La camioneta atravesó dos controles de seguridad antes de detenerse frente a una residencia de piedra gris rodeada por jardines impecables.
Camila observó las cámaras, las rejas y los hombres que vigilaban desde puntos estratégicos.
—¿Siempre recibe así a quienes le recogen las naranjas? —preguntó.
Elvira sonrió.
—Solo cuando mi hijo cree que todo el mundo quiere secuestrarme.
Uno de los escoltas abrió la puerta.
Camila bajó todavía con el uniforme del café y los zapatos húmedos. Frente a ella, una escalinata de mármol conducía hasta una entrada tan grande como el departamento donde vivía con su madre.
—Señora Montemayor, no era necesario traerme hasta aquí.
—Llámame Elvira.
—No creo que pueda.
—Entonces inténtalo después del desayuno.
Dentro de la casa no había ruido. Ningún empleado corría, ninguna voz se levantaba. Todo funcionaba con una precisión silenciosa que hacía pensar que hasta los relojes necesitaban permiso para sonar.
Elvira la condujo a un comedor iluminado por ventanales.
Sobre la mesa había pan caliente, fruta, chocolate y más platos de los que Camila podía nombrar.
—Siéntate.
—Ya desayuné.
Su estómago gruñó.
Elvira fingió no escucharlo.
—Come.
Camila tomó una pieza de pan.
—Solo aceptaré esto. Después debo regresar al trabajo.
—Rogelio te descontó veinte minutos por ayudarme.
Camila levantó la vista.
—¿Cómo sabe eso?
La anciana señaló a Julián, el escolta que había desconfiado de ella bajo la lluvia.
—Mis hombres preguntaron algunas cosas.
—¿Sobre mí?
—Querían asegurarse de que no fueras una estafadora.
—Soy mesera. No tengo tiempo para ser una estafadora.
Elvira rio.
—Eso mismo les dije.
En ese momento se abrió una puerta lateral.
El hombre que entró no necesitó presentación.
Gael Montemayor llevaba un traje oscuro sin corbata y hablaba por teléfono. Su presencia cambió el ambiente. Los empleados bajaron la mirada y hasta los escoltas enderezaron la espalda.
Era más joven de lo que Camila imaginaba.
Quizá treinta y cinco años.
Tenía el rostro severo, una cicatriz pequeña junto a la mandíbula y unos ojos que parecían calcular el precio de cada persona antes de saludarla.
Terminó la llamada y miró a su madre.
—Saliste sin avisar.
—Fui a comprar naranjas, no a cruzar la frontera.
—Dos hombres te perdieron de vista durante cuatro minutos.
—Porque estaba recogiendo fruta del suelo.
Gael dirigió la mirada hacia Camila.
No sonrió.
—¿Tú la ayudaste?
—Sí.
—¿Por qué?
Ella parpadeó.
—Porque se le rompieron las bolsas.
—Eso ya lo sé.
Se acercó a la mesa.
—Pregunté qué querías obtener.
Camila dejó el pan en el plato.
—Nada.
—Todos quieren algo.
—Entonces quizá necesita conocer a personas diferentes.
Julián tosió discretamente.
Elvira ocultó una sonrisa detrás de la taza.
Gael se sentó frente a Camila.
—Mi madre intentó pagarte.

—No acepté.
—Podrías haber pensado que ayudarla abriría una puerta.
—Yo ni siquiera sabía quién era.
—Ahora lo sabes.
Camila se puso de pie.
—Y por eso me iré antes de que empiece a hablarme como si hubiera venido a robarle los cubiertos.
Elvira golpeó suavemente la mesa.
—Gael, discúlpate.
—Madre…
—Ahora.
El hombre observó a Camila durante varios segundos.
—Fui descortés.
—Eso no fue una disculpa.
Sus ojos se estrecharon.
—Le ofrezco una disculpa, señorita Reyes.
—Aceptada.
Volvió a sentarse.
Nadie en aquella casa parecía recordar la última vez que una desconocida había obligado a Gael Montemayor a disculparse.
Elvira cambió de tema.
—Cuéntale sobre tu madre.
Camila endureció la expresión.
—No necesita saberlo.
—Tiene una enfermedad pulmonar —explicó la anciana—. Utiliza oxígeno y Camila paga los medicamentos.
Gael miró a su madre.
—Te pedí que no investigaras asuntos personales.
—Tú investigaste primero.
Camila tomó su bolso.
—Agradezco el desayuno, pero no aceptaré caridad.
Gael se levantó.
—No iba a ofrecerte caridad.
—Entonces ¿qué quería?
Él sacó una tarjeta.
—Un empleo.
Camila no la tomó.
—Ya tengo uno.
—En un café donde te descuentan el salario por ayudar a una anciana.
—Es un mal trabajo, pero es mío.
—Busco una supervisora para uno de mis restaurantes.
Ella soltó una risa incrédula.
—Ayer recogí naranjas. Hoy quiere que supervise un restaurante.
—Mi madre observó cómo trataste a un cliente cuando nadie te estaba evaluando. Yo revisé tu historial laboral.
—Eso suena menos romántico de lo que cree.
—No intentaba ser romántico.
Elvira volvió a ocultar una sonrisa.
Gael dejó la tarjeta sobre la mesa.
—El salario es cuatro veces superior al que recibes ahora. Incluye seguro médico familiar.
Camila miró la tarjeta.
La palabra “seguro” le atravesó la resistencia.
Su madre necesitaba estudios que llevaban meses posponiendo.
—¿Por qué haría eso por mí?
—Porque ayudaste a mi madre.
—Eso sigue pareciendo caridad.
—Entonces considéralo una evaluación de carácter.
