Jacinta cubrió su rostro con el rebozo y atravesó la cortina de humo.
El calor era tan intenso que sintió cómo las pestañas se le humedecían de sudor.
Dentro del taller, una enorme campana recién fundida había caído de lado, atrapando la pierna de un hombre de cabello completamente blanco.
La mula relinchaba desesperada mientras intentaba soltarse de unas cuerdas incendiadas.
—¡No se acerque! —gritó el anciano—. ¡El techo va a ceder!
Jacinta ignoró la advertencia.
Primero desató a la mula para que dejara de golpear las vigas.
Después tomó una barra de hierro apoyada contra la pared y la utilizó como palanca.
La campana apenas se movió unos centímetros.
—No puedo sola.
En ese instante apareció Tomás.
—Te dije que no entraras.
—Y yo te dije que cuidaras a tus hermanas.
—Lupita está con Clara.
Los dos empujaron al mismo tiempo.
Con un esfuerzo desesperado lograron liberar la pierna del anciano justo cuando una viga ardiente cayó detrás de ellos.
Salieron apenas unos segundos antes de que parte del techo se desplomara.
El hombre respiraba con dificultad.
Tenía el pantalón rasgado y la pierna ensangrentada.
Miró fijamente a Jacinta.
—Me salvaste la vida.
Ella negó con sencillez.
—Hoy fue la suya. Mañana quizá alguien salve la nuestra.
El anciano sonrió por primera vez.
—Me llamo Esteban Castañeda.
Jacinta reconoció inmediatamente el apellido.
Los Castañeda llevaban generaciones fabricando campanas para iglesias de toda la Sierra Tarahumara.
Esteban observó a Clara, que seguía ardiendo en fiebre.
Después miró las pocas pertenencias de aquella familia.
—¿A dónde van?
Jacinta respondió con absoluta honestidad.
—Todavía no lo sabemos.
Esteban permaneció callado unos segundos.
Finalmente señaló una pequeña casa junto al taller.
—Mientras encuentras el camino, quédate aquí.
Jacinta quiso negarse.
—No tengo con qué pagarle.
—Ya lo hiciste.
Aquella misma tarde, el médico del pueblo revisó a Clara.
Era una infección fuerte.
Necesitaba reposo y medicamentos durante varios días.
Si hubieran seguido caminando bajo el sol, probablemente la niña no habría sobrevivido.
Esa noche, mientras los tres niños dormían por primera vez bajo un techo desde que salieron de la hacienda, Esteban llamó a Jacinta al viejo despacho.
Sobre la mesa descansaba una campana pequeña, de bronce oscuro.
No medía más de treinta centímetros.
Parecía muy antigua.
—¿La conoce? —preguntó él.
Jacinta negó con la cabeza.
Esteban acarició la superficie desgastada.
—Esta campana pertenecía a la antigua capilla de la hacienda Salgado.
El apellido hizo que Jacinta levantara la vista.
—¿La de la familia de mi esposo?
Él asintió lentamente.
—Hace casi veinte años la retiraron durante una remodelación.
Nadie quiso volver a colocarla.
—¿Por qué?
Esteban dio la vuelta a la pieza.
En la base había una cavidad oculta.
Introdujo una llave diminuta.
La campana emitió un pequeño chasquido.
La parte inferior se abrió como un compartimiento secreto.
Dentro había un paquete envuelto en tela de lino.
Jacinta lo observó sorprendida.
—¿Qué es eso?
—Algo que tu suegro me pidió esconder.
Sacó cuidadosamente varios documentos amarillentos.
Había escrituras.
Recibos.
Y un cuaderno pequeño.
En la primera página aparecía el nombre de su suegro.
Don Julián Salgado.
Esteban respiró profundamente.
—Tu suegro sospechaba que alguien de la familia quería quedarse con toda la hacienda.
Jacinta sintió un escalofrío.
—¿Brígida?
—No.
—Entonces…
—Su esposo.
Ella retrocedió un paso.
—Mateo jamás habría hecho eso.
Esteban la miró con tristeza.
—No hablo de Mateo.
Pasó lentamente otra hoja.
Apareció un nombre escrito varias veces.
Leandro Salgado.
Jacinta quedó inmóvil.
Leandro.
El hombre silencioso.
El esposo de Brígida.
El mismo que había bajado la cabeza cuando los expulsaron.
—No puede ser.
—Durante años fingió obedecer a su esposa.
—Siempre pensé que ella era quien mandaba.
Esteban cerró el cuaderno.
—Eso quería que todos creyeran.
Las últimas anotaciones de don Julián describían reuniones secretas, deudas inventadas y documentos alterados para concentrar todas las tierras en manos de Leandro.
Pero había algo todavía más grave.
Una página estaba marcada con tinta roja.
Jacinta comenzó a leer.
Su respiración se aceleró.
Don Julián afirmaba que Mateo había descubierto el fraude pocos días antes de morir.
Y que pensaba denunciarlo.
El accidente del trapiche ya no parecía un accidente.

Jacinta levantó lentamente la vista.
—¿Está diciendo que…
—No tengo pruebas.
Esteban apretó el cuaderno contra el pecho.
—Pero tu suegro nunca creyó la versión oficial.
El silencio se volvió insoportable.
En ese momento se escuchó el sonido de cascos acercándose al taller.
Tomás entró corriendo.
—¡Mamá!
—¿Qué pasa?
—Vienen personas de la hacienda.
Jacinta salió al patio.
Tres jinetes avanzaban levantando polvo.
Al frente cabalgaba Brígida.
Detrás de ella, Leandro.
Y junto a ellos, el comisario del pueblo.
Brígida descendió del caballo con una sonrisa de triunfo.
—Por fin te encontré.
Jacinta abrazó instintivamente a sus hijos.
—¿Qué quieres?
El comisario desplegó un documento.
—Existe una denuncia en su contra.
—¿Denuncia?
Brígida habló antes que él.
—Acusamos a Jacinta de secuestrar a Tomás para explotarlo laboralmente.
Tomás dio un paso al frente.
—¡Eso es mentira!
Nadie pareció escucharlo.
El comisario continuó leyendo.
—Además, se solicita la entrega inmediata del menor a sus familiares paternos.
Brígida extendió la mano.
—Vente conmigo, muchacho.
Tomás se escondió detrás de Jacinta.
—No voy a ir.
—La ley decidirá.
Esteban apareció entonces sosteniendo la pequeña campana.
—Antes de que se lleven a ese niño, quizá convenga leer esto.
Mostró el cuaderno de don Julián.
Leandro perdió el color de inmediato.
Brígida también dejó de sonreír.
—¿De dónde sacó eso?
Esteban levantó la campana.
—Del lugar donde tu suegro la escondió hace veinte años.
Leandro dio un paso adelante.
—Entréguemela.
Su voz ya no era la de un hombre tímido.
Era una orden.
Esteban no se movió.
Entonces Leandro hizo algo que dejó helados a todos.
Sacó lentamente un revólver escondido bajo el sarape.
Y apuntó directamente hacia la campana.
Con una voz completamente distinta a la que Jacinta había escuchado durante años, dijo:
—Si ese cuaderno sale de este taller, ninguno de ustedes llegará vivo al amanecer.