Parte 2: EL DINERO DETRÁS DE LA DOBLE VIDA

Don Ernesto permaneció inmóvil bajo la lluvia.

Las gotas resbalaban por su cabello blanco y oscurecían lentamente los hombros de su saco, pero él parecía no sentirlas. Miraba a Graciela como si la mujer temblorosa frente a la camioneta fuera una desconocida.

Iván seguía junto a la puerta trasera, con la camisa mal abotonada y los zapatos hundidos en el lodo.

—Ernesto… —balbuceó Graciela—. Puedo explicarlo.

Mi suegro soltó una risa breve y vacía.

—Llevamos treinta y ocho años casados. Será mejor que la explicación sea extraordinaria.

Graciela me vio detrás de él.

El miedo de su rostro se transformó en odio.

—Ella hizo esto —dijo señalándome—. Ximena nos siguió. Preparó todo para humillarme.

Don Ernesto giró lentamente hacia mí.

—¿Tú sabías?

No mentí.

—La encontré por casualidad. Te llamé porque pensé que merecías conocer la verdad.

—¡Mentira! —gritó Graciela—. Lleva años intentando separarnos.

La acusación habría sido ridícula en cualquier otro momento. Sin embargo, Graciela la pronunció con tal seguridad que por un segundo casi pareció convencida de su propia historia.

Iván dio un paso atrás.

—Señora, yo mejor me voy.

Don Ernesto lo sujetó del brazo.

No lo golpeó.

Eso fue peor.

—¿Cómo te llamas?

El joven tragó saliva.

—Iván Salgado.

—¿Desde cuándo te acuestas con mi esposa?

Graciela intervino de inmediato.

—No tienes derecho a interrogarlo.

Mi suegro la miró.

—¿Yo no tengo derecho?

La voz se le quebró por primera vez.

—He pagado tus viajes, tus eventos benéficos, tus caprichos y tus silencios durante casi cuatro décadas. ¿Y ahora descubro que te escondes con este hombre en la camioneta que compró tu nuera?

Iván volvió a intentar apartarse.

Al hacerlo, una pequeña tarjeta negra cayó del bolsillo de su pantalón.

La recogí antes que nadie.

Era una tarjeta bancaria premium.

No llevaba el nombre de Iván.

Llevaba el de Mauricio Villaseñor.

Sentí un frío profundo en el estómago.

—¿Por qué tienes una tarjeta de mi esposo?

Iván palideció.

Graciela se lanzó hacia mí para arrebatármela, pero don Ernesto se interpuso.

—Contesta —ordenó.

El joven miró a Graciela, esperando instrucciones.

Ese gesto fue suficiente.

No eran solo amantes.

Compartían algo que los asustaba más que haber sido descubiertos.

—Mauricio me la dio —admitió finalmente.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

—¿Para qué?

Iván apretó los labios.

Graciela lo fulminó con la mirada.

—No digas una palabra.

Don Ernesto soltó su brazo y sacó el teléfono.

—Entonces llamaremos a la policía y explicarás todo en una delegación.

—¡No! —exclamó Iván.

La desesperación en su voz me confirmó que aquella tarjeta ocultaba mucho más que regalos caros.

—Yo no robé nada —dijo—. Solo hacía lo que la señora Graciela y Mauricio me pedían.

Mi suegra se quedó sin color.

—Eres un mentiroso.

—Usted dijo que nadie revisaría las cuentas.

La lluvia pareció volverse más intensa.

Yo me acerqué.

—¿Qué cuentas?

Iván me miró como si acabara de comprender que estaba atrapado entre dos familias y un posible delito.

—Las del patronato.

Graciela le dio una bofetada.

—¡Cállate!

Don Ernesto la sujetó por las muñecas.

—No vuelvas a tocarlo. Quiero escuchar todo.

Iván respiró con dificultad.

—El dinero salía como donaciones. Después pasaba por varias cuentas de asociaciones y terminaba en empresas que Mauricio controlaba.

—¿Qué empresas? —pregunté.

—No sé los nombres completos. Una era de publicidad. Otra supuestamente rentaba equipo médico.

Conocía ambas.

Durante tres años, Mauricio me había presentado facturas de servicios familiares, remodelaciones y gastos de representación. Siempre parecían normales. Nunca había revisado a fondo porque confiaba en él.

De pronto, cada pago adquirió un significado distinto.

—¿Y tú qué hacías? —preguntó don Ernesto.

Iván bajó la mirada.

—Retiraba efectivo. Compraba relojes, joyas y otras cosas. Luego entregaba parte del dinero.

—¿A Graciela?

Él asintió.

Mi suegra comenzó a llorar.

—Ernesto, yo estaba confundida.

—No estabas confundida cuando gastabas el dinero de Ximena.

—Mauricio dijo que ella jamás lo notaría.

Aquellas palabras me dolieron más que la infidelidad.

