PARTE 2 – EL HOMBRE QUE LLEVABA AÑOS BUSCÁNDOLA

Toda la calle quedó completamente en silencio.

Nadie entendía lo que acababa de escuchar.

La mujer elegante abrió los ojos con incredulidad.

—¿La mitad… de su empresa?

Su voz apenas era un susurro.

El magnate ni siquiera la miró.

Mantenía la vista fija en Elena.

Había una mezcla de culpa y alivio en su rostro.

—Pensé que nunca volvería a encontrarte.

Elena apretó con fuerza el bolso que todavía sostenía entre las manos.

Las lágrimas amenazaban con salir.

Pero esta vez no lloró.

—Después de tantos años…

Respiró profundamente.

—¿Ahora apareces?

La tensión entre ambos sorprendió a toda la multitud.

La mujer rica intentó recuperar el control.

—Señor presidente, creo que existe un malentendido.

El hombre giró lentamente hacia ella.

Su expresión se volvió completamente fría.

—Sí.

Hizo una breve pausa.

—El malentendido fue creer que podías acusar a una persona inocente sin consecuencias.

Ella tragó saliva.

—Yo solo defendía mis pertenencias.

El magnate extendió la mano.

—Entrégame el bolso.

La mujer obedeció inmediatamente.

Él lo abrió delante de todos.

Dentro había una cartera.

Un teléfono móvil.

Un estuche de maquillaje.

Y un pequeño sobre blanco perfectamente doblado.

El magnate tomó el sobre.

Lo observó durante unos segundos.

Después volvió a colocarlo exactamente en el mismo lugar.

—¿Falta algo?

La mujer revisó apresuradamente el contenido.

Negó con la cabeza.

—No…

—¿Dinero?

—No.

—¿Joyas?

—Tampoco.

El hombre cerró el bolso lentamente.

—Entonces esta mujer jamás intentó robarte.

Los murmullos comenzaron a extenderse por toda la calle.

Varias personas empezaron a mirar con desprecio a la acusadora.

Una anciana levantó la voz.

—Yo vi cuando ella recogió el bolso del suelo.

Otro hombre también dio un paso adelante.

—Es verdad.

Pensaba decirlo antes, pero todo ocurrió muy rápido.

Uno tras otro comenzaron a aparecer testigos.

La mujer elegante sintió cómo el color desaparecía de su rostro.

Elena los observaba en silencio.

Por fin alguien había decidido decir la verdad.

El magnate volvió a dirigirse a la acusadora.

—¿Todavía quieres llamar a la policía?

Ella comenzó a tartamudear.

—Yo… pensé…

—Pensaste que su ropa humilde era suficiente para convertirla en ladrona.

Nadie pudo desmentir aquellas palabras.

Porque todos habían hecho exactamente lo mismo.

La vergüenza empezó a apoderarse de la multitud.

Elena dejó cuidadosamente el bolso sobre el capó del automóvil negro.

Miró directamente al empresario.

—No necesito que nadie me defienda.

Él bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué dijiste que poseo la mitad de tu empresa?

El silencio volvió a caer sobre la calle.

Incluso los guardaespaldas permanecían inmóviles.

El hombre respiró lentamente.

—Porque es la verdad.

Sacó una carpeta azul del interior del automóvil.

La abrió frente a todos.

Dentro había documentos notariales perfectamente organizados.

También fotografías antiguas.

En una de ellas aparecía un hombre joven cargando a una niña de apenas cuatro años.

La niña era Elena.

Ella sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.

Reconocía aquella fotografía.

Había estado durante años en la vieja casa de su madre.

Pero el rostro del hombre aparecía parcialmente roto.

Nunca había sabido quién era.

El magnate acarició la fotografía con enorme delicadeza.

—Tu padre y yo fundamos la empresa juntos.

Elena permaneció completamente inmóvil.

—Eso es imposible.

—Éramos socios.

Éramos hermanos de la vida.

La voz del empresario comenzó a quebrarse.

—Antes de morir, me obligó a prometerle algo.

La multitud escuchaba en absoluto silencio.

—Me hizo jurar que, cuando fueras mayor, recibirías exactamente la parte que le correspondía.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué nunca apareciste?

El hombre cerró lentamente la carpeta.

—Porque te busqué durante doce años.

Después del incendio perdí completamente tu rastro.

Creí que también habías muerto.

Aquellas palabras hicieron que Elena retrocediera un paso.

El incendio.

Hacía años que nadie mencionaba aquella tragedia.

—¿Cómo sabes lo del incendio?

El empresario levantó lentamente la mirada.

—Porque yo estaba allí aquella noche.

El ambiente cambió por completo.

La mujer que había acusado a Elena ya no parecía importar.

Todos estaban pendientes de aquella conversación.

El magnate continuó hablando.

—Intenté sacar a tu padre.

Pero el techo se derrumbó antes de que pudiera alcanzarlo.

Su voz estaba llena de dolor.

—Nunca pude perdonarme.

Elena sintió que las lágrimas finalmente corrían por sus mejillas.

Toda su vida había creído que nadie había intentado salvar a su familia.

Entonces el teléfono del magnate comenzó a sonar.

Uno de los guardaespaldas contestó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Señor…

Cubrió el micrófono con la mano.

—Acaban de entrar ilegalmente en los archivos históricos de la empresa.

El empresario frunció el ceño.

—¿Qué están buscando?

El guardaespaldas respiró profundamente.

—El contrato original firmado por su socio…

Miró directamente a Elena.

—Alguien intenta destruir todas las pruebas de que ella es la legítima propietaria del cincuenta por ciento de la compañía.

El magnate cerró lentamente los puños.

Porque comprendió que la acusación del bolso no había sido una simple casualidad.

Había sido el primer movimiento de un plan mucho más grande para impedir que Elena descubriera la verdad sobre la herencia que le pertenecía.

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