Marisol condujo el automóvil sin decir una palabra. Alejandro permanecía en el asiento trasero con las manos apoyadas sobre el bastón y el pequeño frasco escondido dentro del bolsillo del saco. Durante todo el trayecto solo pensó en una pregunta: ¿cuándo había dejado de conocer a la mujer con la que llevaba veinte años casado?
Al llegar al Hotel Reforma, Marisol lo ayudó a entrar por una puerta lateral utilizada por el personal. Un antiguo compañero suyo trabajaba como supervisor de mantenimiento y les permitió ocupar una sala contigua al salón privado donde Verónica y Esteban tenían reservada su reunión.
La pared era gruesa, pero la ventilación conectaba ambas habitaciones.
Las voces llegaban con claridad.
—El viernes todo terminará —dijo Esteban con absoluta tranquilidad—. El consejo médico ya aceptó declarar que Alejandro nunca volverá a recuperar la vista.
Verónica soltó una risa baja.
—Jamás imaginó lo fácil que sería convencerlo de beber todas las noches.
Alejandro sintió que el pecho le ardía.
Durante diez meses había agradecido cada vaso de avena.
Durante diez meses había llamado amor a quien lentamente le estaba robando la vida.
Marisol colocó discretamente un pequeño grabador junto a la rejilla.
Cada palabra quedó registrada.
—¿Qué harás cuando firmemos el poder definitivo? —preguntó Verónica.
—Transferiremos las acciones a las empresas pantalla y, antes de que alguien descubra el movimiento, venderemos los proyectos del norte.
—¿Y Alejandro?
Hubo unos segundos de silencio.
Después Esteban respondió con una frialdad escalofriante.
—Un hombre ciego, enfermo y oficialmente incapacitado deja de ser un problema.
Las manos de Alejandro comenzaron a temblar.
No por miedo.
Por la enorme traición de quien había llamado hermano durante más de dos décadas.
Al salir del hotel, Alejandro pidió a Marisol que no regresaran todavía a la mansión.
—Lléveme a un laboratorio.
—¿Ahora mismo?
—Sí.
Una hora después, un viejo amigo suyo, el doctor Ricardo Salas, recibió discretamente el frasco con la bebida.
—Necesito resultados urgentes —dijo Alejandro.
Ricardo observó el líquido.
—¿Sospechas de algo?
—De todo.
El médico aceptó sin hacer más preguntas.
Antes de despedirse prometió llamarlo apenas tuviera el análisis completo.
Aquella noche, Verónica volvió a entrar al dormitorio con otra taza humeante.
—Hoy preparé un poco más —comentó sonriendo—. Te ayudará a descansar.
Alejandro fingió buscar el vaso con las manos.
—Gracias.
Esperó a que ella saliera.
Después vació nuevamente la bebida.
A la mañana siguiente recibió la llamada de Ricardo.
La voz del médico sonaba mucho más seria de lo habitual.
—Alejandro… esto no es un sedante.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—¿Qué es?
—Hay varios compuestos mezclados. Uno de ellos puede afectar progresivamente el nervio óptico cuando se administra durante meses.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Es reversible?
Ricardo guardó silencio unos segundos.
—Si dejas de consumirlo inmediatamente… existe una posibilidad.
Aquellas palabras cambiaron todo.
Tal vez nunca había estado condenado a la oscuridad.
Ese mismo día, Alejandro convocó discretamente a dos personas de absoluta confianza.
El primero era Ignacio Beltrán, abogado de la familia desde hacía treinta años.
La segunda era Laura Escalante, directora de auditoría interna.
Ninguno de los dos mantenía contacto con Verónica ni con Esteban.
Cuando escucharon la grabación del hotel, permanecieron completamente en silencio.
Laura fue la primera en hablar.
—Si realmente planean vender las acciones este viernes, necesitamos revisar todas las autorizaciones firmadas durante los últimos meses.
Ignacio asintió.
—Y también impedir que el consejo declare tu incapacidad.
Alejandro apoyó lentamente ambas manos sobre el escritorio.

—No quiero detenerlos todavía.
Los dos lo miraron sorprendidos.
—¿Qué piensas hacer?
—Quiero que crean que ganaron.
Mientras tanto, Verónica celebraba.
Aquella tarde recibió nuevamente a Esteban en la biblioteca.
Marisol limpiaba discretamente el pasillo cuando volvió a escuchar la conversación.
—El laboratorio ya no detectará nada —comentó Verónica.
—¿Por qué?
Ella levantó un pequeño frasco transparente.
—Esta será la última dosis.
Esteban sonrió.
—Perfecto. Después del viernes ya no la necesitaremos.
Marisol sintió un escalofrío.
Pero entonces escuchó algo que ninguno de los dos había mencionado antes.
—¿Qué haremos con la anciana del parque? —preguntó Verónica.
Esteban dejó de sonreír.
—Ya envié a dos hombres a buscarla.
El corazón de Marisol dio un vuelco.
—No puede seguir hablando con Alejandro.
Verónica bajó la voz.
—Si abre la boca otra vez…
Esteban terminó la frase sin mostrar la menor emoción.
—Nadie volverá a encontrarla.
Marisol sintió que el aire desaparecía.
Ya no se trataba únicamente del patrimonio de Alejandro.
Aquella anciana corría peligro por haber intentado salvarle la vida.
Esa noche, Alejandro escuchó el nuevo informe de Marisol sin interrumpirla.
Cuando ella terminó, él permaneció completamente inmóvil.
Luego levantó lentamente el rostro.
—Necesito encontrar a esa mujer antes que ellos.
—No sabemos quién es.
Alejandro recordó cada palabra pronunciada junto al lago.
Su voz.
Su manera de caminar.
El sonido de las botellas dentro de la bolsa.
Entonces algo cruzó por su memoria.
—No era la primera vez que la escuchaba.
Marisol frunció el ceño.
—¿La conoce?
—Hace diez meses… el día del accidente… una mujer gritó exactamente igual antes del impacto.
El silencio cayó entre ambos.
Marisol sintió que la piel se le erizaba.
—¿Está diciendo que ella estaba allí?
Alejandro apretó con fuerza el bastón.
—No.
Su voz sonó apenas como un susurro.
—Estoy diciendo algo mucho peor.
En ese instante sonó el teléfono de Ignacio Beltrán.
Contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Miró directamente a Alejandro.
—Acaban de revisar el expediente original del accidente.
Alejandro respiró hondo.
—¿Y?
El abogado tragó saliva antes de responder.
—El informe fue falsificado… porque el accidente en el que perdiste la vista jamás ocurrió como te lo contaron.