Durante varios segundos fui incapaz de respirar.
Miré la fotografía.
Después miré a Laura.
Y volví a mirar la fotografía.
Era el dormitorio donde había encontrado a mi madre cuando tenía diecisiete años. Las mismas cortinas color marfil. La cómoda de madera. El reloj detenido sobre la pared.
Y allí, junto a la puerta, aparecía un muchacho de unos veinte años.
No necesitaba verlo dos veces.
Era Adrián.
Mucho más joven.
Pero era él.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté con la voz quebrada.
Laura respiró hondo.
—No puedo explicártelo aquí.
—Empieza.
Ella tragó saliva.
—Adrián no te conoció por casualidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Antes de salir contigo… él ya sabía perfectamente quién eras.
La carpeta temblaba entre sus manos.
Sacó otra fotografía.
En ella aparecía mi madre entrando en una clínica psicológica.
Un hombre caminaba unos metros detrás.
Volví a reconocerlo.
Era el padre de Adrián.
—No…
—Su padre era abogado de tu padre.
Las piezas comenzaron a moverse dentro de mi cabeza.
Durante años mi padre había evitado cualquier conversación relacionada con el juicio por los malos tratos.
Siempre decía que era mejor olvidar.
Siempre.
Laura siguió hablando.
—Después de la muerte de tu madre hubo una investigación que desapareció de repente.
—¿Quién la hizo desaparecer?
Ella bajó la mirada.
—La familia de Adrián.
Noté cómo las piernas dejaban de sostenerme.
Me senté en la cama del hotel.
—¿Por qué?
—Porque el padre de Adrián había ayudado a tu padre durante años.
El silencio volvió a instalarse.
Laura rompió a llorar.
—Yo descubrí todo hace tres meses.
La miré sin comprender.
—¿Y seguiste acostándote con él?
Ella cerró los ojos.
—Al principio pensé que solo era una coincidencia.
—No mientas.
—Después intenté alejarme, pero él me amenazó.
Sentí rabia.
Una rabia inmensa.
—¿Amenazarte con qué?
—Con publicar unas fotografías íntimas.
Me enseñó el teléfono.
Había decenas de mensajes.
“Si hablas con Elena, destruiré tu vida.”
“Ella jamás te creerá.”
“Recuerda quién paga el apartamento.”
Mi pecho se oprimió.
Por primera vez desde aquella noche vi miedo auténtico en los ojos de Laura.
No justificaba su traición.
Nada podía justificarla.
Pero comprendí que también había sido manipulada.
—¿Por qué viniste ahora?
Me entregó un sobre amarillento.
—Porque hoy encontré esto escondido en el despacho de Adrián.
Abrí el sobre.
Dentro había una carta escrita por mi madre pocos días antes de morir.
La letra seguía siendo inconfundible.
“Si algún día Elena lee esto, significa que no conseguí escapar. Hay personas mucho más poderosas de lo que imaginaba. Si alguien llamado Ignacio Ferrer intenta acercarse a mi hija, por favor, protéjanla. Él sabe demasiado.”
Ignacio Ferrer.
Fruncí el ceño.
Laura susurró:
—Ese era el padre de Adrián.
Sentí que el mundo entero se detenía.
Mi madre había escrito aquel nombre años antes de que yo conociera a Adrián.
No podía ser una coincidencia.

Mientras intentaba ordenar mis pensamientos, mi teléfono comenzó a sonar.
Era mi tía Carmen.
Contesté inmediatamente.
—¿Ya estás en el aeropuerto?
—Todavía no.
Hubo unos segundos de silencio.
Después escuché una frase que hizo que la sangre se me helara.
—No regreses a ese hotel.
—¿Qué ocurre?
—Acabo de recibir una llamada de un antiguo compañero de tu madre.
Dice que alguien ha estado preguntando por ti desde esta mañana.
Miré por la ventana.
Un coche negro permanecía estacionado frente al edificio.
Dentro había un hombre observando la entrada.
No apartaba la vista.
Mi tía continuó hablando.
—Elena, escúchame con mucha atención.
—Sí.
—Tu madre nunca creyó que iba a morir por culpa de tu padre.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces… ¿de quién tenía miedo?
Mi tía respondió con una voz que jamás le había escuchado.
—De la familia Ferrer.
En ese mismo instante sonó el timbre de la habitación.
Tres golpes lentos.
Firmes.
Laura palideció.
Yo permanecí inmóvil.
Entonces una voz masculina habló desde el otro lado de la puerta.
—Elena…
Era Adrián.
—Sé que estás ahí.
Miré la carta de mi madre.
Miré a Laura.
Y comprendí que el hombre con el que había compartido cinco años de mi vida quizá nunca se había acercado a mí por amor.
Quizá llevaba esperándome desde mucho antes de que yo pronunciara su nombre por primera vez.