Camila tomó la tarjeta, pero no prometió nada.
—Lo pensaré.
Gael asintió.
Antes de que pudiera marcharse, Julián entró rápidamente al comedor con un sobre en la mano.
Su expresión había cambiado.
—Señor, encontramos esto en el parabrisas del vehículo.
Gael abrió el sobre.
Dentro había una fotografía de Camila inclinada bajo la lluvia mientras recogía las naranjas.
En la parte posterior estaba escrita una frase:
“LA NUEVA DEBILIDAD DE LOS MONTEMAYOR”.
Elvira perdió la sonrisa.
Gael observó la imagen.
—¿Quién sabía que vendrías aquí? —preguntó a Camila.
—Nadie.
—¿Tienes enemigos?
—No.
—¿Deudas?
—La renta y la farmacia. No creo que quieran matarme por eso.
Julián recibió una llamada y se apartó unos pasos.
Cuando regresó, su rostro estaba todavía más tenso.
—La fotografía fue tomada ayer a las 18:17. Pero la enviaron a tres personas durante la madrugada.
—¿A quiénes? —preguntó Gael.
—A un periodista, a un investigador privado y a alguien dentro de la organización Valencia.
El apellido provocó un silencio inmediato.
Camila miró a Elvira.
—¿Quiénes son los Valencia?
—Personas que llevan años intentando perjudicar a mi hijo —respondió la anciana.
Gael tomó la fotografía.
—Desde este momento no puedes regresar sola al café.
—¿Perdón?
—Alguien te relacionó con nosotros.
—Yo no tengo nada que ver con sus problemas.
—Eso no importa para quien escribió esto.
Camila guardó la tarjeta en el bolso.
—Tengo que volver con mi madre.
—Enviaré escoltas.
—No quiero cuatro hombres de negro entrando a mi edificio.
—Entonces serán dos.
—Ninguno.
Gael dio un paso hacia ella.
—No te estoy pidiendo permiso.
Camila levantó la barbilla.
—Y yo no soy una de sus empleadas.
—Todavía.
Elvira intervino antes de que la discusión empeorara.
—Gael, deja que respire.
Luego tomó la mano de Camila.
—Por favor, acepta que te lleven. Solo por hoy.
Camila miró la preocupación real en el rostro de la anciana y terminó asintiendo.
El trayecto hasta la colonia fue silencioso.
Cuando la camioneta dobló hacia la lavandería, Camila vio una ambulancia frente al edificio.
Su corazón se detuvo.
Bajó antes de que el vehículo terminara de estacionarse.
—¡Mamá!
Subió las escaleras corriendo.
La puerta del departamento estaba abierta.
Dentro había dos paramédicos junto a Lucía, que respiraba con dificultad. El concentrador de oxígeno estaba apagado y el cable había sido cortado.
—La encontramos a tiempo —dijo uno de ellos—. Una vecina escuchó que golpeaba la pared.
Camila se arrodilló junto a su madre.
—¿Quién hizo esto?
Lucía levantó una mano temblorosa.
Señaló la mesa.
Había un sobre idéntico al recibido en la mansión.
Dentro encontraron otra fotografía.
Esta vez mostraba a Camila saliendo del café junto a los cuatro escoltas.
Detrás aparecía un mensaje:
“DILE A GAEL MONTEMAYOR QUE DEVUELVA LO QUE ROBÓ, O LA PRÓXIMA VEZ TU MADRE NO DESPERTARÁ”.
Julián llamó inmediatamente a Gael.
Camila tomó el teléfono antes de que contestara.
—No sé qué está pasando —dijo con la voz rota—, pero atacaron a mi madre por su culpa.
Gael guardó silencio unos segundos.
—Voy para allá.
—No.
—Camila…
—Primero dígame qué robó.
La respuesta tardó demasiado.
—No fue dinero.
—¿Entonces qué?
Se escuchó una puerta cerrarse al otro lado de la llamada.
—Hace dieciocho años —dijo Gael—, mi padre tomó algo de la familia Valencia y lo escondió antes de morir.
Camila miró a su madre.
Lucía había abierto los ojos al escuchar ese apellido.
—¿Qué escondió?
—A una niña.
El rostro de Lucía perdió todo el color.
Se incorporó pese a las protestas de los paramédicos.
—Cuelga —ordenó.
—Mamá, ¿qué ocurre?
Lucía miró la fotografía y después el collar que Camila llevaba desde pequeña: una cadena sencilla con una medalla partida por la mitad.
—Ese hombre no te encontró por casualidad.
—¿De qué hablas?
La voz de Gael seguía escuchándose desde el teléfono.
—Camila, pregúntale a tu madre dónde consiguió tu medalla.
Ella la tocó instintivamente.
Lucía comenzó a llorar.
—Te dije que pertenecía a tu padre.
—¿No era verdad?
La mujer negó lentamente.
—La llevaba puesta la noche en que te dejaron en mis brazos.
Camila sintió que el cuarto se inclinaba.
—¿Me dejaron?
Antes de que Lucía pudiera explicar más, uno de los escoltas encontró algo adherido debajo del concentrador de oxígeno.
Era un pequeño transmisor.
Lo arrancó.
De su interior cayó una tira de papel con una sola frase:
“ELVIRA MONTEMAYOR SABE QUIÉN ES TU VERDADERA MADRE”.
Entonces se escucharon disparos en la calle.
Julián corrió hacia la ventana.
Abajo, un automóvil oscuro había bloqueado la salida de la ambulancia.
Y junto al vehículo permanecía una mujer con el mismo collar partido que llevaba Camila.
La desconocida levantó la mirada hacia el departamento.
Después sonrió.
—La heredera Valencia por fin apareció —susurró Julián.