Mariana sujetó la carta con ambas manos mientras su padre daba un paso hacia ella.
—Dámela.
Ella retrocedió.
—Ni se te ocurra.
Su madre intentó mantener la calma.
—Esteban siempre fue muy dramático. Seguro escribió tonterías por si algún día pasaba algo.
Mariana no respondió.
Continuó leyendo.
“Hace seis meses descubrí que Iván utilizó la empresa constructora para pedir préstamos usando como garantía terrenos que no le pertenecían. Cuando los bancos comenzaron a exigir pagos, buscó otra salida.”
Iván dejó de respirar por un instante.
—Eso no prueba nada.
Mariana siguió leyendo.
“El problema es que esos terrenos pertenecen a tu abuelo y fueron puestos temporalmente a mi nombre para protegerlos de las deudas de tu familia. Solo tú conoces ese documento.”
Su madre perdió el color del rostro.
—¿Qué documento?
Mariana levantó lentamente la vista.
—¿No lo sabías?
La mujer permaneció callada.
Era evidente que sí.
La carta continuaba.
“Hace tres semanas recibí una oferta de Iván. Quería que firmara una cesión falsa para cubrir un préstamo cercano a ochocientos mil pesos. Cuando me negué, comenzó a amenazarme.”
El silencio se volvió insoportable.
Mariana abrió la memoria USB y la conectó a la computadora del comedor.
Había varias carpetas.
Grabaciones de llamadas.
Correos electrónicos.
Fotografías.
Y un archivo titulado:
“Si me ocurre algo.”
Lo abrió.
Era un video grabado por Esteban apenas cuatro días antes del accidente.
Apareció sentado en el taller de la casa, todavía con el uniforme de trabajo.
Miró directamente a la cámara.
—Mariana, si estás viendo esto, significa que tenía razón al desconfiar.
Respiró profundamente.
—No puedo demostrar todavía quién provocará el accidente, pero sí puedo demostrar quién tenía motivos para desear que yo desapareciera.
Iván dio un paso hacia la computadora.
—Apaga eso.
Mariana levantó la mano.
—No.
En el video, Esteban mostró varias hojas.
—Aquí están los mensajes donde Iván exige que firme los terrenos.
Las imágenes cambiaron.
Aparecieron conversaciones impresas.
“Si no firmas esta semana, vas a lamentarlo.”
“No sabes con quién te estás metiendo.”
“Piensa en Renata antes de seguir haciéndote el héroe.”
Mariana sintió que el corazón dejaba de latir.
Habían mencionado a su hija.
Iván golpeó la mesa.
—¡Eso está sacado de contexto!
—¿Amenazar a una niña tiene contexto? —preguntó Mariana sin apartar la vista de la pantalla.
Su padre comenzó a sudar.
—Basta. Hablemos como familia.
—¿Familia?
Mariana soltó una risa amarga.
—¿La misma familia que prefirió quedarse en la playa mientras enterraba a mi esposo y a mi hija?
Nadie respondió.
El video continuó.
—También guardé copias de los contratos verdaderos. Si alguien intenta obligarte a entregar dinero, primero llama a la abogada cuya tarjeta está dentro del sobre.
Mariana tomó la tarjeta.
La leyó.
Lic. Verónica Salgado. Especialista en delitos financieros.
Debajo había una anotación escrita por Esteban.
“Ella ya conoce todo.”

Su madre intentó cambiar de tono.
—Mariana, nadie quiere hacerte daño.
—Hace diez minutos querían quitarme ochocientos mil pesos antes de que cobrara un solo seguro.
Iván caminó hacia ella.
—Escúchame.
—No.
—Necesito ese dinero.
—Lo necesitas porque debes casi cuatro millones, ¿verdad?
El rostro de Iván se congeló.
Aquella cifra no aparecía en ninguna parte de la carta.
Solo alguien que hubiera revisado los documentos podía conocerla.
Mariana abrió otra carpeta.
Estados de cuenta.
Préstamos.
Intereses.
Embargos.
La deuda real ascendía a 3,870,000 pesos.
Los ochocientos mil apenas retrasaban la quiebra.
