Nathaniel se detuvo en el umbral.
Durante un instante, el aire del salón pareció congelarse alrededor de los tres.
Iris seguía aferrada a su cuello, con la cabeza apoyada contra su pecho y los ojos cerrados, aunque sus dedos apretaban la tela del uniforme con demasiada fuerza para una mujer supuestamente inconsciente.
Nathaniel había escuchado perfectamente la palabra “amante”.
—Retira lo que dijiste —ordenó.
No elevó la voz.
No le hacía falta.
Los sirvientes bajaron la cabeza, temiendo que aquella primera disputa terminara con la nueva señora expulsada de la residencia.
Yo acomodé la manga de mi vestido.
—¿Qué parte?
—Sabes exactamente cuál.
—Entonces también debes saber que no acostumbro retirar palabras correctas.
Los ojos de Nathaniel se oscurecieron.
Iris se movió entre sus brazos y murmuró débilmente:
—No discutáis por mí. Eleanor tiene razón. Mi presencia siempre causará problemas.
Pronunció mi nombre sin título.
La señora Collins levantó ligeramente la mirada.
Yo sonreí.
—Señorita Lane, parece que su desmayo ha mejorado su audición.
Iris abrió los ojos como si acabara de despertar.
—Nathaniel…
—Llévala a su residencia —dije al criado más cercano—. Y envía al médico de la familia para que confirme si existe alguna enfermedad urgente.
Nathaniel me miró con incredulidad.
—La llevaré yo.
—Por supuesto.
Me aparté.
—Pero el médico redactará un informe.
El rostro de Iris cambió apenas un segundo.
Fue suficiente.
Nathaniel también lo notó.
—¿Para qué necesitas un informe? —preguntó.
—Porque anoche abandonaste la habitación nupcial por una emergencia médica. Esta tarde ha vuelto a desplomarse dentro de la residencia principal. Si su salud es tan delicada, la familia debe conocer el diagnóstico y preparar los cuidados adecuados.
Caminé hasta el lugar principal del salón.
—Y si no existe ninguna enfermedad grave, será conveniente impedir que falsas urgencias continúen alterando las obligaciones del heredero Lancaster.
La palabra “falsas” cayó como una cuchilla.
Iris escondió el rostro contra Nathaniel.
—No quiero que me examine nadie. Ya conozco mi enfermedad.
—Entonces será rápido —respondí—. El médico solo tendrá que confirmarla.
Nathaniel permaneció en silencio.
Por primera vez no acudió inmediatamente en su defensa.
Iris lo sintió.
—Estoy cansada —susurró—. Solo quiero volver a casa.
Nathaniel terminó llevándosela.
Pero antes de cruzar la puerta, ordenó:
—No hagas nada hasta que regrese.
Lo miré sin responder.
Apenas desaparecieron, pedí a la señora Collins que cerrara las puertas.
—Reúna a todos los administradores.
—Señora, el señor pidió…
—Escuché lo que pidió.
Abrí el libro de cuentas que habían dejado sobre la mesa.
—También escuché que esta casa lleva años funcionando sin una señora reconocida. Eso termina hoy.
Una hora después, los responsables de las cocinas, establos, almacenes, jardines y residencias secundarias permanecían delante de mí.
Algunos parecían nerviosos.
Otros, molestos.
El administrador general, el señor Harris, colocó una enorme caja de documentos sobre la mesa.
—La administración de la familia siempre ha estado bajo la supervisión directa del señor Nathaniel.
—El testamento del patriarca dice otra cosa.
El hombre palideció.
Antes de la boda había estudiado cada norma, contrato y tradición de los Lancaster.
No por romanticismo.
Por supervivencia.
Saqué una copia del acuerdo matrimonial.
—Desde el momento en que fui reconocida como esposa del heredero, la residencia principal, el personal doméstico y los gastos familiares quedaron bajo mi responsabilidad.
Harris apretó los labios.
—Esa norma no se ha aplicado en años.
—Las normas no desaparecen porque resulten incómodas.
Comencé a revisar las cuentas.
Pronto aparecieron anomalías.
Grandes cantidades salían mensualmente de la residencia principal hacia la casa de Iris.
Medicamentos importados.
Vestidos.
Joyas.
Viajes.
Músicos privados.
Incluso la construcción de un pabellón junto al lago.

—¿Quién autorizó estos gastos? —pregunté.
