Parte 2: EL SECRETO QUE NUNCA ME CONTÓ

Mi jefe, Víctor Salas, entró al consultorio con una sonrisa impecable y un enorme ramo de lirios blancos.

—Laura, ¿cómo te sientes? Tu mamá insistió en que no vinieras sola.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

—Víctor… ¿qué haces aquí?

—Tu madre me llamó hace una hora. Le preocupó que estuvieras enferma y pensé que sería buena idea acompañarte.

La enfermera sonrió.

—Qué atento su prometido.

—No es mi prometido —respondí de inmediato.

Víctor abrió mucho los ojos.

—¿Prometido?

La enfermera revisó nuevamente la tableta.

—Perdón. Eso fue lo que la señora Lin dijo por teléfono.

Daniel permanecía inmóvil junto al escritorio.

Solo sus ojos cambiaron.

Durante unos segundos no dijo absolutamente nada.

Después señaló una silla.

—Señor Salas, tome asiento. Necesito explicar el tratamiento de la paciente.

Víctor obedeció.

Daniel comenzó a mostrar las imágenes de la ecografía.

—No encontramos ninguna lesión maligna.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones.

—Presenta una inflamación benigna provocada por estrés prolongado, alteraciones hormonales y agotamiento físico.

Víctor soltó un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios.

Daniel continuó como si no hubiera escuchado.

—Necesitará reposo, medicación y reducir inmediatamente las jornadas laborales.

Entonces miró directamente a Víctor.

—Si realmente aprecia a la señorita Laura, debería impedir que siga trabajando dieciséis horas diarias.

Víctor bajó la cabeza.

—Tiene razón.

Cuando terminó la consulta, Daniel imprimió la receta y me la entregó.

Nuestras manos se rozaron apenas un instante.

—Cuídate.

Solo dijo eso.

Nada más.

Salí del consultorio con una sensación extraña.

Antes de llegar al ascensor, escuché pasos detrás de mí.

Era Daniel.

Ya no llevaba mascarilla.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente fui yo quien rompió el silencio.

—Pensé que nunca volvería a verte.

Él sonrió con tristeza.

—Yo tampoco esperaba hacerlo así.

Guardamos silencio otra vez.

Había demasiados años entre nosotros.

Demasiadas preguntas.

—¿Por qué nunca quisiste…?

No terminé la frase.

Él entendió perfectamente.

—¿Tocarte?

Asentí.

Daniel respiró profundamente.

—Porque tenía miedo.

Me quedé inmóvil.

—¿Miedo de qué?

Sacó lentamente la cartera.

Dentro conservaba una fotografía vieja.

Éramos nosotros dos.

Tomados de la mano frente al lago donde habíamos celebrado nuestro primer aniversario.

La foto estaba completamente desgastada.

—Nunca dejé de llevarla conmigo.

Mi garganta se cerró.

—Entonces… ¿por qué?

Daniel bajó la mirada.

—Cuando tenía diecinueve años me diagnosticaron una enfermedad hereditaria.

Sentí un escalofrío.

—Los médicos pensaban que podía volverme estéril y transmitir graves problemas genéticos a mis hijos.

El mundo pareció detenerse.

—Por eso nunca crucé ese límite contigo.

—No quería que un impulso de una noche pudiera cambiar toda tu vida.

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Sonrió con amargura.

—Porque sabía cómo eras.

—Habrías dicho que no importaba.

—Y yo no quería que renunciaras a ser madre por mi culpa.

Recordé todas aquellas noches.

Todas las discusiones.

Todas las veces que interpreté su distancia como falta de deseo.

—Preferiste que me odiara…

—…antes que arriesgar tu futuro.

Ninguno pudo seguir hablando.

En ese momento apareció Víctor.

Había olvidado el ramo de flores.

Miró alternativamente a Daniel y a mí.

Después sonrió con comprensión.

—Creo que ustedes dos tienen una conversación pendiente desde hace muchos años.

Nos dejó solos.

Daniel observó cómo se cerraban las puertas del ascensor.

—Laura…

—Hace tres años descubrí que aquel diagnóstico estaba equivocado.

Lo miré sorprendida.

—Nunca fui estéril.

—Nunca tuve aquella enfermedad genética.

—Todo fue un error del laboratorio.

Sentí que las lágrimas ya no podían detenerse.

Diez años.

Habíamos perdido diez años por un diagnóstico equivocado… y por un silencio que ninguno de los dos tuvo el valor de romper.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Sé que quizá ya sea demasiado tarde.

—Pero si alguna vez decides darme otra oportunidad…

Antes de que pudiera terminar la frase, mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi madre.

Contesté.

Su primera frase hizo que volviera a congelarme.

—Laura, cariño… necesito decirte la verdad.

—Fui yo quien llamó a tu jefe.

—Porque hace diez años también fui yo quien le pidió a Daniel que desapareciera de tu vida.

Miré a Daniel.

Él cerró lentamente los ojos.

Y comprendí que la mayor mentira de nuestra historia nunca había nacido entre nosotros… sino dentro de mi propia familia.

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