Valeria creyó que estaba delirando.
La nieve.
La pérdida de sangre.
El dolor.
Todo podía hacer que una persona imaginara cosas.
Pero aquel hombre volvió a pronunciar su nombre.
—Valeria… mírame.
Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas.
—Soy Gabriel Robles.
El apellido cayó sobre ella como un relámpago.
Robles.
El mismo apellido que llevaba antes de casarse.
El apellido de su madre.
—No… eso no es posible…
El hombre sacó lentamente una vieja fotografía protegida por una funda de plástico.
En ella aparecía una joven embarazada.
Sonreía mientras abrazaba a un oficial de la Fuerza Aérea.
Valeria reconoció inmediatamente aquel rostro.
Era su madre.
—Tu mamá me tomó esta foto dos meses antes de que nacieras.
Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la nieve.
—Ella me dijo que habías muerto.
Gabriel cerró los ojos.
—Cuando mi avión desapareció durante una misión internacional, me dieron por muerto.
Respiró con dificultad.
—Pasé cuatro años prisionero.
—Cuando logré regresar… tu madre ya había fallecido.
Valeria sintió que el pecho se le rompía.
Había crecido creyendo que su padre las había abandonado.
Y aquel hombre había pasado tres décadas buscándola.
Pero no había tiempo para explicaciones.
El monitor del médico comenzó a sonar.
—¡La presión está cayendo!
El obstetra que descendió con el segundo equipo revisó rápidamente a Valeria.
Su expresión cambió.
—Hay desprendimiento de placenta.
Miró a Gabriel.
—Tenemos menos de veinte minutos.
El helicóptero despegó inmediatamente.
Mientras tanto, Mauricio y Ximena brindaban frente a la chimenea de la cabaña.
—Mañana diremos que resbaló mientras quería tomar fotografías.
Ximena sonrió.
—Y en unas semanas recibiremos los cincuenta millones.
Mauricio levantó la copa.
—Por nuestro nuevo comienzo.
En ese instante sonó su teléfono.
Era la aseguradora.
Contestó con tranquilidad.
Pero su sonrisa desapareció casi de inmediato.
—¿Cómo que activaron el protocolo de investigación?
Guardó silencio.
—¿Qué rescate?
Colgó lentamente.
Ximena frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
Mauricio sintió un escalofrío.
—Dicen que un helicóptero militar encontró a una mujer embarazada en el barranco.
La copa cayó de las manos de Ximena.
—Eso… eso es imposible.
Dos horas después, la cirugía terminó.
Gabriel esperaba inmóvil frente al quirófano.
Por primera vez desde que regresó al país, el hombre condecorado en decenas de operaciones militares no podía controlar el temblor de sus manos.
La puerta finalmente se abrió.
El cirujano sonrió.
—Llegamos justo a tiempo.
Gabriel respiró profundamente.
—¿Mi hija?
—Está estable.
—¿Y el bebé?
El médico levantó un pequeño gorro azul.
—También sobrevivió.
Gabriel cerró los ojos.
Una lágrima descendió lentamente por su rostro.
A la mañana siguiente, Mauricio llegó al hospital fingiendo desesperación.
Entró corriendo.
—¡Mi esposa!
Un policía le bloqueó el paso.
—¿Señor Mauricio Cárdenas?
—Sí.
—Necesitamos hacerle unas preguntas.
Él intentó mantener la calma.
—Claro.
—¿Puede explicar por qué abandonó sola a su esposa embarazada en una zona restringida durante una tormenta?

Mauricio tragó saliva.
—Fue un accidente.
—¿Un accidente?
El inspector colocó una tableta sobre la mesa.
En la pantalla aparecía un video grabado por un dron de rescate.
Mostraba claramente el momento en que Mauricio empujaba a Valeria.
Después se alejaba sonriendo.
Y finalmente abrazaba a Ximena.
Toda la sala quedó en silencio.
El inspector apagó la pantalla.
—¿Quiere cambiar su declaración?
Mauricio sintió que el mundo comenzaba a derrumbarse.
En ese instante, la puerta del hospital volvió a abrirse.
Varios oficiales entraron al mismo tiempo.
Todos se cuadraron.
Gabriel apareció caminando lentamente.
Vestía uniforme de gala.
En su pecho brillaban varias condecoraciones.
Mauricio lo observó confundido.
—¿Quién es usted?
Gabriel se detuvo frente a él.
—El padre de Valeria.
Mauricio soltó una risa nerviosa.
—Eso es imposible. Ella era huérfana.
Gabriel sacó una carpeta.
Dentro había pruebas de ADN.
Documentos militares.
Y el certificado oficial que acreditaba la restitución de su identidad.
—Treinta años buscándola.
Miró directamente a Mauricio.
—Y la encuentro cuando tú intentabas asesinarla.
Las piernas de Mauricio comenzaron a temblar.
Hasta ese momento creyó que todo había terminado.
Pero todavía ignoraba lo peor.
Un abogado se acercó a Gabriel.
Le entregó un sobre sellado.
—General, ya localizaron el testamento.
Gabriel asintió.
Abrió el documento delante de todos.
El abogado comenzó a leer en voz alta.
—”Todo mi patrimonio personal y empresarial será heredado íntegramente por mi única hija biológica, Valeria Robles…”
Mauricio sintió que dejaba de respirar.
La fortuna ascendía a varios miles de millones de pesos.
Muchísimo más que los cincuenta millones del seguro por los que había intentado matarla.
Pero la última línea del testamento fue la que hizo desaparecer toda esperanza de su rostro.
Porque el documento había sido firmado…
Quince días antes del intento de asesinato.
Y demostraba que alguien había informado a Mauricio de aquella herencia antes de empujar a Valeria al vacío.