Harris respondió con cautela:
—El señor Nathaniel.
—¿Desde su cuenta personal?
—Desde el presupuesto familiar.
Levanté la vista.
—Eso termina hoy.
El administrador perdió el color.
—La señorita Lane ha sido protegida por esta familia desde niña.
—Protección no significa acceso ilimitado al patrimonio Lancaster.
Separé todos los documentos relacionados con ella.
En solo doce meses, Iris había gastado más que las cuatro residencias secundarias juntas.
—A partir de este momento, ningún gasto será aprobado sin una factura, una justificación y mi firma.
—El señor Nathaniel podría oponerse.
—Puede hacerlo frente al patriarca y explicar por qué financia lujos privados con recursos destinados a toda la familia.
Nadie volvió a discutir.
Al caer la noche, Nathaniel regresó solo.
Encontró el salón transformado.
Los libros contables cubrían la mesa.
Los administradores esperaban instrucciones.
Los sellos de autorización estaban frente a mí.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Mi trabajo.
—Ordené que esperaras.
—Y yo decidí no hacerlo.
Se acercó.
—Has bloqueado los pagos de la residencia de Iris.
—He bloqueado gastos sin justificar.
—Ella necesita cuidados.
—El médico dijo que no encontró ninguna enfermedad grave.
Nathaniel se quedó quieto.
Comprendí que ya había recibido el informe.
—Sus dolores son reales —respondió.
—No he dicho que no lo sean. He dicho que no justifican vestidos franceses, joyas y una casa mantenida con el presupuesto principal.
Le mostré las cuentas.
Nathaniel no las tocó.
—Mi abuelo prometió cuidar de ella.
—Entonces que el fondo privado del patriarca se encargue. No el patrimonio que algún día deberán administrar tus herederos.
Sus ojos se fijaron en mí.
—¿Ya estás pensando en herederos?
—Estoy pensando en responsabilidades.
Cerré el libro.
—Tú puedes dedicar tu corazón a quien quieras. Pero mientras yo sea tu esposa, no permitiré que otra mujer utilice mi posición, mi residencia ni los recursos que debo proteger.
Nathaniel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Esto es una guerra?
—No.
Me levanté lentamente.
—Una guerra requiere dos personas compitiendo por lo mismo.
Pasé junto a él.
—Yo no estoy compitiendo por ti.
Aquella frase lo dejó inmóvil.
Los comentarios invisibles aparecieron frente a mis ojos.
“La antagonista debería estar celosa.”
“¿Por qué no intenta recuperar al protagonista?”
“Nathaniel parece enfadado.”
Sonreí.
—Yo solo estoy tomando lo que corresponde a la señora Lancaster.
Antes de que pudiera salir, la puerta se abrió.
El patriarca entró acompañado por dos abogados y un hombre desconocido que llevaba una caja de madera oscura.
Todos se pusieron de pie.
El anciano observó los libros contables y después me miró con una satisfacción que no intentó ocultar.
—Veo que ya comenzaste.
Nathaniel frunció el ceño.
—Abuelo, ¿comenzó qué?
El patriarca se sentó.
—La evaluación.
Los abogados colocaron varios documentos sobre la mesa.
—Durante los próximos seis meses —continuó—, Eleanor tendrá autoridad sobre todas las propiedades residenciales y una parte del consorcio familiar.
Nathaniel endureció el rostro.
—Eso nunca fue mencionado.
—Porque quería observar cómo reaccionabais después de la boda.
El anciano señaló la caja.
—Dentro se encuentra el sello que permite aprobar ventas, inversiones y transferencias familiares.
Uno de los abogados abrió la tapa.
La caja estaba vacía.
El patriarca se puso de pie de golpe.
—¿Dónde está el sello?
Harris comenzó a temblar.
Nathaniel miró alrededor.
En ese momento, una criada entró corriendo desde el corredor.
—¡Señor! La señorita Iris ha abandonado su residencia.
—¿Adónde fue? —preguntó Nathaniel.
La criada extendió una nota.
—Dejó esto para usted.
Nathaniel la abrió.
Su expresión cambió.
Le arrebaté la hoja antes de que pudiera ocultarla.
Solo contenía una frase:
“Cuando Eleanor descubra qué autorizaste con el sello, ya será demasiado tarde para salvar a la familia Lancaster.”