Lucía sostuvo las pinzas a pocos centímetros del oído de Mateo.
Él levantó una mano con violencia y le sujetó la muñeca.
Sus ojos, normalmente tranquilos, estaban llenos de un terror tan profundo que ella dejó de respirar.
—No voy a lastimarte —susurró, aunque sabía que él no podía escucharla.
Mateo negó con fuerza.
Después señaló la libreta que siempre llevaba en el bolsillo de la camisa.
Lucía la abrió.
Con la mano temblorosa, él escribió:
“No lo saques. Si lo haces, vendrán.”
Ella leyó la frase dos veces.
—¿Quiénes?
Mateo arrancó la hoja, la arrojó al fuego y se apretó nuevamente el oído.
El objeto negro volvió a moverse.
Lucía ya no podía fingir que se trataba de una infección común. Tenía pequeñas patas, un cuerpo oscuro y algo brillante adherido a la parte posterior.
No era solo un insecto.
Llevaba una pieza metálica diminuta.
Mateo perdió el conocimiento antes de poder escribir otra cosa.
Lucía lo arrastró hasta el sofá y le limpió el sudor del rostro. Después tomó la lámpara, esterilizó las pinzas con alcohol y volvió a mirar.
El ser estaba atrapado cerca de la entrada del canal auditivo.
Si lo dejaba allí, podía perforar el tímpano o causar una infección mortal.
Si lo sacaba, quizá provocaría aquello que Mateo tanto temía.
Lucía recordó las noches en que él le dejaba una taza de leche caliente frente a la puerta.
Recordó que había reparado la suela de sus zapatos sin decir nada.
Recordó la nota que encontró aquella mañana junto a la despensa:
“Compra lo que necesites. El dinero del cajón también es tuyo.”
Durante años nadie la había tratado con tanta consideración.
Ni siquiera su propia familia.
—Perdóname —murmuró.
Sujetó con cuidado el cuerpo negro y tiró lentamente.
Mateo se estremeció.
La criatura salió acompañada de un hilo de sangre.
Lucía la dejó caer dentro de un frasco.
Era una pequeña garrapata hinchada, pero en su lomo había una cápsula metálica ajustada con un alambre fino.
Dentro de la cápsula parpadeaba una luz roja.
Un dispositivo.
Lucía se quedó paralizada.
Aquello no había llegado al oído por accidente.
Alguien lo había colocado allí.
Mateo despertó con un jadeo silencioso.
Al ver el frasco, el miedo se transformó en desesperación.
Se levantó tambaleándose, tomó la criatura y la arrojó al fuego.
La cápsula emitió un chasquido.
Mateo corrió hacia la ventana.
Miró el camino.
Después apagó todas las lámparas del rancho.
Lucía lo siguió.
—Necesito que me expliques.
Él escribió con rapidez:
“Ve al cuarto. Cierra la puerta. No salgas.”
—No.
Mateo la miró con dureza.
“Hazlo.”
Lucía cruzó los brazos.
—No me casé contigo para esconderme mientras alguien viene a matarte.
Él leyó sus labios.
Su expresión cambió.
Por primera vez desde la boda, algo parecido a una sonrisa triste apareció en su rostro.
Escribió:
“No te casaste conmigo. Te vendieron.”
La frase le dolió.
—¿Qué significa eso?
Mateo señaló el camino.
A lo lejos aparecieron dos luces.
Un vehículo avanzaba entre los árboles.
No se escuchaba el motor.
Solo se distinguían los faros acercándose lentamente.
Mateo tomó una escopeta de la pared.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Son ellos?
Él asintió.
La camioneta se detuvo frente a la casa.
Bajaron tres hombres.
El primero llevaba sombrero negro, botas limpias y un abrigo demasiado elegante para la sierra.
Lucía lo reconoció.
Era Octavio Cárdenas, hermano mayor de Mateo.
Lo había visto en la boda, riendo junto a Ramiro mientras ambos bebían detrás de la iglesia.
Octavio golpeó la puerta.
—Mateo, abre. Sabemos que tuviste otro ataque.
Mateo no respondió.
Octavio volvió a golpear.
—No queremos problemas. Solo debemos revisar el oído.
Lucía miró a su esposo.
Ellos sabían exactamente qué había dentro.
Mateo le entregó la escopeta y abrió la puerta antes de que ella pudiera detenerlo.
Octavio entró acompañado por los otros dos hombres.
Sonrió al ver a Lucía.
—Cuñada. Parece que la luna de miel resultó más entretenida de lo esperado.
Ella ocultó la escopeta detrás de la falda.
—¿Qué le hicieron?
Octavio fingió sorpresa.

—¿A quién?
—A Mateo.
—Mi hermano nació enfermo.
Mateo se colocó delante de Lucía.
Octavio soltó una carcajada.
—Mira eso. Ahora hasta juega a proteger a su esposa.
Sacó una pequeña caja de su abrigo.
Dentro había varios tubos transparentes con dispositivos idénticos al que Lucía acababa de encontrar.
—Nos faltaba uno —dijo.
El estómago de Lucía se revolvió.
—¿Por qué se los colocan?
Octavio miró a Mateo.
—Porque alguien tiene que asegurarse de que siga siendo obediente.
Lucía levantó la escopeta.
Los dos acompañantes apuntaron sus armas al mismo tiempo.
Octavio no pareció preocupado.
