A las ocho de la mañana siguiente, Ethan llegó a la sede central de la empresa con la misma seguridad de siempre.
Saludó al personal.
Entró a su despacho.
Encendió el ordenador.
Cinco segundos después, la pantalla mostró un único mensaje.
ACCESO DENEGADO.
Frunció el ceño.
Intentó iniciar sesión otra vez.
Nada.
Marcó el número del departamento de informática.
—No puedo entrar al sistema.
La respuesta llegó de inmediato.
—Señor Carter, todas sus credenciales fueron revocadas anoche por orden de la presidenta.
Sintió un escalofrío.
—Debe tratarse de un error.
—No, señor.
—La orden fue firmada personalmente por la señora Sophia.
Antes de que pudiera responder, dos agentes de seguridad aparecieron frente a la puerta.
—Señor Carter.
—Necesitamos acompañarlo.
—¿Qué significa esto?
Uno de ellos habló con absoluta calma.
—A partir de hoy ya no forma parte de la empresa.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje del banco.
Tarjeta corporativa cancelada.
Después otro.
Acceso a cuentas empresariales suspendido.
Luego otro más.
Transferencias pendientes bloqueadas por revisión interna.
Por primera vez en muchos años, Ethan sintió verdadero miedo.
Intentó llamar a Sophia.
Directamente al buzón.
Llamó otra vez.
Bloqueado.
Mientras tanto, en el piso cuarenta y ocho, Sophia observaba desde su despacho cómo los agentes escoltaban a Ethan hasta el vestíbulo.
Héctor dejó una carpeta sobre su escritorio.
—Terminamos la revisión preliminar.
Sophia abrió el informe.
Había copias de transferencias, contratos, escrituras y fotografías.
—¿Cuánto?
—Hasta ahora encontramos treinta y ocho millones de dólares desviados en los últimos tres años.
Ella permaneció en silencio.
—La mayoría terminó en empresas fantasma.
—Pero una parte financió la casa donde vive Lauren.
Pasó la siguiente página.
Joyas.
Viajes privados.
Automóviles.
Vacaciones en Europa.
Todo pagado con dinero de la empresa.
Héctor añadió otra carpeta.
—Hay algo más.
Dentro había un contrato de compraventa.
La nueva casa que Ethan había prometido a Lauren.
El comprador figuraba como una sociedad recién creada.
Pero el depósito inicial provenía directamente de una cuenta corporativa.
Sophia cerró lentamente la carpeta.
—Perfecto.
—Envíen toda la documentación al departamento jurídico y a auditoría forense.
—También quiero una denuncia penal preparada antes del mediodía.
—Sí, señora.
A las once de la mañana, Lauren recibió una llamada del hospital.
—Señorita Lauren.
—Su seguro médico ha sido cancelado.
Ella sonrió.
—Debe ser un error.
Cinco minutos después intentó pagar el alta médica con la tarjeta adicional que Ethan le había entregado.
Pago rechazado.

Probó otra.
Rechazada.
La tercera tampoco funcionó.
Su sonrisa desapareció.
Marcó desesperadamente el número de Ethan.
Él respondió al primer tono.
—Lauren…
—No funcionan las tarjetas.
—¿Qué está pasando?
Ethan respiraba con dificultad.
—Sophia lo sabe todo.
Al otro lado hubo varios segundos de silencio.
—¿Cómo?
—Nos grabó.
Lauren sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—Eso es imposible.
—Nos oyó en el hospital.
Las manos comenzaron a temblarle.
En ese mismo instante, la televisión de la habitación mostró una noticia de última hora.
“Grupo Sterling anuncia la destitución inmediata del director ejecutivo Ethan Carter por presunto fraude financiero. La empresa confirma el inicio de acciones civiles y penales.”
Lauren dejó caer el teléfono.
En la pantalla aparecía la fotografía oficial de Ethan.
Debajo, una frase mucho más devastadora.
“Todos los bienes adquiridos con fondos corporativos han sido inmovilizados por orden judicial.”
Mientras la noticia recorría todo el país, Sophia recibió la última llamada de la mañana.
Era el fiscal especial encargado de delitos financieros.
—Señora Sterling.
—Ya revisamos las primeras pruebas.
—Con la grabación que usted obtuvo…
—Este caso acaba de convertirse en una investigación criminal.