PARTE 2: LA TRAICIÓN TENÍA MI FIRMA.

Marcus tardó menos de una hora en llamar al equipo contable.

La auditoría comenzó aquella misma tarde, mientras yo retiraba el polvo de los antiguos maniquíes y abría cajas que llevaban dos años cerradas.

Creía que encontraríamos desorden.

Jamás imaginé descubrir un saqueo.

La directora financiera entró con una carpeta llena de estados de cuenta.

—Hay algo que no entendemos.

Tomé asiento frente a ella.

—Habla.

—Durante los últimos dieciocho meses se aprobaron pagos millonarios utilizando tu firma electrónica.

Fruncí el ceño.

—Hace dos años que no autorizo ningún movimiento.

Marcus dejó varios documentos sobre la mesa.

Todas las firmas parecían auténticas.

Pero no eran mías.

Habían registrado cambios de proveedores, transferencias internacionales y la venta de varios diseños exclusivos.

Respiré despacio.

—¿Quién tenía acceso?

Todos guardaron silencio.

La directora financiera respondió finalmente.

—Solo dos personas.

Señaló el primer nombre.

—Tú.

Después el segundo.

—Alexander Reed.

Los comentarios aparecieron otra vez.

“Eso tampoco estaba en la historia.”

“El protagonista nunca debía tocar la empresa.”

“¿Por qué cambió la trama?”

No les presté atención.

Pedí revisar cada contrato.

Después de veinte minutos encontré una transferencia especialmente extraña.

Cinco millones de dólares enviados a una empresa creada apenas seis meses atrás.

El representante legal tenía un nombre que jamás había escuchado.

Pero la dirección sí me resultó familiar.

Era el mismo edificio donde esa noche se celebraba la cena de bienvenida para Elena Brooks.

Marcus levantó la vista.

—¿Quieres que llamemos a la policía?

Negué lentamente.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Cerré la carpeta.

—Porque si todo esto está relacionado con Alexander, destruirá cualquier evidencia en cuanto sepa que regresé.

Marcus comprendió inmediatamente.

—Entonces fingiremos que no descubrimos nada.

Asentí.

—Necesito que recuperes las grabaciones del servidor y bloquees cualquier modificación sin avisar a nadie.

Él sonrió.

—Eso sí sé hacerlo.

Mientras tanto, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Alexander.

“¿Cómo estuvo tu día?”

Lo observé durante varios segundos.

Antes habría respondido en menos de un minuto.

Aquella vez tardé casi media hora.

“Muy bien.”

Nada más.

Cinco segundos después llegó otro mensaje.

“¿Ya cenaste?”

Respondí con una sola palabra.

“Sí.”

Los comentarios volvieron a aparecer.

“Está incómodo.”

“Ella siempre le enviaba diez mensajes seguidos.”

“No entiende por qué dejó de perseguirlo.”

Sonreí sin darme cuenta.

Era curioso.

El hombre que nunca parecía notar cuánto lo necesitaba ahora empezaba a notar mi ausencia.

A las once de la noche escuché abrirse la puerta de la casa.

Alexander entró despacio.

Traía el saco sobre el brazo.

—¿Sigues despierta?

Levanté la vista del ordenador.

—Sí.

Él pareció sorprendido.

—Pensé que estarías dormida.

—Tenía trabajo pendiente.

Su mirada cayó sobre los bocetos extendidos sobre la mesa.

—¿Volviste al estudio?

—Sí.

Hubo un silencio extraño.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Cerré la computadora.

—Nunca preguntaste.

Alexander permaneció inmóvil.

Como si aquella respuesta hubiera sido más dura que cualquier discusión.

Se acercó unos pasos.

—Elena preguntó por ti.

—Qué amable.

—Dice que le gustaría verte.

—Tal vez algún día.

No añadí nada más.

Por primera vez desde que nos casamos, fui yo quien terminó la conversación.

Me levanté.

—Buenas noches.

Cuando pasé junto a él, Alexander sujetó suavemente mi muñeca.

No con fuerza.

Solo lo suficiente para detenerme.

—¿Estás enfadada conmigo?

Lo miré directamente a los ojos.

Durante tres años esa pregunta nunca había existido.

Porque él siempre había dado por hecho que yo seguiría allí.

Retiré lentamente la mano.

—No.

Era verdad.

El enfado ya había pasado.

Lo que quedaba era algo mucho más peligroso.

Lucidez.

Subí a la habitación y cerré la puerta.

Apenas cinco minutos después, Marcus me envió un mensaje urgente acompañado de un archivo.

“Encontramos el origen de las transferencias.”

Abrí el documento.

No era Alexander quien había creado la empresa fantasma.

La propietaria aparecía con nombre y fotografía.

Sentí un escalofrío.

Era Elena Brooks.

Y la autorización para mover el dinero había sido firmada exactamente tres días antes de que ella regresara al país.

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