Parte 2: EL HOMBRE QUE ENTRABA CADA NOCHE

El pomo terminó de girar.

Muy despacio.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Permanecí inmóvil.

Cada músculo de mi cuerpo me suplicaba incorporarme de un salto, pero seguí respirando con la misma lentitud, fingiendo dormir.

Una sombra apareció en la rendija.

Entró con pasos silenciosos.

Era un hombre.

Alto.

Llevaba una gorra oscura y guantes negros.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que estaba convencido de que podía escucharlo.

Se detuvo junto a mi lado de la cama.

No habló.

No tocó a Emily.

No me tocó a mí.

Solo permaneció allí, observándome durante varios segundos.

Después caminó lentamente hasta mi escritorio.

Sacó una pequeña linterna.

La encendió apenas un instante, cubriendo la luz con la mano para que apenas iluminara la habitación.

Abrió el cajón.

Revisó unos documentos.

Cerró.

Abrió el siguiente.

Buscó con una precisión que no parecía improvisada.

Sabía exactamente lo que estaba buscando.

Emily seguía acostada junto a mí.

Con los ojos cerrados.

Sin moverse.

Pero algo llamó mi atención.

Su respiración.

Estaba demasiado regular.

Demasiado consciente.

No estaba dormida.

El hombre terminó de revisar el escritorio.

Se acercó al armario.

Introdujo la mano detrás de una caja de zapatos.

Sacó un pequeño sobre marrón.

Lo abrió.

Extrajo varias hojas.

Las fotografió rápidamente con el teléfono.

Volvió a guardarlo todo exactamente en el mismo lugar.

Entonces giró hacia la puerta.

Esperé.

Conté mentalmente.

Uno…

Dos…

Tres…

Cuando salió del dormitorio, abrí los ojos de golpe.

Salté de la cama y corrí detrás de él.

—¡Alto!

El hombre reaccionó al instante.

Echó a correr por el pasillo.

Bajó las escaleras de dos en dos.

Yo lo seguía a pocos metros.

Cuando llegó a la cocina abrió la puerta trasera.

Salió al jardín.

Logré sujetarle la chaqueta.

La tela se rasgó entre mis manos.

Él consiguió soltarse.

Saltó la valla.

Y desapareció en la oscuridad.

Respirando con dificultad, regresé a la casa.

Emily seguía en nuestra habitación.

Sentada sobre la cama.

Con el rostro completamente pálido.

—¿Quién era? —pregunté.

Ella negó lentamente.

—No lo sé.

—No me mientas.

Silencio.

Le mostré el trozo de tela que había arrancado.

—Sophie dijo que ese hombre entra todas las noches.

Ella bajó la mirada.

—Explícamelo.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

Pero seguía sin responder.

En ese momento escuchamos unos pasos pequeños.

Sophie estaba de pie en el pasillo, abrazando su oso de peluche.

Nos observaba en silencio.

—Papá…

Me acerqué inmediatamente.

—Cariño, vuelve a la cama.

Ella negó con la cabeza.

—Ese no era el hombre.

Sentí que la sangre se congelaba.

—¿Qué quieres decir?

Sophie señaló hacia la puerta trasera.

—El hombre que acaba de salir… no es el mismo que entra todas las noches.

Toda la habitación quedó en silencio.

Emily levantó la cabeza de golpe.

—Sophie…

La niña la miró fijamente.

—El otro tiene barba.

—Y siempre lleva un reloj que hace “tic… tic… tic…” cuando se acerca a la cama de papá.

Miré lentamente a mi esposa.

Su rostro había perdido completamente el color.

Ya no parecía una mujer sorprendida.

Parecía alguien aterrorizado.

—Emily…

Mi voz apenas salió.

—¿Cuántos hombres han estado entrando en esta casa?

Ella rompió a llorar.

—Yo… quería decírtelo…

Antes de que pudiera terminar la frase, sonó el timbre.

Las tres de la madrugada.

Una sola vez.

Larga.

Persistente.

Ninguno de los tres se movió.

Volvió a sonar.

Caminé lentamente hacia la puerta principal.

Miré por la mirilla.

No había nadie.

Solo una pequeña caja de madera apoyada sobre el felpudo.

La llevé al comedor.

Dentro había un reloj antiguo.

Un reloj de bolsillo.

Seguía funcionando.

Tic… tic… tic…

Exactamente el mismo sonido que Sophie acababa de describir.

Debajo del reloj había una fotografía vieja.

La tomé con manos temblorosas.

En la imagen aparecía Emily.

Mucho más joven.

Sonriendo junto a dos hombres.

Reconocí inmediatamente al primero.

Era el intruso que acababa de escapar.

Pero fue el segundo rostro el que hizo que el aire desapareciera de mis pulmones.

Porque aquel hombre llevaba la misma barba que Sophie había descrito.

Y debajo de la fotografía alguien había escrito una sola frase con tinta negra:

“Esta noche volveré por lo que realmente me pertenece.”

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