Mi propio esposo sabía.

No solo sabía que su madre mantenía una relación con Iván.

La financiaba.

Quizá incluso la utilizaba.

Saqué mi teléfono y llamé a Mauricio.

Contestó al cuarto tono.

—¿Dónde estás? —preguntó con fastidio—. Mamá no responde.

Miré a Graciela.

Ella negó desesperadamente.

—Estoy con ella —dije.

Hubo un silencio.

—¿Qué pasó?

—Encontramos a Iván.

Otra pausa.

Esta vez más larga.

—No sé quién es.

Miré la tarjeta negra en mi mano.

—Curioso. Él tiene una tarjeta bancaria a tu nombre.

Mauricio dejó de respirar por un instante.

—Ximena, no hagas nada hasta que yo llegue.

—¿Por qué?

—Porque no entiendes lo que está pasando.

—Entonces explícamelo.

—No por teléfono.

La línea se cortó.

Diez minutos después, Iván nos condujo hasta un pequeño despacho situado detrás de un taller mecánico. La puerta metálica no tenía letrero. Dentro había una computadora, una caja fuerte y varias carpetas.

Graciela se negó a entrar.

Don Ernesto la obligó a permanecer a su lado.

Iván abrió un cajón y sacó un libro contable.

Las páginas contenían fechas, cantidades y nombres abreviados.

Reconocí las transferencias de inmediato.

Trescientos mil pesos.

Setecientos cincuenta mil.

Un millón ochocientos mil.

Y muchas otras menores.

Sumadas, superaban los seis millones.

—Aquí está todo —dijo Iván—. Cada depósito y cada entrega.

Pasé las páginas con las manos heladas.

Junto a varias cantidades aparecían las iniciales “G.M.”.

Graciela Montaño.

Pero junto a los movimientos más grandes aparecía otra abreviatura.

“M.V.”

Mauricio Villaseñor.

Mi suegro se dejó caer en una silla.

—Mi hijo…

Su voz sonó irreconocible.

—Mi esposa y mi hijo me convirtieron en un imbécil.

Graciela se arrodilló frente a él.

—No fue como piensas. Mauricio necesitaba dinero para una inversión. Solo era temporal.

—¿Y tu amante también era temporal?

Ella bajó la cabeza.

Yo continué revisando.

Al final del libro encontré una dirección escrita a mano y una anotación:

“Bodega 14. Documentos originales.”

Iván intentó quitarme la libreta.

—Eso no importa.

—¿Qué hay en esa bodega?

—No lo sé.

—Mientes.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un automóvil detenerse afuera.

Graciela levantó la cabeza con alivio.

—Mauricio.

Pero Iván miró por la ventana y retrocedió aterrorizado.

—No es él.

Dos camionetas negras acababan de bloquear la salida del taller.

Cuatro hombres descendieron.

Uno de ellos llevaba una carpeta roja bajo el brazo.

Iván apagó las luces.

—Nos encontraron.

Don Ernesto se puso de pie.

—¿Quiénes?

Iván cerró la puerta con llave.

—Las personas a las que Mauricio les debe el dinero.

Sentí que el pulso me golpeaba en los oídos.

—¿Qué dinero? Los seis millones eran míos.

Iván negó lentamente.

—Esos seis millones no fueron lo único que tomaron.

Entonces la computadora se encendió sola.

En la pantalla apareció una videollamada entrante.

El nombre del contacto era “Mauricio”.

Contesté antes de que Graciela pudiera detenerme.

El rostro de mi esposo apareció en la pantalla. Estaba dentro de un automóvil, respirando con dificultad.

—Ximena, escúchame con cuidado —dijo—. No abras la caja fuerte.

Detrás de mí se oyó un golpe metálico.

Don Ernesto acababa de encontrarla bajo el escritorio.

Graciela lanzó un grito.

—¡No la toque!

Mi suegro giró la manija.

La puerta no estaba cerrada.

Dentro había pasaportes, escrituras de propiedades, fotografías de Iván con varios funcionarios y una carpeta marcada con mi nombre.

Mauricio cerró los ojos al verla.

—Llegaste demasiado lejos —susurró.

Abrí la carpeta.

En la primera página aparecía una copia de mi firma.

Debajo, un contrato por cuarenta millones de pesos que yo jamás había autorizado.

Y antes de que pudiera leer quién figuraba como beneficiario, uno de los hombres de las camionetas golpeó la puerta y gritó:

—¡Señora Reyes, sabemos que está ahí! ¡Su esposo nos prometió pagar usando su empresa!

Miré la pantalla.

Mauricio ya no parecía preocupado por su madre.

Parecía aterrorizado de que yo descubriera lo que había hecho.

Entonces Iván señaló la última página del contrato.

—Mire la fecha.

Era del día de nuestra boda.

Y junto a la firma falsificada aparecía otra, perfectamente auténtica.

La de don Ernesto.

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