Parte 2: LA VERDADERA DUEÑA

El restaurante quedó completamente en silencio.

Las conversaciones se apagaron una tras otra mientras todas las miradas se dirigían hacia la mesa donde Eduardo permanecía inmóvil, incapaz de apartar los ojos de Elena.

Durante quince años había visto a aquella mujer vestida con ropa sencilla para asistir a reuniones escolares, organizar eventos benéficos y recibir invitados en casa con una sonrisa tranquila.

Jamás la había visto caminar con aquella autoridad.

El gerente general del hotel dio un paso al frente.

—Buenas noches, señora Elena. La sala privada ya está preparada para usted, como lo solicitó.

Eduardo frunció el ceño.

—¿Qué significa todo esto?

Gabriel Montes lo miró con evidente incomodidad.

—Significa, señor Salgado, que la señora Elena no necesita reservación para entrar aquí. Ella es la presidenta del consejo propietario del Gran Hotel Palacio del Ángel.

Valeria dejó escapar un jadeo.

—Eso… eso es imposible…

Eduardo soltó una risa nerviosa.

—¿Qué clase de broma están haciendo?

Elena abrió lentamente la carpeta que había llevado consigo.

Dentro había escrituras, estados financieros y varias fotografías antiguas.

Las colocó sobre la mesa con absoluta calma.

—Este hotel fue construido por mi abuelo hace cuarenta años.

Sacó una fotografía donde aparecía un hombre mayor inaugurando el edificio.

—Cuando falleció, dejó todas sus acciones en un fideicomiso familiar.

Eduardo sintió un vacío en el estómago.

Nunca había escuchado aquella historia.

—Mi padre decidió mantener nuestro apellido lejos de los medios para proteger el patrimonio familiar. Cuando murió hace siete años, heredé el control del grupo hotelero.

Arturo Beltrán acomodó otro documento frente a Eduardo.

—Aquí está la inscripción mercantil.

El nombre de Elena aparecía en la primera página.

Presidenta del Consejo.

Accionista mayoritaria.

Representante legal.

Eduardo leyó una y otra vez sin comprender.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

Ella sonrió con una tristeza que dolía más que cualquier grito.

—Porque nunca preguntaste.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Durante años él había hablado únicamente de sus negocios.

Jamás mostró interés por el trabajo de Elena.

Cada vez que ella salía a reuniones corporativas, él asumía que eran actividades relacionadas con sus fundaciones.

Nunca quiso escuchar otra explicación.

Valeria comenzó a ponerse pálida.

Recordó todas las fotografías que había publicado durante aquellos dos días.

La suite presidencial.

Las botellas exclusivas.

La terraza.

Las batas bordadas.

De pronto comprendió el verdadero significado del monograma que había visto.

No eran las iniciales del fundador.

Las letras correspondían al apellido de la familia propietaria.

—Las iniciales… —murmuró.

Elena la observó por primera vez.

—Sí.

Valdés.

Mi apellido de soltera.

Eduardo sintió que el mundo comenzaba a derrumbarse.

Había llevado a su amante precisamente al hotel perteneciente a la familia de su esposa.

Y lo había hecho utilizando beneficios corporativos reservados para propietarios.

Arturo abrió una segunda carpeta.

—Hay algo más.

Colocó varias hojas impresas sobre la mesa.

—Durante los últimos dieciocho meses, el señor Eduardo Salgado cargó a su empresa cuarenta y siete gastos personales presentándolos como reuniones con inversionistas.

Eduardo levantó la vista de golpe.

—Eso no tiene nada que ver con este lugar.

—Claro que sí —respondió Arturo.

Muchos de esos gastos ocurrieron aquí.

Botellas.

Habitaciones.

Banquetes.

Servicios especiales.

Todos pagados mediante facturación empresarial.

Valeria comenzó a temblar.

Ella había firmado varias solicitudes creyendo que eran autorizaciones normales.

Ahora entendía que aquellas operaciones podían convertirse en un problema mucho más serio.

Eduardo intentó recuperar el control.

—Escúchame, Elena…

Ella levantó una mano.

—No.

Quince años fui yo quien escuchó.

Escuché que decías que mi trabajo era un pasatiempo.

Escuché que presumías ser el único sostén económico de nuestra familia.

Escuché que les decías a nuestros hijos que mamá tenía mucho tiempo libre porque papá era quien realmente trabajaba.

Cada frase golpeó a Eduardo con la fuerza de un martillo.

No recordaba haber pensado que aquellas palabras pudieran herirla.

Simplemente las repetía.

Una y otra vez.

El gerente respiró profundamente.

—Señora, la prensa especializada acaba de llegar para la inauguración del festival gastronómico.

Eduardo abrió los ojos.

Había olvidado completamente que esa noche el hotel recibiría empresarios, inversionistas y periodistas de todo el país.

Elena asintió.

—Perfecto.

Que comiencen sin retraso.

Después volvió a mirar a su esposo.

—Hay algo que aún no sabes.

Sacó un sobre color marfil.

Lo deslizó lentamente hasta colocarlo frente a él.

—Ábrelo.

Eduardo rompió el sello con manos temblorosas.

Dentro encontró un documento legal.

Las primeras palabras hicieron que el color abandonara su rostro.

Solicitud formal de divorcio.

Debajo aparecía otro expediente mucho más grueso.

Custodia.

Inventario patrimonial.

Pruebas documentales.

Y decenas de fotografías.

No solo estaban las imágenes tomadas durante aquella cena.

Había registros de hoteles, restaurantes y viajes realizados durante casi un año.

Cada encuentro con Valeria había sido documentado.

Eduardo levantó lentamente la cabeza.

—¿Desde cuándo…?

Elena sostuvo su mirada.

—Desde el primer día que decidiste dejar de ser mi esposo.

Antes de que él pudiera responder, uno de los guardias de seguridad se acercó apresuradamente al gerente y le susurró algo al oído.

La expresión de Gabriel cambió por completo.

Se volvió hacia Elena.

—Señora…

Acaban de informar que alguien intentó entrar al archivo central del hotel hace diez minutos.

Y la persona detenida llevaba una autorización firmada… con el nombre de su esposo.

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