Parte 2: LA VERDAD QUE QUISIERON ENTERRAR CON ÉL

La funeraria quedó completamente en silencio.

Doña Amalia seguía con las manos apoyadas sobre el pecho de Mauricio.

Lo sintió otra vez.

Muy débil.

Pero inconfundible.

Respiraba.

—¡Está vivo!

Su grito hizo reaccionar al resto.

Uno de los empleados se acercó con miedo.

Colocó dos dedos sobre el cuello de Mauricio.

Su rostro perdió todo el color.

—¡Tiene pulso!

El caos estalló.

Alguien llamó inmediatamente al 911.

Otro comenzó a retirar las flores que cubrían el ataúd.

Los invitados se alejaban sin entender qué estaba ocurriendo.

Solo una persona permanecía inmóvil.

Renata.

Su expresión ya no era de dolor.

Era de auténtico pánico.

—No…

—Eso no puede ser.

Doña Amalia la señaló con el dedo.

—¿Qué le hiciste a mi hijo?

Renata retrocedió.

—Yo…

—Los médicos dijeron…

Pero en ese momento el abogado de la empresa habló por primera vez.

—Señora Renata…

—El certificado de defunción todavía no había sido registrado oficialmente.

Ella giró bruscamente.

—¡Cállese!

Aquella reacción hizo que todos la miraran.

Las sirenas comenzaron a escucharse en el exterior.

Los paramédicos entraron corriendo.

Abrieron el ataúd.

Uno de ellos revisó rápidamente las pupilas.

Otro conectó un monitor portátil.

Cinco segundos después levantó la cabeza.

—¡Hay actividad cardíaca!

Toda la funeraria quedó paralizada.

El jefe del equipo respiró profundamente.

—Este hombre no está muerto.

—Está en un estado de depresión extrema del sistema nervioso.

—Necesitamos trasladarlo inmediatamente.

Mientras preparaban la camilla, uno de los paramédicos encontró algo extraño.

Había una pequeña marca de punción en el cuello de Mauricio.

La examinó con atención.

—¿Recibió alguna inyección antes del funeral?

Nadie respondió.

Doña Amalia miró directamente a Renata.

La mujer ya no podía sostenerle la mirada.

En ese momento un policía entró en la funeraria para apoyar el operativo.

El paramédico le mostró la marca.

—Necesitamos preservar esta zona.

—Podría tratarse de una administración reciente de medicamentos.

El agente tomó nota inmediatamente.

—¿Quién fue la última persona que permaneció sola con el señor Mauricio?

Todos los presentes giraron lentamente hacia Renata.

Ella comenzó a negar desesperadamente.

—No me miren así.

—Yo solo seguí las instrucciones del hospital.

El abogado tragó saliva.

—Señora…

—El hospital nunca autorizó un entierro cuatro horas después del alta del cuerpo.

Renata sintió que las piernas comenzaban a fallarle.

—¿Qué… qué quiere decir?

El abogado sacó una carpeta.

—Hace una hora llamé para confirmar unos documentos.

—El médico responsable me informó que solicitó una autopsia clínica complementaria.

La mujer abrió mucho los ojos.

—Eso…

—Eso no puede ser.

Doña Amalia comprendió entonces que su intuición nunca la había engañado.

Siempre había visto algo oscuro en aquella mujer.

Los paramédicos comenzaron a sacar la camilla.

Justo en ese instante, Mauricio movió lentamente la mano.

Su madre corrió a su lado.

—¡Mijo!

Los dedos de Mauricio apenas lograron sujetar los de ella.

Sus labios temblaron.

Con un esfuerzo inmenso consiguió pronunciar una sola palabra.

—Caja…

Doña Amalia se inclinó.

—¿Cuál caja?

Él volvió a intentarlo.

—Caja…

—…fuerte…

Después perdió nuevamente el conocimiento.

Los médicos continuaron con el traslado.

Pero aquella palabra quedó resonando en la funeraria.

Caja fuerte.

El abogado levantó lentamente la cabeza.

—La oficina de Mauricio tiene una caja de seguridad privada.

Renata dio un paso atrás.

Demasiado tarde.

El policía ya la observaba atentamente.

—Señora…

—Necesito que nos acompañe para responder algunas preguntas.

Ella comenzó a temblar.

—No hice nada.

—Solo quería proteger la empresa.

El silencio fue absoluto.

El agente frunció el ceño.

—Yo no he mencionado ninguna empresa.

Renata comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

Doña Amalia cerró lentamente los ojos.

Su hijo seguía luchando por vivir.

Y la mujer que había intentado impedirle abrir aquel ataúd acababa de revelar que el verdadero motivo de tanta prisa nunca fue el dolor por un esposo muerto.

Era el miedo a que Mauricio despertara… antes de que alguien pudiera abrir la caja fuerte que él mismo intentó señalar con su último aliento.

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