La pregunta quedó suspendida entre nosotros.
Yo seguía sosteniendo la hoja con mi fotografía, mientras Sebastián bebía café como si no acabara de cambiar las reglas de nuestro matrimonio con una sola frase.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Él dejó la taza sobre el plato.
—Significa exactamente lo que escuchaste.
—Nuestro matrimonio se firmó por tres años.
—Lo sé.
—Con habitaciones separadas, patrimonio independiente y libertad para terminarlo cuando ambas familias cumplieran sus objetivos.
—También lo sé.
Fruncí el ceño.
—Entonces sigue siendo un contrato.
Sebastián me miró durante varios segundos.
Aquella expresión fría que siempre me intimidaba ahora parecía ocultar algo distinto.
—Lucía, el contrato venció hace cuatro meses.
Parpadeé.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—Yo habría recibido una notificación.
—La recibiste.
—Nunca vi nada.
Sebastián tomó una carpeta negra que descansaba junto a su silla y la deslizó hacia mí.
Dentro estaba el acuerdo matrimonial.
Reconocí mi firma, la de mis padres y el sello de la familia Fu.
En la última página había una cláusula marcada.
“Al concluir el plazo inicial, la unión podrá disolverse mediante solicitud escrita presentada por cualquiera de las partes. En ausencia de solicitud, el matrimonio continuará sin limitaciones contractuales.”
Leí la frase dos veces.
Después una tercera.
—¿Por qué nadie me explicó esto?
—Tu abogado lo hizo antes de la boda.
—Yo estaba firmando veinte documentos.
—Precisamente por eso debiste leerlos.
Lo miré con indignación.
—¿Y tú sí lo sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de casarnos.
Mi voz subió.
—¿Y dejaste que siguiera creyendo que podía marcharme cuando quisiera?
Sebastián inclinó apenas la cabeza.
—Podías hacerlo.
—Pero no presenté ninguna solicitud porque no sabía que debía hacerlo.
—Yo sí la preparé.
Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.
—¿Querías divorciarte?
Sebastián abrió otra sección de la carpeta.
Había un documento de disolución redactado cuatro meses atrás.
La línea de su firma estaba vacía.
La mía también.
—Lo preparé para entregártelo —dijo—. Pero no lo hice.
—¿Por qué?
Su mirada se detuvo en mi rostro.
—Porque descubrí que no quería firmarlo.
La habitación quedó en silencio.
Los comentarios invisibles comenzaron a aparecer frente a mis ojos.
“¡Por fin lo confesó!”
“Ella todavía no entiende.”
“Sebastián lleva meses esperando que deje de llamarlo esposo contractual.”
Los aparté con un parpadeo.
—Eso no tiene sentido.
—¿Qué parte?
—Tú nunca me buscas. Apenas hablas conmigo. Pareces molesto cada vez que entro en una habitación.
—No estoy molesto.
—Una vez me observaste durante diez minutos porque utilicé tu taza.
—Era café muy fuerte.
—¿Y qué?
—No habías comido.
Abrí la boca.
No encontré respuesta.
Sebastián continuó:
—Cuando caminas descalza, el suelo está frío.
—Había alfombra.
—Debajo hay mármol.
—Cuando uso vestidos cortos, me miras como si quisieras despedir a alguien.

—Generalmente quiero despedir a quien te mira.
Mi rostro comenzó a calentarse.
—¿Y por qué nunca dijiste nada?
—Pensé que lo sabías.
—¿Cómo iba a saberlo?
—Te llevé conmigo a todas las cenas familiares.
—Porque era mi obligación.
—Cancelé tres viajes para acompañarte al médico.
—Porque tu madre te lo pidió.
—Mi madre ni siquiera sabía que estabas enferma.
Me quedé inmóvil.
Sebastián apoyó la espalda contra la silla.
—Cuando tu estudio perdió aquel contrato, compré las acciones del distribuidor que intentó perjudicarte.
—Pensé que había sido mi hermano.
—Tu hermano no sabía nada.
—¿Fuiste tú?
—Sí.
Cada respuesta desmontaba una certeza que yo había repetido durante años.
Recordé las mañanas en que aparecía una taza caliente frente a mi puerta.
Los medicamentos que llegaban antes de que yo los pidiera.
El automóvil esperando cuando llovía.
Los viajes que él cancelaba con excusas demasiado breves.
Yo había interpretado todo como responsabilidad contractual.
Tal vez porque resultaba más seguro creer que no le importaba.
—Entonces anoche regresaste por mí —murmuré.
Sebastián respondió sin vacilar:
—Sí.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
—Valeria publicó una fotografía.
—¿En sus redes?
