PARTE 2: LA PRESIDENTA QUE NADIE RECONOCIÓ.

Mariana permaneció inmóvil unos segundos después de que la camioneta desapareciera. Luego cerró el grifo, se secó la sangre del dedo y caminó con calma hasta el estudio que llevaba ocho años sin que nadie más se molestara en abrir. Allí, detrás de una biblioteca de nogal, había una pequeña caja fuerte empotrada en la pared.

Introdujo una clave de ocho dígitos.

Dentro descansaban un pasaporte diplomático, una carpeta azul con el sello del Consejo Castañeda y una invitación negra grabada en letras plateadas.

Presidenta Honoraria. Acceso por Entrada Principal.

Mariana observó la invitación durante unos segundos. Recordó la última conversación con su abuelo, don Esteban Castañeda, seis meses antes de morir.

—No les digas quién eres hasta estar completamente segura de que te aman por ti, no por nuestro apellido.

Ella había cumplido aquella promesa durante ocho años.

Incluso renunció a ocupar públicamente la presidencia del grupo mientras aprendía cada área del negocio desde el anonimato.

Nadie en la familia Alvarado lo sabía.

Ni siquiera Diego.

Él siempre creyó que Mariana había heredado únicamente una pequeña participación familiar sin importancia.

Nunca preguntó por qué cada vez que la empresa enfrentaba problemas financieros aparecía un inversionista dispuesto a rescatarla.

Jamás imaginó que esos recursos provenían directamente de ella.


Una hora más tarde, una limusina negra se detuvo frente a la mansión.

Dos escoltas descendieron primero.

Después apareció Sofía Villaseñor, directora del protocolo del Consejo.

—Buenas noches, presidenta.

Mariana sonrió con serenidad.

—Es hora de terminar con el secreto.

Sofía le entregó un vestido color marfil confeccionado exclusivamente para aquella gala.

No llevaba logotipos.

No necesitaba demostrar lujo.

La elegancia hablaba por sí sola.

Mientras terminaban de peinarla, Sofía comentó:

—Los Alvarado ya confirmaron asistencia.

Mariana permaneció en silencio.

—También solicitaron una reunión privada con usted para presentar un proyecto inmobiliario en Santa Fe.

Ella levantó apenas una ceja.

—¿En serio?

—Insistieron mucho.

Mariana miró su reflejo en el espejo.

Durante ocho años la habían tratado como una carga. Esa noche iban a suplicarle una oportunidad de negocios sin saber que estaban hablando con la misma mujer que habían dejado lavando platos.


Mientras tanto, en el Palacio de Iturbide, Diego descendía del automóvil con Valeria tomada del brazo.

Las cámaras comenzaron a disparar flashes.

Claudia transmitía todo en redes sociales.

—¡Miren nada más! —decía sonriendo—. Esta noche venimos por el proyecto del año.

Doña Leonor saludaba a políticos y empresarios como si ya pertenecieran al mismo círculo.

Valeria se inclinó hacia Diego.

—¿Crees que conoceremos a la presidenta?

—Tengo que conocerla.

—Dicen que nadie le ve el rostro.

—Entonces seré el primero.

Los cuatro rieron.

Ignoraban que, en ese mismo instante, la caravana del Consejo Castañeda acababa de entrar por la puerta principal.


El director del evento tomó el micrófono.

—Damas y caballeros, gracias por acompañarnos en esta edición de la Gala Corazón de México.

Los aplausos llenaron el salón.

—Esta noche contamos con la presencia de la presidenta del Consejo Castañeda, cuya visión ha permitido financiar hospitales, becas universitarias y programas sociales en todo el país.

Todo el salón giró hacia la gran escalera central.

Diego acomodó el saco.

Valeria sonrió con seguridad.

Doña Leonor susurró:

—Recuerda impresionarla.

Las puertas se abrieron lentamente.

Primero aparecieron los escoltas.

Después los miembros del consejo.

Finalmente descendió una mujer vestida de marfil, con el cabello recogido y una serenidad imposible de fingir.

El salón entero se puso de pie.

Diego observó la figura desde lejos.

Algo le resultaba extrañamente familiar.

Pero era imposible.

Mariana debía seguir en la cocina de la mansión.

El maestro de ceremonias volvió a hablar.

—Con ustedes…

Hizo una breve pausa.

—La presidenta del Consejo Castañeda…

La mujer dio un paso al frente.

Entonces levantó lentamente el rostro.

Los flashes iluminaron todo el salón.

Y, en el mismo instante en que Diego distinguió perfectamente aquellos ojos, el vaso de whisky cayó de sus manos y se hizo añicos contra el piso de mármol.

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