Parte 2 – LA CAMISA QUE APUNTABA AL HOMBRE EQUIVOCADO

Me obligué a respirar.

Treinta años en el Ejército me habían enseñado que la primera conclusión suele ser la más peligrosa.

Aun así, no podía apartar la vista de aquellas iniciales bordadas en la tela.

D.C.M.

Las mismas que aparecían en los puños de las camisas hechas a medida de mi yerno, Daniel Charles Morgan.

Alan me sujetó suavemente del brazo.

—Richard… no hagas nada todavía.

Asentí sin responder.

Pero dentro de mí ya había comenzado una guerra.

Emily volvió a cerrar los ojos.

Los sedantes hacían que apenas pudiera mantenerse despierta.

Sin embargo, antes de perder nuevamente la conciencia, consiguió apretar mi mano.

—Prométeme…

susurró.

—No confíes… en nadie.

Aquellas palabras me dejaron helado.

¿Nadie?

¿Ni siquiera Daniel?

Salí al pasillo acompañado por Alan.

—¿Qué encontraron?

El médico abrió una carpeta.

—Además de las heridas de la espalda, presenta una conmoción cerebral, dos costillas fracturadas y signos de haber estado inmovilizada.

Sentí cómo la rabia comenzaba a subir lentamente.

—¿Abuso?

Alan negó con cautela.

—Eso todavía no podemos afirmarlo.

Pero sí sabemos una cosa.

Las palabras grabadas fueron realizadas cuando Emily aún estaba consciente.

Cerré los ojos durante un instante.

Aquello no había sido un ataque impulsivo.

Había sido un mensaje cuidadosamente preparado.

En ese momento apareció la detective Laura Jenkins.

Traía una bolsa transparente de evidencias.

Dentro estaba el trozo de camisa.

—Coronel Hayes.

Necesito hacerle una pregunta.

Asentí.

—¿Reconoce esta tela?

—Sí.

Pertenece a mi yerno.

Ella no respondió inmediatamente.

En cambio, sacó otra fotografía.

Mostraba el dormitorio de Emily.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Demasiado ordenado.

—No encontramos señales de robo.

Ni puertas forzadas.

Ni ventanas abiertas.

—Entonces ella conocía al agresor.

La detective bajó lentamente la mirada.

—Eso creemos.

Mi teléfono vibró.

Era Daniel.

Contesté.

—Coronel, acabo de salir de una reunión.

La policía me dijo que Emily sufrió un accidente.

¿Dónde está?

No respondí durante unos segundos.

Escuché atentamente su respiración.

No parecía nervioso.

Parecía… preparado.

—Está en el Hospital St. Mary.

—Voy para allá.

Colgó.

La detective me observó.

—¿Le dijo que fue un accidente?

Asentí.

Ella frunció el ceño.

—Nosotros nunca utilizamos esa palabra.

El silencio se volvió pesado.

Veinte minutos después, Daniel apareció corriendo por el pasillo.

La camisa que llevaba era azul oscuro.

Las mangas perfectamente abotonadas.

Pero algo llamó inmediatamente mi atención.

Los puños.

No tenían iniciales.

La detective también lo vio.

—Señor Morgan.

¿Tiene otras camisas personalizadas?

—Claro.

Varias.

—¿Dónde están?

—En casa.

Mientras respondía, no dejó de mirar hacia la habitación de Emily.

Parecía sinceramente preocupado.

Demasiado preocupado para un hombre que acababa de descubrir lo ocurrido.

Le mostré lentamente la bolsa con el trozo de tela.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué es eso?

—Pensé que tú podrías decirme.

Se acercó unos centímetros.

Después negó lentamente.

—Sí.

Es una camisa mía.

Pero…

Frunció el ceño.

—La tiré hace dos semanas.

La detective levantó inmediatamente la vista.

—¿La tiró?

—Se rompió durante una reunión de caza benéfica.

Nunca volvió a aparecer.

Aquella respuesta no encajaba con lo que yo esperaba.

La detective pidió inmediatamente revisar su declaración.

Mientras tanto, un agente entró apresuradamente por el pasillo.

Traía una tableta en la mano.

—Detective.

Acabamos de recuperar imágenes de una cámara privada situada frente a la casa.

Todos nos acercamos.

El video mostraba claramente el automóvil de Emily entrando al garaje.

Cinco minutos después aparecía otro vehículo negro.

No pertenecía a Daniel.

La imagen era borrosa.

Solo permitía distinguir a un hombre alto con gorra.

Llevaba una bolsa deportiva.

Cuando se acercó a la puerta principal, levantó brevemente la cabeza.

La detective detuvo la grabación.

Ampliaron la imagen.

No podían verse bien sus facciones.

Pero sí un detalle muy concreto.

En el cuello de su camisa aparecían bordadas las mismas iniciales.

D.C.M.

Daniel dio un paso hacia atrás.

—Eso…

No puede ser.

La detective permaneció completamente inmóvil.

—¿Conoce a alguien más con esas iniciales?

Daniel tardó varios segundos en responder.

Luego levantó lentamente la vista hacia mí.

—Sí.

Existe otra persona.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, la puerta de la habitación de Emily se abrió de golpe.

Una enfermera salió corriendo.

—¡Doctor!

Todos entramos inmediatamente.

Emily había despertado.

Respiraba con dificultad.

Se aferraba desesperadamente a la sábana.

Cuando me vio, movió apenas los labios.

Con enorme esfuerzo levantó una mano temblorosa.

No señaló a Daniel.

Señaló el televisor apagado de la habitación.

Sobre la pantalla negra podía verse reflejado el pasillo.

Y en ese reflejo apareció durante apenas un segundo la silueta de un hombre observándonos desde la puerta antes de desaparecer.

La detective salió corriendo.

No alcanzó a nadie.

Solo encontró en el suelo una tarjeta de presentación.

La recogió cuidadosamente.

Leyó el nombre impreso.

Y por primera vez desde que comenzó la investigación, su expresión cambió por completo.

—Coronel…

Creo que el hombre que buscamos no pertenece a su familia.

Pero conoce demasiado bien a todos ustedes.

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