El despacho presidencial quedó en un silencio absoluto.
Gu Yan seguía sosteniendo el teléfono, pero ya no escuchaba la voz del presidente del banco.
Solo podía mirar a Shen Yue.
La mujer que acababa de recibir diez bofetadas frente a todos.
La mujer a la que había tratado como si no valiera nada.
Y la misma que, según acababa de descubrir, era la verdadera propietaria del Fondo Shen.
—Eso… es imposible —murmuró.
Shen Yue lo observó con calma.
—¿Imposible?
—Durante tres años nunca te interesó preguntar quién financió la expansión de tu empresa. Solo te gustó disfrutar de los resultados.
Antes de que Gu Yan pudiera responder, otro teléfono comenzó a sonar.
Era el director financiero.
Contestó inmediatamente.
—¡Presidente Gu! Los accionistas principales están vendiendo todas sus participaciones.
—¡Deténganlos!
—No podemos. Acaban de recibir una notificación del Fondo Shen informando que deja de respaldar cualquier proyecto relacionado con el Grupo Gu.
El hombre respiraba con dificultad.
—Además… varios fondos internacionales comenzaron a retirarse hace apenas unos minutos.
La llamada terminó.
Otra comenzó inmediatamente.
—Señor Gu, la construcción del Distrito Este fue suspendida.
—¿Por qué?
—La licencia ambiental quedó congelada.
Otra llamada.
—La empresa de logística canceló todos los contratos.
Otra más.
—Nuestros servidores financieros fueron desconectados por falta de garantías.
Cada llamada destruía otra parte del imperio que Gu Yan había construido durante diez años.
Bai Xue comenzó a ponerse nerviosa.
—Señor Gu… seguro que esto es un malentendido.
Nadie respondió.
Gu Yan levantó lentamente la vista.
—¿Todo esto… lo hiciste tú?
Shen Yue negó con tranquilidad.
—No.
—Lo hicieron las personas que durante años respetaron los acuerdos firmados con mi familia.
Sacó una carpeta azul de su bolso.
La dejó sobre la mesa.
—Léela.
Gu Yan abrió la primera página.
Su respiración se detuvo.
Era el contrato de inversión firmado tres años antes.
La fecha coincidía exactamente con una semana antes de su boda.
En la última hoja aparecía una cláusula escrita en letras destacadas.
“El Fondo Shen retirará de inmediato toda garantía financiera si la señorita Shen Yue es víctima de violencia física, humillación pública o incumplimiento grave de sus derechos matrimoniales por parte del presidente del Grupo Gu.”
Las manos de Gu Yan comenzaron a temblar.
—Esto…
—¿Cuándo firmé esto?
—Nunca lo leí.
Shen Yue sonrió con tristeza.
—Porque estabas demasiado ocupado celebrando que habías conseguido la mayor inversión de tu vida.
El hombre recordó perfectamente aquella reunión.
Más de cincuenta mil millones habían llegado a su empresa de forma inesperada.
Pensó que era porque los inversionistas confiaban en él.
Jamás imaginó que la verdadera razón era la mujer que dormía a su lado.
En ese momento entró corriendo el secretario principal.
Su rostro estaba completamente pálido.
—¡Director Gu!
—¡Los medios ya publicaron la noticia!
Le mostró la tableta.
El titular ocupaba toda la pantalla.
“FONDO SHEN RETIRA SU APOYO AL GRUPO GU.”
Abajo aparecía otro.
“VARIOS BANCOS CANCELAN EL CRÉDITO AL CONGLOMERADO.”
Y otro más.
“EL FUTURO DEL GRUPO GU EN DUDA.”
Gu Yan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Por primera vez comprendió que aquello no era una amenaza.
Era el comienzo del final.
Bai Xue dio un paso adelante.
—Señora Shen…
—Todo esto ocurrió por un malentendido.
—Podemos hablar.
Shen Yue la miró directamente.
—¿Un malentendido?
Sacó su teléfono.
Presionó reproducir.
La oficina quedó inundada por una grabación.
Era la voz de Bai Xue.
—”No te preocupes. Cuando la acusen de golpearme, Gu Yan jamás dudará de mí.”
Otra voz preguntó:
—”¿Y si ella demuestra la verdad?”
Bai Xue soltó una risa.
—”¿Con qué pruebas? Él hace meses que solo cree lo que yo le digo.”
La grabación terminó.
El silencio fue ensordecedor.
Gu Yan giró lentamente hacia su secretaria.
—¿Eso… es verdad?
Bai Xue comenzó a retroceder.
—Yo…
—Puedo explicarlo.
—¡No es lo que parece!
Pero Shen Yue volvió a pulsar el teléfono.
Ahora apareció el video de una cámara del estacionamiento.
En él se veía claramente a Bai Xue golpeándose el rostro contra la puerta de un automóvil antes de subir a la oficina llorando.
Nadie dijo una palabra.
El secretario abrió los ojos con horror.
Los guardaespaldas bajaron la cabeza.
Gu Yan sintió un dolor insoportable en el pecho.
Había castigado a su esposa delante de todos.
Había permitido que la humillaran.
Y todo por una mentira cuidadosamente preparada.
Se acercó lentamente a Shen Yue.
—Perdóname…
Ella dio un paso atrás.
—Llegas tarde.
—Te juro que voy a despedirla.
—Voy a reparar todo.
Shen Yue negó con serenidad.
—¿Reparar qué?
—¿Las diez bofetadas?
—¿Mi dignidad?
—¿O los tres años durante los que preferiste creer en cualquiera antes que en tu propia esposa?
Gu Yan no encontró respuesta.

Ella sacó un sobre blanco.
Lo colocó sobre el escritorio.
—Son los papeles del divorcio.
El hombre abrió el sobre con manos temblorosas.
Ya estaban firmados.
Solo faltaba su firma.
—No…
—No quiero divorciarme.
—Te amo.
Shen Yue dejó escapar una sonrisa cansada.
—No.
—Lo que amabas era la mujer que siempre perdonaba.
Hizo una breve pausa.
—Esa mujer desapareció con la décima bofetada.
En ese instante sonó nuevamente el teléfono del secretario.
Contestó y palideció todavía más.
—Director…
—La bolsa suspendió oficialmente la cotización del Grupo Gu.
—Nuestros principales acreedores iniciaron el proceso judicial.
—Y… el consejo extraordinario acaba de votar su destitución como presidente.
Gu Yan dejó caer lentamente el teléfono.
En menos de una hora había perdido su empresa.
Su reputación.
Su secretaria.
Y a la única mujer que realmente había estado a su lado.
Shen Yue caminó hacia la puerta sin volver la cabeza.
Antes de salir, dijo con absoluta tranquilidad:
—Las empresas pueden reconstruirse.
—La confianza, no.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella.
Gu Yan permaneció inmóvil, sosteniendo unos papeles de divorcio manchados por las lágrimas que ya no podía contener.