El sonido del cerrojo metálico llegó apenas un segundo después.
Alejandro apagó la luz de la habitación de servicio con un movimiento automático.
—Nadie sale de aquí —ordenó en voz baja.
Sofía apenas podía mantenerse consciente.
Emma seguía abrazada al saco del hombre al que todos llamaban el Lobo de la Capital.
Los guardaespaldas irrumpieron por la puerta trasera.
—Jefe…
Tenemos movimiento en el jardín norte.
Alejandro entregó el recibo arrugado.
—¿Reconoces esta letra?
El jefe de seguridad apenas necesitó unos segundos.
Su rostro perdió el color.
—Sí.
Es de Iván Serrano.
Trabajó en la lavandería hace tres meses.
Desapareció después de robar información de la casa.
Alejandro cerró lentamente el puño.
Entonces no era una casualidad.
Alguien había dejado la puerta abierta.
Alguien quería que la niña tocara aquella camisa.
Y alguien esperaba exactamente esa reacción.
Un disparo rompió una ventana.
Los vidrios explotaron sobre el suelo.
Emma gritó.
Alejandro la cubrió con su propio cuerpo sin pensarlo.
—¡Sáquenlas de aquí!
Dos hombres levantaron a Sofía con la cama improvisada mientras otro abría una salida oculta detrás del armario.
La fiebre le impedía entender lo que ocurría.
Solo repetía una frase.
—Perdón…
No quería que Emma molestara.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
Aquella mujer todavía creía que el problema era una camisa.
No sabía que acababan de intentar asesinar a su hija.
Cinco minutos después, la residencia estaba rodeada.
Los atacantes habían desaparecido.
Pero una cámara logró captar el rostro de uno de ellos.
El jefe de seguridad amplió la imagen.
—Lo conocemos.
Trabaja para Lorenzo Salvatierra.
El principal rival de Moretti.
Alejandro sonrió por primera vez.
Una sonrisa fría.
—No buscaban matarme.
Buscaban otra cosa.
Todos guardaron silencio.
Él levantó el recibo.
—Querían que encontrara a Emma.
No viva.
Muerta.
Y que creyera que fue culpa de una empleada descuidada.
Horas más tarde, Sofía despertó en una habitación privada de un hospital.
Intentó levantarse desesperada.
—¡Emma!
Alejandro estaba sentado junto a la ventana.
La pequeña dormía en un sofá abrazando el conejo de peluche que una enfermera le había regalado.
—Está bien.
Sofía rompió a llorar.
—Perdón…
Perdón por la camisa.
Alejandro negó lentamente.
—Esa camisa me salvó la vida.
Ella no entendía.
Él continuó.
—Si Emma no hubiera entrado a la lavandería…
Yo jamás habría visto el mensaje escondido detrás del recibo.
Nunca habría descubierto la emboscada.
Y ahora probablemente estaría muerto.
Tres días después, toda la organización buscaba a los responsables.
Pero Alejandro tomó una decisión que nadie esperaba.
Mandó llamar a su abogado.
—Compra una casa.
Buena escuela.
Seguro médico.
Todo a nombre de Sofía y Emma.
El abogado levantó la vista.
—¿Como indemnización?
Alejandro negó.
—Como protección.
Desde hoy nadie volverá a usarlas para acercarse a mí.

Cuando Sofía recibió las llaves de la nueva casa, creyó que era un error.
—Yo no puedo aceptar esto.
Alejandro se agachó frente a Emma.
—¿Sabes por qué los conejos corren tan rápido?
La niña negó con la cabeza.
—Porque siempre protegen a su familia.
Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Y tú protegiste a la tuya.
Ahora me toca protegerlas a ustedes.
Emma sonrió.
—¿Entonces ya no tengo que trabajar por mi mamá?
Alejandro sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—No, princesa.
Desde hoy…
Lo único que tienes que hacer es volver a ser una niña.