Parte 2: EL VIDEO QUE ALGUIEN INTENTÓ BORRAR

No abandoné la habitación de Lily durante las dos horas siguientes.

Cada pocos minutos abría los ojos unos segundos, intentaba mover los labios y una punzada de dolor la obligaba a detenerse.

El cirujano me explicó que no debía hablar.

Cualquier esfuerzo podía agravar las fracturas antes de la primera cirugía.

Me limité a sujetarle la mano.

Había pasado veinte años aprendiendo a mantener la calma bajo el fuego enemigo.

Aquella noche apenas podía controlar mi respiración.

A las dos de la madrugada entró un detective.

—¿Señor Mercer?

Asentí.

—Soy la detective Karen Doyle.

Necesito hacerle algunas preguntas.

Salimos al pasillo.

Su expresión era seria.

—La universidad afirma que todavía no tiene sospechosos.

—¿Y usted les cree?

Guardó silencio unos segundos.

—No.

Sacó una carpeta.

—Hay algo que no encaja.

Me mostró un plano del campus.

El edificio de Ciencias estaba rodeado por ocho cámaras de seguridad.

Solo una enfocaba exactamente el lugar donde apareció Lily.

—¿Qué grabó?

La detective respiró hondo.

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Alguien eliminó exactamente diecisiete minutos de grabación.

Sentí un escalofrío.

—¿Un fallo técnico?

Negó lentamente.

—Nuestros especialistas dicen que los archivos fueron borrados manualmente desde el servidor interno.

Aquello ya no parecía una agresión improvisada.

Alguien sabía exactamente dónde estaban las cámaras.

Y sabía cómo hacerlas desaparecer.

Mientras hablábamos, un enfermero salió apresuradamente de la habitación.

—Detective…

Creo que deberían ver esto.

Entramos inmediatamente.

Lily había despertado.

Tenía lágrimas en los ojos.

Movía desesperadamente la mano izquierda.

La enfermera le acercó una libreta.

Con enormes dificultades escribió una sola palabra.

“Rojo.”

Después añadió otra.

“Chaqueta.”

La detective tomó nota.

—¿El atacante llevaba una chaqueta roja?

Lily cerró los ojos una vez.

Sí.

Intentó escribir otra vez.

La mano le temblaba.

Solo alcanzó a dibujar una letra.

“K”.

Después perdió nuevamente el conocimiento.

La detective observó la hoja.

—Es poco.

Pero es el primer testimonio que tenemos.

A primera hora de la mañana condujimos hasta la Universidad Bradley.

El rector nos recibió con un discurso cuidadosamente preparado.

—Toda la comunidad está profundamente consternada…

Lo interrumpí.

—Quiero ver las cámaras.

Su sonrisa desapareció.

—La policía ya está trabajando en eso.

—Quiero ver el lugar donde encontraron a mi hija.

Diez minutos después caminábamos por el sendero detrás del edificio de Ciencias.

Todo parecía demasiado limpio.

Demasiado perfecto.

Había llovido.

Sin embargo, el suelo donde apareció Lily mostraba señales recientes de haber sido lavado con una manguera.

Me arrodillé.

Toqué el pavimento.

Todavía estaba húmedo.

La detective también lo notó.

—¿Quién limpió aquí?

Un empleado de mantenimiento respondió nervioso.

—Recibimos la orden esta mañana.

—¿Quién dio esa orden?

El hombre dudó.

—El jefe de seguridad del campus.

La detective pidió inmediatamente hablar con él.

Mientras esperábamos, observé alrededor.

A pocos metros había un poste con un pequeño espejo convexo utilizado para controlar el tráfico peatonal.

En el borde metálico sobresalía algo diminuto.

Un trozo de tela.

Lo retiré cuidadosamente.

Era una fibra roja.

Exactamente del mismo color que Lily había escrito.

La detective la guardó como evidencia.

En ese momento llegó el jefe de seguridad.

Traje oscuro.

Corbata azul.

Demasiado tranquilo para alguien cuyo campus acababa de sufrir una agresión brutal.

—Señor Mercer.

Lamentamos mucho lo ocurrido.

La detective fue directa.

—¿Por qué ordenó limpiar esta zona?

El hombre sonrió con incomodidad.

—Procedimiento habitual.

—¿Antes de terminar la investigación?

No respondió.

Entonces sonó el teléfono de la detective.

Escuchó durante apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

Colgó.

—Acaban de recuperar parte del video eliminado.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Se ve al atacante?

—Solo cuatro segundos.

Regresamos inmediatamente a la comisaría.

Un técnico proyectó la grabación recuperada.

La imagen era borrosa.

Lily caminaba sola.

Después aparecían varias sombras.

Una de ellas llevaba una chaqueta deportiva roja.

El atacante levantó el brazo justo antes de que la imagen se cortara.

Pero lo importante no era la chaqueta.

Era el logotipo bordado sobre el pecho.

La detective acercó la imagen.

Ampliación tras ampliación.

Hasta que el escudo quedó completamente visible.

No pertenecía a un desconocido.

Pertenecía al exclusivo equipo universitario de lucha.

La detective consultó inmediatamente la lista de integrantes.

Solo uno de ellos tenía un apellido que comenzaba con la letra que Lily había alcanzado a escribir.

Kyle Donovan.

Capitán del equipo.

Hijo del mayor donante privado de la universidad.

Antes de que pudiéramos decir una sola palabra, otro agente entró corriendo en la sala.

Llevaba un teléfono móvil dentro de una bolsa de pruebas.

—Detective…

Acaba de aparecer un nuevo testigo.

Un estudiante encontró este teléfono escondido detrás del edificio de Ciencias.

No pertenece a Lily.

Pertenece…

Miró la pantalla.

Luego levantó lentamente la vista hacia nosotros.

—Pertenece al propio Kyle Donovan.

Y alguien intentó destruirlo golpeándolo repetidamente con un martillo, pero el laboratorio acaba de confirmar que la memoria interna todavía puede recuperarse.

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