—En un grupo privado.
—¿Tú estás en el grupo privado de Valeria?
—No.
—Entonces ¿cómo la viste?
Por primera vez, Sebastián desvió la mirada.
—Tengo acceso.
Lo observé con sospecha.
—¿Espías a mi mejor amiga?
—Superviso situaciones que pueden afectarte.
—Eso se llama espiar.
—Puedes llamarlo como quieras.
Me levanté con la carpeta entre las manos.
—Necesito pensar.
—Piensa aquí.
—No.
—Lucía.
—No puedes prohibirme salir de una habitación.
—No intento prohibírtelo.
—Has prohibido mi entrada a todos los bares de la capital.
—Eso es diferente.
—¿En qué sentido?
—En que ayer un desconocido te rodeó con el brazo mientras estabas demasiado ebria para sostenerte.
—No estaba tan ebria.
—Dijiste que estabas durmiendo mientras yo te veía sentada frente a mí.
No pude discutirlo.
Me dirigí hacia la puerta.
Sebastián habló a mi espalda.
—Esta noche cenaremos con tu familia.
Me volví.
—¿Por qué?
—Tu padre quiere discutir la sucesión de la empresa Lin.
Aquello me hizo olvidar momentáneamente nuestra conversación.
—Mi hermano heredará la empresa. Está decidido desde hace años.
—Ya no.
—¿Qué quieres decir?
Sebastián se levantó.
—Tu hermano perdió el respaldo de dos inversionistas y utilizó acciones familiares como garantía sin autorización.
Sentí un escalofrío.
—Eso sería fraude.
—Lo es.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque intentó venderme parte de tu fondo personal para cubrir la deuda.
Apreté la carpeta.
—Mi fondo está protegido.
—Solo mientras continúes casada conmigo.
De pronto comprendí por qué mi hermano llevaba semanas invitándome a regresar sola a la casa familiar.
Por qué mi madre preguntaba constantemente si Sebastián y yo pensábamos renovar el acuerdo.
Por qué mi padre insistía en que una mujer no debía depender de un matrimonio sin amor.
—Querían que me divorciara —susurré.
—Sí.
—Para recuperar el control de mis acciones.
—Sí.
—¿Y tú lo sabías?
—Desde hace dos meses.
La rabia regresó con fuerza.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque necesitaba pruebas.
—¡Es mi familia!
—Precisamente.
Se acercó y colocó un sobre sobre la mesa.
—Dentro están las transferencias, los contratos falsificados y las grabaciones.
No me atreví a abrirlo.
Sebastián continuó con voz tranquila:
—Esta noche tu hermano anunciará que has decidido renunciar voluntariamente a tu participación en la empresa.
—Yo nunca acepté eso.
—Ellos creen que firmarás.
—¿Por qué?
—Porque prepararon otro contrato matrimonial.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Otro contrato?
—Uno que declara que nuestra unión terminó hace cuatro meses y que tú me debes una compensación por incumplimiento.
—Eso es absurdo.
—También contiene tu firma.
Abrí finalmente el sobre.
La primera página llevaba mi nombre.
La firma parecía perfecta.
Incluso reproducía la pequeña inclinación que yo hacía al final de la letra L.
—¿Cómo consiguieron esto?
—Alguien dentro de esta casa les entregó copias de tus documentos personales.
Miré hacia la puerta.
De pronto, cada empleado de la mansión se convirtió en un posible traidor.
—¿Sabes quién fue?
Sebastián guardó silencio.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, el mayordomo entró apresuradamente.
—Señor Fu, la señora Lin ha llegado.
Mi madre apareció detrás de él sin esperar permiso.
Sonreía.
En las manos llevaba una caja de terciopelo rojo.
—Lucía, qué bien que sigues aquí —dijo—. Esta noche debes usar el collar de la familia.
Abrió la caja.
Dentro brillaba una antigua joya que solo utilizaban las mujeres reconocidas como herederas principales.
Nunca antes me habían permitido tocarla.
Mi madre me abrazó con demasiada fuerza y susurró junto a mi oído:
—Firma lo que te entregue tu padre y no hagas preguntas.
Cuando se apartó, vi algo asomando dentro de su bolso.
Era una copia exacta del contrato falsificado que Sebastián acababa de mostrarme.
Pero eso no fue lo peor.
Debajo del documento distinguí una fotografía tomada la noche anterior en el bar.
En ella, Valeria entregaba una carpeta a mi hermano mientras yo bebía rodeada de modelos.
Mi mejor amiga no había organizado aquella salida para que me divirtiera.
La había organizado para mantenerme lejos mientras mi familia preparaba la trampa.