—¿Cómo conseguiste eso? —preguntó Iván.
—Esteban lo consiguió.
Su padre dio un paso adelante.
—Tu hermano cometió errores, pero sigue siendo tu sangre.
Mariana cerró la computadora.
—Esteban también era mi familia.
—Los muertos ya no vuelven.
Aquella frase la hizo perder toda compasión.
—¿Y por eso decidieron irse de vacaciones?
Su madre levantó la voz.
—¡El viaje estaba pagado!
—También estaba pagado el funeral de mi hija.
Nadie volvió a hablar.
Entonces sonó el teléfono de Mariana.
Era un número desconocido.
Contestó.
—¿Señora Mariana?
—Sí.
—Habla el ingeniero perito asignado al accidente de la carretera.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿Encontraron algo?
—Sí.
Miró automáticamente a Iván.
—Los frenos no fallaron por desgaste.
Su hermano comenzó a retroceder.
—¿Qué significa eso?
—Alguien cortó deliberadamente una de las líneas hidráulicas.
El silencio fue absoluto.
Su madre dejó caer el bolso.
El perito continuó.
—También encontramos huellas recientes de herramientas utilizadas pocas horas antes del accidente.
Mariana cerró los ojos.
No había sido una tragedia inevitable.
Alguien había preparado aquella muerte.
Colgó lentamente.
Iván ya caminaba hacia la puerta.
—Tengo que irme.
—Nadie se mueve.
Su voz sonó completamente distinta.
Fría.
Segura.
Sacó el teléfono por segunda vez y marcó otro número.
—Licenciada Verónica Salgado.
La abogada respondió de inmediato.
—¿Leyó la carta?
—Sí.
—Entonces haga exactamente lo que Esteban le pidió.
—Ya llamé.
—Perfecto.
Hubo un breve silencio.
—La policía viene hacia su casa.
Su madre abrió mucho los ojos.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debí hacer desde el principio.
Cinco minutos después, dos patrullas se detuvieron frente a la vivienda.
Los agentes entraron acompañados por Verónica, una mujer de traje gris que llevaba una carpeta gruesa bajo el brazo.
No saludó a nadie.
Se dirigió directamente hacia Mariana.
—Lamento profundamente su pérdida.
Luego miró a Iván.
—Señor Mendoza, necesitamos hacerle algunas preguntas.
Iván sonrió con nerviosismo.
—No tengo nada que ocultar.
Verónica abrió la carpeta.
—Eso esperamos.
Sacó varias fotografías.
La primera mostraba el sistema de frenos de la camioneta.
La segunda, una cámara de seguridad de una gasolinera.
En ella aparecía claramente Iván inclinado debajo del vehículo la noche anterior al accidente.
El padre de Mariana se dejó caer sobre una silla.
—No…
Iván palideció.
—Eso no demuestra nada.
—Tiene razón.
Verónica sacó otra hoja.
—Por eso también obtuvimos los registros de su teléfono.
Había estado exactamente en ese lugar durante cuarenta y siete minutos.
La madre de Mariana comenzó a llorar.
—Diles que fue un error.
Iván no respondió.
Verónica sacó finalmente un sobre pequeño.
—Hay algo más.
Se lo entregó a Mariana.
Dentro había una segunda carta de Esteban.
Era mucho más corta.
Solo tenía tres líneas.
“Si estás leyendo esta carta, significa que ya conoces la verdad sobre el accidente. Pero todavía no sabes quién convenció a Iván de hacerlo.”
Mariana sintió un escalofrío.
Levantó lentamente la vista.
Verónica respiró hondo.
—La investigación señala que Iván no actuó solo.
Miró directamente a los padres de Mariana.
—Tenemos pruebas de que alguien más estuvo presente cuando se sabotearon los frenos.
Su madre comenzó a temblar.
El padre bajó la cabeza.
Verónica dejó sobre la mesa la última fotografía recuperada de una cámara de vigilancia.
En ella aparecía Iván trabajando debajo de la camioneta.
Y, sosteniéndole una linterna, con el rostro perfectamente iluminado por el foco…
estaba el padre de Mariana.