Parte 2: EL DÍA QUE EL DIRECTOR DESCUBRIÓ QUIÉN SOSTENÍA SU IMPERIO

El silencio se extendió por todo el piso cuarenta y dos.

Victor Harrison seguía mirando a Recursos Humanos.

—No.

—Debe haber un error.

El señor Collins respiró hondo.

—Su renuncia fue completamente legal.

—Entregó la credencial, la tarjeta de acceso y cerró todas sus cuentas.

Rachel seguía sujetando la tableta.

—Señor…

—El fondo de Dubái ya está conectado.

Victor caminó directamente hacia la sala de juntas.

Nada más entrar, uno de los inversionistas habló.

—Señor Harrison, antes de firmar necesitamos la versión definitiva del contrato.

Victor extendió la mano hacia Rachel.

Ella permaneció inmóvil.

—No lo tengo.

Los inversionistas intercambiaron miradas.

—¿Quién preparó la negociación durante los últimos cuatro meses?

Victor respondió automáticamente.

—Mi asistente.

—Entonces llámela.

Por primera vez comprendió que ya no podía hacerlo.

La reunión terminó quince minutos después.

Sin contrato.

Sin firma.

Y sin inversión.

Apenas salió de la sala, sonó otro teléfono.

—Señor Harrison, el alcalde llegó para la reunión del proyecto Riverside.

Victor respondió con calma.

—Háganlo pasar.

Cinco minutos después descubrió que nadie había preparado la carpeta con los permisos ambientales.

Otra llamada.

—El banco solicita la autorización original del crédito puente.

Nadie sabía dónde estaba.

Otra más.

—Los abogados de Singapur necesitan la traducción certificada.

Nunca se envió.

Rachel comenzó a llorar.

—Lo siento…

—No sé dónde guarda la información la señorita Elena.

Victor respondió con impaciencia.

—Todo debería estar en el sistema.

El director de informática apareció.

—Lo está.

—Pero solo ella sabía cómo estaba organizado.

Nadie volvió a hablar.

Al mediodía, Victor entró por primera vez en la antigua oficina de Elena.

Abrió lentamente el cajón central.

Vacío.

El inferior.

Vacío.

Solo encontró una pequeña nota adhesiva olvidada detrás del monitor.

Con su letra ordenada decía:

“Recordar llamar a la señora Harrison para felicitarla por su cumpleaños.”

Victor permaneció inmóvil.

Era su madre.

Él mismo había olvidado aquel cumpleaños.

Elena no.

Miró alrededor del despacho.

Durante seis años creyó que ella solo organizaba agendas.

Ahora comprendía que había organizado su vida.

En ese momento sonó el teléfono de Collins.

Contestó.

Su expresión cambió de inmediato.

—Señor Harrison…

—Hay alguien que quiere verlo.

Una mujer elegante entró en la oficina.

—Buenos días.

Soy Margaret Sullivan.

Presidenta de Sterling Development.

La principal empresa competidora.

Victor frunció el ceño.

—¿Qué hace aquí?

Ella dejó una revista económica sobre el escritorio.

En la portada aparecía una fotografía.

Elena sonriendo.

Debajo del titular podía leerse:

“Sterling Development incorpora a Elena Morris como nueva Directora de Estrategia Corporativa.”

Victor sintió que el pecho se le cerraba.

Margaret habló con serenidad.

—Llevamos años intentando contratarla.

—Siempre rechazó nuestras ofertas.

Él levantó lentamente la vista.

—¿Ofertas?

—Tres.

—La primera hace cuatro años.

—La segunda hace dos.

—La tercera hace seis meses.

Victor no sabía qué decir.

Nunca se enteró.

Margaret sonrió.

—Siempre respondió lo mismo.

Sacó una copia impresa.

Era un correo firmado por Elena.

“Mientras siga comprometida con Harrison Real Estate, permaneceré donde estoy.”

Victor cerró lentamente los ojos.

Ella había rechazado mejores salarios.

Mejores cargos.

Mejores oportunidades.

Por la empresa.

Y por él.

Margaret continuó.

—Ayer volvió a responder.

Sacó otro documento.

“Ya no tengo ningún compromiso que me impida aceptar.”

Cada palabra pesaba más que la anterior.

En ese instante sonó el teléfono del director financiero.

—¡Señor Harrison!

—El fondo de Dubái acaba de firmar con Sterling.

Victor levantó la vista.

Margaret guardó tranquilamente la carpeta.

—Por cierto…

—La negociación la dirigió Elena esta mañana.

Se levantó para marcharse.

Antes de salir, se detuvo un instante.

—Durante años creyó que tenía a la mejor asistente.

Lo miró directamente a los ojos.

—Nunca entendió que en realidad tenía a una futura directora.

La puerta se cerró.

Victor permaneció solo.

Sobre su escritorio seguía la pequeña nota adhesiva escrita por Elena.

La tomó entre los dedos.

Por primera vez en seis años comprendió que la mujer que siempre caminaba dos pasos detrás de él no era una sombra.

Era el motivo por el que nunca había tenido que mirar hacia atrás.

Y cuando finalmente aprendió cuánto valía…

…ella ya estaba construyendo el futuro de la empresa que acabaría derrotando a la suya.

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