Adrián leyó el mensaje una sola vez.
No respondió.
Guardó el teléfono en el bolsillo y volvió a entrar a la habitación.
Valeria seguía dormida bajo los efectos de los analgésicos.
Se acercó a la cama.
Le acomodó cuidadosamente el cabello detrás de la oreja.
Después tomó la memoria USB que ella había escondido bajo la almohada.
Era pequeña.
Negra.
Sin ninguna marca.
El coronel comprendió inmediatamente que aquello había provocado el ataque.
No era una simple agresión universitaria.
Era una operación para recuperar información.
A las cuatro de la madrugada sonó el ascensor privado del hospital.
Cinco hombres vestidos de civil caminaron silenciosamente por el pasillo.
Ninguno llevaba uniforme.
Pero todos tenían la misma moneda negra del jaguar.
El primero se detuvo frente a Adrián.
—Comandante.
Él negó lentamente.
—Ese hombre murió hace diecinueve años.
El veterano sonrió apenas.
—Para nosotros nunca murió.
Adrián observó uno por uno a quienes habían llegado.
Todos tenían más canas.
Más cicatrices.
Pero seguían siendo los mismos.
La Unidad Niebla.
Robles abrió una carpeta.
—En dos horas recuperamos parte de la información.
La primera fotografía apareció sobre la pantalla.
Mostraba a Sebastián, Rodrigo e Iker entrando al laboratorio del profesor Luna la noche anterior a su muerte.
La segunda mostraba algo mucho peor.
Mauricio Montalvo también estaba allí.
Adrián permaneció en silencio.
Robles continuó.
—El profesor intentó denunciar un fraude relacionado con materiales utilizados en varias obras públicas.
Pasó otra imagen.
—Guardó todas las pruebas en una memoria USB.
Adrián levantó lentamente la que tenía en la mano.
—Esta.
—Exactamente.
Mientras tanto, en una mansión de Guadalajara, Sebastián no lograba dormir.
Su padre caminaba de un lado a otro.
—¿Estás seguro de que ella no alcanzó a decir nada?
—Le rompimos la mandíbula.
Mauricio cerró los puños.
—Te pregunté otra cosa.
Sebastián tragó saliva.
—No.
—¿Y la memoria?
—Nunca la encontramos.
En ese momento sonó el teléfono.
Uno de sus escoltas habló con voz alterada.
—Señor…
—¿Qué pasa?
—Perdimos contacto con los hombres que vigilaban el hospital.
Mauricio sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir con perdimos?
—Desaparecieron.
A las seis de la mañana, Robles volvió con otro informe.
—Encontramos a los vigilantes.
Adrián levantó la vista.
—¿Dónde?
—Dormidos.
—¿Dormidos?
—No recuerdan absolutamente nada de las últimas cuatro horas.
Robles sonrió.
—Algunos métodos siguen funcionando.
Adrián no respondió.
Solo abrió finalmente la memoria USB.
Esperaba documentos.
Esperaba contratos.
Pero lo primero que apareció fue un video.
El profesor Luna miraba directamente a la cámara.
—Si alguien está viendo esto…
Respiró profundamente.
—Probablemente ya estoy muerto.
La habitación quedó completamente en silencio.
—Las personas responsables de este proyecto controlan empresas constructoras, universidades, funcionarios públicos…
La imagen cambió.
Aparecieron planos.
Laboratorios.
Transferencias bancarias.
Y una lista de nombres.
Cuando Adrián llegó al último, dejó de respirar.
No era Mauricio.

No era Sebastián.
Era alguien mucho más poderoso.
Robles leyó lentamente.
Su expresión cambió por completo.
—No puede ser…
Adrián cerró la computadora.
—¿Quién es?
Robles tardó varios segundos en responder.
—El padrino político de las tres familias.
Respiró hondo.
—El secretario federal de Seguridad.
En ese instante, Valeria abrió lentamente los ojos.
Movió con dificultad la mano.
Señaló la computadora.
Después escribió unas palabras en el teléfono.
NO ES EL JEFE.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Ella escribió otra frase.
HAY ALGUIEN MÁS ARRIBA.
Toda la habitación quedó en silencio.
Antes de que pudiera explicar, todas las pantallas del hospital se apagaron al mismo tiempo.
Cinco segundos después volvieron a encenderse.
Ya no mostraban información médica.
Solo una imagen.
Una cámara en tiempo real enfocando la habitación donde estaban ellos.
Y debajo apareció un mensaje.
“Coronel Salgado… la Unidad Niebla debió permanecer enterrada.”
“Esta vez no iremos por su hija.”
“Iremos por usted.”