Parte 2: EL MATRIMONIO QUE NADIE PUDO DETENER

El salón de registros militares permanecía en un silencio solemne cuando crucé sus puertas al amanecer.

Durante diez años había imaginado ese momento.

Pero jamás con el hombre cuyo nombre aparecía ahora junto al mío.

Alexander Shen ya estaba allí.

Vestía un impecable uniforme negro de gala. Permanecía sentado en su silla de ruedas con la espalda completamente recta, como si incluso la inmovilidad obedeciera a una disciplina militar imposible de quebrar.

Cuando entré, levantó la mirada.

Sus ojos eran mucho más serenos de lo que imaginaba.

No había lástima.

Ni curiosidad.

Mucho menos desconfianza.

Solo una calma que me hizo sentir extrañamente segura.

—Buenos días, señorita Xia.

Asentí.

—General Shen.

Él observó durante unos segundos mi expresión cansada.

—¿Ha dormido?

Sonreí con amargura.

—Lo suficiente para dejar de esperar.

Una sombra casi imperceptible cruzó su rostro.

Después señaló la mesa donde descansaban los documentos oficiales.

—Entonces terminemos esto correctamente.

Firmé primero.

Mi mano no tembló.

Cuando Alexander tomó la pluma, todos los funcionarios presentes permanecieron inmóviles.

Aquel hombre llevaba años rechazando cualquier propuesta relacionada con matrimonio.

Nadie esperaba verlo firmar.

Mucho menos con absoluta tranquilidad.

Cuando escribió lentamente “Alexander Shen”, comprendí que aquella decisión era completamente consciente.

No estaba salvándome.

No estaba haciendo un favor.

Estaba aceptando convertirse en mi esposo.

El sello oficial cayó sobre el expediente con un fuerte golpe.

Nuestro matrimonio quedó registrado legalmente.

La noticia tardó menos de una hora en recorrer todo el complejo militar.

Las llamadas comenzaron inmediatamente.

Mi teléfono vibró una vez.

Después otra.

Y otra más.

La primera era de una antigua compañera.

—¿Valeria? ¿Es verdad?

No respondí.

La segunda pertenecía a una tía lejana.

—¿Te obligaron?

La tercera era de Vivian.

La dejé sonar hasta que terminó.

Cinco minutos después volvió a llamar.

Luego otra vez.

Finalmente recibí un mensaje.

“Valeria, esto ya fue demasiado. Sebastián solo estaba jugando.”

Leí aquellas palabras varias veces.

Jugando.

Diez años.

Ocho solicitudes.

Mi juventud entera.

Todo reducido a un juego.

Apagué el teléfono.

Alexander observó el movimiento sin hacer preguntas.

Después dijo con absoluta serenidad:

—En la residencia Shen nadie volverá a molestarte si no lo permites.

Aquella frase era sencilla.

Pero nadie me había ofrecido jamás algo tan simple como tranquilidad.

Mientras tanto…

En el campo de entrenamiento, Sebastián seguía negándose a creer lo ocurrido.

—Debe existir un error administrativo.

Su compañero negó lentamente.

—Lo comprobé tres veces.

—Es imposible.

—La firma es auténtica.

—Mi tío jamás aceptaría algo así.

En ese instante apareció la secretaria del Estado Mayor con un sobre lacrado.

—Capitán Shen.

—El general Alexander solicita que entregue personalmente esta documentación.

Sebastián rompió el sello con impaciencia.

Dentro encontró únicamente una copia del certificado matrimonial.

Abajo había una sola línea escrita a mano.

“A partir de hoy, Valeria Xia es la señora Shen.”

No decía sobrina política.

No decía futura esposa.

No decía prometida.

Decía esposa.

Las manos de Sebastián comenzaron a temblar.

Vivian llegó corriendo pocos minutos después.

—Sebastián…

Él levantó el documento.

—Explícame esto.

Vivian palideció.

—Yo… pensé…

—¿Pensaste qué?

—Que Valeria nunca aceptaría.

—Siempre vuelve contigo…

Aquellas últimas palabras hicieron que Sebastián recordara todas las ocasiones en que yo había esperado.

Bajo la lluvia.

En hospitales.

En estaciones militares.

En cumpleaños cancelados.

Siempre regresaba.

Siempre perdonaba.

Siempre esperaba.

Pero aquella vez no.

Sin decir una palabra más, salió corriendo hacia la residencia principal de la familia Shen.

Cuando llegó, encontró decenas de vehículos estacionados.

Los ancianos de la familia habían acudido para felicitar al hijo menor.

Sebastián atravesó el jardín sin saludar a nadie.

Entró directamente en la sala principal.

Allí estaba yo.

Sentada junto a Alexander.

Conversábamos tranquilamente mientras tomábamos té.

Era la primera vez en diez años que compartía una mesa con un miembro de la familia Shen sin estar pendiente de la llegada de Sebastián.

Él se quedó inmóvil.

No parecía reconocer aquella escena.

Yo tampoco lo miré inmediatamente.

Alexander dejó la taza sobre el plato.

—Has llegado.

Su voz seguía siendo completamente tranquila.

Sebastián ignoró a su tío.

Me observó fijamente.

—Valeria.

Esperó.

Yo continué bebiendo té.

Aquello pareció enfurecerlo mucho más que cualquier discusión.

—Valeria, mírame.

Levanté finalmente la vista.

—Capitán Shen.

No Sebastián.

No mi prometido.

No el hombre al que había amado durante diez años.

Solo capitán Shen.

Por primera vez utilicé la distancia que él mismo había construido entre nosotros.

Su rostro perdió todo color.

—No puedes hacer esto.

Pregunté con calma.

—¿Hacer qué exactamente?

—Casarte con mi tío.

—Ya lo hice.

—Sabes perfectamente que esto empezó por un error.

Alexander intervino antes de que pudiera responder.

—No hubo ningún error.

Sebastián giró bruscamente.

—Tío…

—El documento fue presentado legalmente.

—Fue aprobado legalmente.

—Y ambos firmamos voluntariamente.

Cada palabra sonaba como una sentencia definitiva.

Vivian apareció jadeando detrás de Sebastián.

Al verme sentada junto a Alexander, comprendió que todo era real.

Intentó sonreír.

—Valeria… podemos hablar…

La observé serenamente.

—¿Sobre la apuesta?

Su expresión se congeló.

Toda la sala quedó en silencio.

Los familiares comenzaron a mirarse entre ellos.

Sebastián giró lentamente hacia Vivian.

—¿Qué apuesta?

Ella abrió la boca.

Pero ninguna palabra salió.

Yo apoyé con tranquilidad mi taza sobre la mesa.

—La apuesta por la que decidiste cambiar mi nombre en el informe.

Los rostros de todos los presentes cambiaron al mismo tiempo.

La matriarca Shen frunció el ceño.

—¿Qué acabas de decir?

Nadie respondió.

Vivian bajó la cabeza.

Sebastián sintió cómo un sudor frío recorría su espalda.

Porque comprendió, demasiado tarde, que si aquella verdad salía completamente a la luz, no solo perdería a la mujer que había esperado diez años por él… también podría perder para siempre el respeto de toda la familia Shen.

Y en ese preciso instante, el mayordomo entró apresuradamente con un sobre rojo sellado con el emblema oficial del Estado Mayor.

General… llegó una investigación disciplinaria urgente.

Alexander tomó el sobre sin alterar su expresión.

Después leyó únicamente la primera línea.

Sus ojos se endurecieron.

Finalmente levantó la vista hacia Sebastián.

—Parece que esto… acaba de volverse mucho más serio.

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