—Baja eso, muchacha. No quieres convertirte en viuda después de ocho días.
—Explíqueme qué hicieron.
Él suspiró.
—Cuando Mateo tenía catorce años, nuestro padre quiso saber cuál de sus hijos soportaría más dolor sin hablar.
Lucía creyó haber entendido mal.
Octavio continuó:
—Hicimos una apuesta. Yo dije que gritaría antes de cinco minutos. Ramiro dijo que duraría diez.
El nombre de su hermano hizo que Lucía sintiera frío.
—¿Ramiro?
Octavio sonrió.
—Tu hermano siempre disfrutó las apuestas.
Mateo cerró los puños.
—Colocamos el primer insecto dentro de su oído —continuó Octavio—. Pero algo salió mal. La infección destruyó parte de su audición.
Lucía miró a Mateo.
Durante años el pueblo había creído que nació sordo.
En realidad, su propia familia lo había dejado así por diversión.
—¿Y siguieron haciéndolo?
—Nuestro padre descubrió que podía ocultar pequeños rastreadores dentro de las cápsulas. Mateo huyó varias veces después de la muerte de nuestra madre.
Octavio se acercó a él.
—Teníamos que encontrarlo.
—¿Por qué?
—Porque las tierras del rancho están a su nombre.
Lucía comprendió.
Mateo no era el pariente pobre y extraño que todos describían.
Era el propietario legal de las mejores tierras de la familia Cárdenas.
—¿Por qué no las venden?
—Necesitamos su firma.
Octavio miró a Lucía.
—Ahí entras tú.
Ella apretó la escopeta.
—Yo no firmaré nada.
—Tú no.
Señaló a Mateo.
—Él lo hará cuando comprenda que podemos recuperar los cincuenta mil pesos que pagamos por tu padre.
La sangre abandonó el rostro de Lucía.
—Mateo pagó la deuda.
Octavio rio.
—Mateo nunca ofreció ese dinero.
Sacó un documento doblado.
—Tu hermano y yo hicimos el acuerdo.
Lucía lo leyó.
Ramiro había recibido cincuenta mil pesos.
No para salvar a don Ernesto.
Para convencerla de casarse con Mateo.
Debajo había una cláusula escrita a mano:
“Si Lucía logra que Mateo firme la venta del rancho antes de treinta días, Ramiro recibirá otros doscientos mil.”
Lucía sintió náuseas.
Su hermano no solo se había burlado de ella.
La había enviado como instrumento de una estafa.
Mateo tomó el documento.
Sus ojos se llenaron de dolor.
No por él.
Por ella.
Octavio hizo una señal a sus hombres.
—Llévense a la mujer.
Mateo se lanzó contra el primero.
El disparo golpeó el techo.
Lucía gritó y apretó el gatillo de la escopeta, pero Octavio la empujó contra la mesa.
El arma cayó.
Uno de los hombres sujetó a Mateo mientras el otro levantaba la caja con los tubos.
—No necesitamos lastimarlo mucho —dijo Octavio—. Solo lo suficiente para que recuerde cómo aprendió a obedecer.
Sacó una cápsula nueva.
Mateo comenzó a luchar con desesperación.
Lucía tomó el frasco de alcohol y lo arrojó contra la chimenea.
Las llamas se extendieron por el suelo.
Los hombres retrocedieron.
Ella aprovechó para golpear a uno con una silla.
—¡Corre! —gritó a Mateo.
Él leyó sus labios y la tomó de la mano.
Salieron por la puerta trasera mientras el fuego crecía dentro de la casa.
Corrieron hacia el granero.
Mateo abrió una trampilla oculta bajo el heno.
Dentro había documentos, fotografías y varias cintas de video.
Lucía tomó una de ellas.
La etiqueta tenía una fecha de veinticuatro años atrás.
También llevaba dos nombres:
Mateo Cárdenas y Ramiro Mendoza.
Antes de que pudiera preguntar, escucharon pasos sobre el granero.
Octavio había encontrado el escondite.
Mateo empujó a Lucía dentro de un túnel estrecho y le entregó todas las cintas.
Después cerró la trampilla desde fuera.
Ella golpeó la madera.
—¡Mateo!
No obtuvo respuesta.
Solo escuchó a Octavio decir:
—Siempre supe que conservarías las grabaciones.
Después sonó un golpe.
Lucía cubrió su boca para no gritar.
El túnel terminaba varios metros más adelante, junto al bosque.
Cuando salió, vio una camioneta estacionada bajo los árboles.
Al volante estaba Ramiro.
Su hermano bajó la ventanilla.
—Sube —ordenó—. Vine a sacarte de aquí.
Lucía apretó las cintas contra el pecho.
—Tú participaste.
Ramiro miró hacia el rancho en llamas.
—No entiendes nada.
—Vendiste mi matrimonio.
—Lo hice para salvar a papá.
—Mentiroso.
Ramiro bajó del vehículo.
—Si quieres que Mateo siga vivo, tendrás que escucharme.
Abrió la puerta trasera.
Dentro estaba don Ernesto, atado de manos, con sangre en la frente.
Lucía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Su padre levantó la mirada y susurró:
—No confíes en tu hermano.
Ramiro sacó una pistola.
—Entrégame las cintas, Lucía. En ellas aparece quién ordenó mutilar a Mateo… y cuando descubras su nombre, vas a desear no haberlo salvado.