La puerta principal terminó de cerrarse.
El sonido de la cerradura hizo que el corazón de Lucía se acelerara.
Ahora estaban completamente solos.
Marcos dejó de fingir.
Su sonrisa amable desapareció por completo.
Sus ojos se llenaron de una frialdad que jamás mostraba delante de otras personas.
—¿Contenta?
Miró fijamente a Lucía.
—La policía acaba de irse gracias a tus mentiras.
Lucía no retrocedió.
Se colocó delante de su madre con los puños apretados.
—No volverás a tocarla.
Marcos soltó una carcajada.
—¿Y quién va a impedirlo?
Señaló la puerta.
—Los vecinos tienen miedo.
La policía no tiene pruebas.
Y tu madre…
Giró lentamente hacia la anciana.
—Ni siquiera puede hablar.
Doña Elena comenzó a llorar en silencio.
Sus manos temblaban sin control.
Intentó mover los labios.
Pero ningún sonido consiguió salir.
Marcos caminó lentamente hacia ella.
—Mírame.
La anciana bajó inmediatamente la cabeza.
Era un reflejo aprendido tras meses de humillaciones.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
Aquello no era miedo.
Era terror.
Un terror que llevaba demasiado tiempo creciendo dentro de aquella casa.
Marcos tomó la silla de ruedas por el respaldo.
—Será mejor que vuelvas a tu habitación.
La anciana comenzó a agitar la cabeza desesperadamente.
No quería quedarse sola con él.
Lucía sujetó con fuerza la silla.
—No la vas a mover.
Él sonrió con desprecio.
—¿Vas a detenerme?
Los dos permanecieron inmóviles durante varios segundos.
El ambiente era insoportable.
Entonces sonó un teléfono.
Era el de Marcos.
Miró rápidamente la pantalla.
Su expresión cambió apenas un instante.
Contestó alejándose unos pasos.
—Sí…
Escuchó en silencio.
—Entendido.
Colgó inmediatamente.
Lucía aprovechó ese breve momento para arrodillarse junto a su madre.
—Mamá…
Le tomó las manos.
—Ya no estás sola.
Doña Elena comenzó a apretar con fuerza los dedos de su hija.
Era la primera vez en meses que reaccionaba así.
Después movió lentamente la mano derecha.
Señaló insistentemente hacia la biblioteca del salón.
Lucía frunció el ceño.
No entendía.
La anciana volvió a señalar.
Esta vez con mucha más desesperación.
Marcos regresó en ese mismo instante.
—¿Qué están haciendo?
Lucía se levantó inmediatamente.
—Nada.
Él observó atentamente a las dos mujeres.
Había aprendido a desconfiar de cualquier pequeño gesto.
Pero no encontró nada extraño.
—Tengo que salir una hora.
Su voz volvió a sonar aparentemente amable.
—Volveré antes de la cena.
Miró fijamente a Lucía.
—Y espero que cuando regrese sigas siendo tan obediente como ahora.
La puerta volvió a cerrarse.
El motor de un automóvil arrancó pocos segundos después.
Lucía esperó inmóvil.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Solo cuando estuvo completamente segura de que Marcos se había marchado corrió hacia la biblioteca.
—Mamá…
¿Qué intentabas decirme?
Doña Elena levantó nuevamente la mano temblorosa.
Apuntó hacia un viejo diccionario colocado en el último estante.
Lucía lo tomó.
Era sorprendentemente pesado.
Al abrirlo descubrió que varias páginas habían sido cuidadosamente vaciadas.
En el interior había una pequeña llave plateada.
Y un diminuto dispositivo de memoria.

Lucía sintió que la respiración se le detenía.
—¿Qué es esto?
La anciana comenzó a llorar.
Con enorme esfuerzo consiguió pronunciar apenas dos palabras.
—No… confíes…
Lucía acercó inmediatamente el oído.
—¿En quién?
La mujer reunió todas las fuerzas que le quedaban.
—…en nadie.
Aquellas palabras la dejaron completamente desconcertada.
Conectó rápidamente el dispositivo a su computadora portátil.
Aparecieron decenas de carpetas.
Fotografías.
Videos.
Archivos bancarios.
Grabaciones de audio.
Cada documento llevaba fechas de los últimos dos años.
Lucía abrió el primer video.
La imagen mostraba la cocina de la casa.
Marcos aparecía preparando cuidadosamente los medicamentos de Doña Elena.
Después sacaba unas pastillas del frasco original.
Las reemplazaba por otras completamente distintas.
Lucía sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
Abrió otra grabación.
Ahora Marcos hablaba por teléfono.
—Mientras siga sedada, nadie creerá lo que diga.
Sonrió.
—Dentro de poco firmará todos los documentos.
Después ya no nos servirá.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Lucía.
Aquello demostraba todo.
Los golpes.
La manipulación.
El fraude.
Nada había sido un accidente.
Justo cuando iba a copiar todos los archivos, escuchó el sonido de un automóvil deteniéndose frente a la casa.
Miró por la ventana.
No era el coche de Marcos.
Era un vehículo negro desconocido.
Tres personas descendieron lentamente.
Vestían trajes elegantes.
Uno de ellos llevaba un maletín.
Otro sostenía varios documentos oficiales.
El tercero caminó directamente hacia la puerta principal.
Doña Elena comenzó a agitarse desesperadamente.
Intentó levantarse de la silla.
Con la poca voz que aún conservaba logró gritar una frase que heló la sangre de Lucía.
—¡Esconde la memoria… ellos trabajan con Marcos!