trabajando.
El médico la ayudó a subir al vehículo.
Robles cerró la puerta, pero Alejandro golpeó el cristal.
—¡Mariana! ¡No puedes destruir mi empresa por celos!
Ella bajó apenas la ventanilla.
—No voy a destruir nada.
—¿Entonces qué estás haciendo?
—Voy a dejar de protegerte de las consecuencias.
La camioneta comenzó a avanzar.
A través del cristal, Mariana vio a Doña Teresa gritando órdenes, a Valeria arrancándose finalmente la bata blanca y a Alejandro marcando números que ya no querían responderle.
En el hospital, los médicos confirmaron que la herida se había infectado.
Mariana tuvo que ser internada de nuevo.
Mientras una enfermera cuidaba a Lucía en la cuna transparente junto a su cama, Robles se sentó frente a ella.
—Hay algo más.
—¿Sobre la constructora?
—Sobre el hospital.
Mariana frunció el ceño.
Robles colocó una copia de su expediente médico sobre la mesa.
—Durante la cirugía, el personal intentó contactar al señor Santillán para autorizar un procedimiento de emergencia.
—Lo sé. Nunca respondió.
—Sí respondió.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—El hospital registró una llamada desde su número a las dos y diecisiete de la madrugada.
Robles pasó la página.
—El hombre que contestó afirmó que usted no era su esposa y pidió que dejaran de molestarlo.
El corazón de Mariana comenzó a golpearle el pecho.
—Alejandro jamás habría dicho eso.
Pero ni siquiera ella creyó sus propias palabras.
Robles sacó una memoria de audio.
—El hospital conserva las llamadas por protocolo.
Presionó reproducir.
Primero se escuchó la voz de una enfermera explicando que Mariana estaba perdiendo sangre y que el bebé debía nacer de inmediato.
Después llegó una voz masculina.
Fría.
Impaciente.
Inconfundible.
—No me llamen otra vez. Si ella firmó para entrar, que firme para lo demás.
Mariana cerró los ojos.
Era Alejandro.
Pero la grabación no terminó ahí.
Antes de cortar, se escuchó una voz femenina junto a él.
—¿Ya se murió?
Valeria.
Luego Alejandro respondió con una frase que hizo que Robles apagara el audio.
—Todavía no, pero después de esto será mucho más fácil quitarle todo.