Parte 2: LA MUJER QUE ÉL DESPRECIO ERA LA HEREDERA DE TODO

Cuando Camila llegó al hospital, ya era demasiado tarde.

Su padre descansaba en silencio.

Le tomó la mano, todavía tibia.

Apoyó la frente sobre ella y permaneció inmóvil durante largos minutos.

No pidió explicaciones.

No maldijo al destino.

Solo susurró una promesa.

—Papá… ya no voy a seguir soportando nada.

A las cinco de la mañana, el abogado Wayne entró en la sala de espera.

Traía una carpeta negra.

—La Cláusula Uno ya fue ejecutada.

Camila levantó la mirada.

—¿Qué ocurrió?

—Todos los créditos otorgados por Stanford Holdings a Crestview Construction fueron cancelados.

Los bancos congelaron las líneas de financiación.

Los proveedores recibieron la orden de suspender entregas.

Y la junta directiva fue convocada para una sesión extraordinaria.

Camila cerró lentamente la carpeta.

Su padre había preparado todo años atrás.

Solo esperaba que ella nunca tuviera que utilizar aquel mecanismo.

A las ocho de la mañana, Edwin llegó a su oficina.

Encontró a más de veinte empleados esperando en silencio.

El director financiero se acercó con el rostro completamente pálido.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—No podemos acceder a ninguna cuenta.

Los pagos fueron bloqueados.

Los bancos rechazaron todas las operaciones.

Edwin sacó inmediatamente su teléfono.

Marcó al gerente del banco.

Nadie respondió.

Llamó al presidente del consejo.

La llamada fue rechazada.

En ese instante recibió un correo electrónico.

Asunto:

Convocatoria urgente de la Junta.

Entró corriendo a la sala de reuniones.

Todos los consejeros ya estaban sentados.

También estaba el abogado Wayne.

Edwin golpeó la mesa.

—¿Qué significa todo esto?

Wayne abrió tranquilamente un documento.

—Durante doce años, Crestview Construction sobrevivió gracias a una línea de crédito permanente financiada por Stanford Holdings.

Edwin frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Mi empresa es independiente.

Wayne deslizó varios contratos sobre la mesa.

—Su empresa nunca fue independiente.

Cada expansión.

Cada edificio.

Cada adquisición.

Fue garantizada con el patrimonio personal del señor George Stanford.

El silencio cayó sobre la sala.

Uno de los consejeros levantó lentamente la vista.

—¿Quiere decir que…?

Wayne asintió.

—El verdadero respaldo financiero de esta compañía nunca fue el señor Edwin.

Siempre fue el padre de la señora Camila.

Edwin comenzó a negar con la cabeza.

—No…

Eso no puede ser.

Yo construí esta empresa.

Wayne abrió el último documento.

—Entonces quizá recuerde esta firma.

Era la de Edwin.

Había aceptado aquellas condiciones siete años atrás.

Sin leer una sola página.

Exactamente igual que había ignorado a la mujer que tenía a su lado.

Su teléfono volvió a sonar.

Era Beverly.

Contestó de inmediato.

—¡Edwin!

¡La policía está en casa!

¡Dicen que vienen por los documentos financieros!

Antes de que pudiera responder, escuchó los gritos de Annika al otro lado de la llamada.

—¡También embargaron los autos!

La comunicación se cortó.

Edwin sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Wayne guardó lentamente los papeles.

—Hay un último asunto.

La puerta volvió a abrirse.

Entró Camila.

Vestía completamente de negro.

Acababa de regresar del funeral de su padre.

Nadie en la sala se atrevió a hablar.

Ella caminó hasta el extremo de la mesa.

Miró a Edwin con absoluta serenidad.

—Anoche me obligaste a arrastrarme delante de tu perro para despedirme de mi padre.

Hizo una breve pausa.

—Hoy vas a descubrir lo que ocurre cuando humillas a la única persona que mantenía en pie todo tu mundo.

Edwin intentó acercarse.

—Camila…

Perdóname.

Podemos hablar.

Ella negó lentamente.

—Durante cinco años confundiste mi paciencia con dependencia.

Mi silencio con miedo.

Y mi amor con debilidad.

Sacó un sobre del bolso y lo dejó frente a él.

Era la demanda de divorcio.

Encima había una única fotografía.

La imagen mostraba a Edwin abrazando a la mujer cuyo perfume llevaba durante meses impregnado en sus camisas.

Camila dio media vuelta.

Antes de salir pronunció una última frase.

—Anoche murió mi padre.

Pero esta mañana también murió el hombre que creía que podía vivir para siempre con el dinero de mi familia.

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