Siete días después, el vuelo con destino a Viena despegó a las 8:15 de la mañana.
No miré por la ventanilla.
No esperaba que Julian apareciera corriendo por el aeropuerto.
Porque él ni siquiera sabía que me iba.
Durante todo ese tiempo, creyó que seguía viviendo exactamente donde me había dejado.
Esperando.
Como siempre.
Viena olía a café recién molido y lluvia.
El Conservatorio Internacional de Danza me recibió con un sobre blanco.
Dentro estaba el contrato que había esperado durante años.
Cuando sufrí la lesión en el tobillo cuatro años atrás, los médicos dijeron que jamás volvería a bailar profesionalmente.
Julian fue quien me convenció de abandonar aquel sueño.
—Nuestra familia necesita una esposa, no una bailarina que viaje por el mundo.
Yo acepté.
Porque entonces todavía confundía amor con renuncia.
Ahora, por primera vez, elegía por mí.
Los cien días pasaron más rápido de lo que imaginaba.
Mientras aprendía una nueva coreografía, mi teléfono vibró.
Era una invitación automática del calendario.
“Volver a casarme con Julian Foster.”
La observé durante unos segundos.
Después sonreí.
Y presioné:
Eliminar.
A las dos de la tarde, exactamente como había prometido, Julian llegó a la casa donde creía que aún vivía.
Llevaba un ramo de peonías blancas.
Mis favoritas.
Tocó el timbre.
Nadie respondió.
Volvió a intentarlo.
La nueva propietaria abrió la puerta.
—¿Busca a la señora Hayes?
Julian sonrió.
—Sí. Dígale que ya llegué.
La mujer frunció el ceño.
—La señorita Nora vendió el apartamento hace tres meses.
—¿Cómo?
—Se mudó al extranjero.
El ramo cayó lentamente de sus manos.
Durante las siguientes horas llamó más de cincuenta veces.
Mi antiguo número ya no existía.
Escribió correos.
Todos regresaban.
Fue entonces cuando recordó algo.
Mi mejor amiga.
Corrió hasta su cafetería.
—¿Dónde está Nora?
Ella levantó la vista con tranquilidad.
—Muy lejos.
—Necesito hablar con ella.
—Llegas cien días tarde.
Aquella misma noche, Julian regresó a la residencia Foster.
Su abuelo acababa de recibir el alta médica.
El anciano observó el ramo marchito.
—¿Dónde está Nora?
Julian permaneció en silencio.
—Fue por ella, ¿verdad?
Asintió lentamente.
El abuelo dejó el periódico sobre la mesa.
—Entonces explícale a este viejo por qué la mujer que sostuvo esta familia durante cuatro años ya no quiere volver.
Julian bajó la cabeza.
No encontró una respuesta.
Mientras tanto, en Viena, terminaba mi primera presentación.
El teatro entero se puso de pie.
Los aplausos parecían interminables.
Entre bastidores recibí un pequeño paquete enviado desde mi antiguo país.
No tenía remitente.
Dentro solo había una caja de terciopelo.
La abrí.
Era el broche de zafiro de la familia Foster.
Acompañado por una carta escrita a mano.
“Ese broche nunca perteneció a otra persona. Perdóname por no haber sabido protegerte cuando todavía estabas en casa.”
Firmaba:
Arthur Foster.
El abuelo.

Sonreí con tristeza.
Guardé el broche.
Pero no respondí.
Algunas despedidas ya no necesitan explicación.
Meses después, Julian apareció inesperadamente en Viena.
Esperó durante horas a la salida del teatro.
Cuando me vio, dio un paso hacia mí.
—Nora…
Me detuve.
Había envejecido.
No físicamente.
Sino en la mirada.
—He venido a llevarte a casa.
Lo observé en silencio.
Después miré el edificio iluminado detrás de mí.
—Ya estoy en casa.
Él respiró con dificultad.
—Cancelé el compromiso con Evelyn.
—Lo sé.
—Entonces… ¿podemos empezar otra vez?
Sonreí con suavidad.
—Julian…
Saqué el teléfono.
Abrí el calendario.
Le mostré una fecha.
Dentro de cien días.
Él sonrió por primera vez.
Pensó que era una respuesta.
Hasta que leyó el recordatorio.
“Estreno mundial — Compañía Nacional de Viena.”
Cerré la aplicación.
—¿Ves?
—Ahora soy yo quien llena mi calendario.
Él comprendió por fin.
No había otro hombre.
No había venganza.
Solo había una mujer que había dejado de esperar.
Me di la vuelta.
Y entré al teatro.
Julian permaneció inmóvil bajo la lluvia, sosteniendo un ramo que ya no tenía destinataria.
Solo entonces entendió que el error nunca había sido marcar una nueva boda dentro de cien días.
El verdadero error había sido creer que el tiempo también podía dejar a una persona en pausa.
Porque mientras él esperaba volver al pasado…
Yo ya había construido un futuro donde él nunca volvió a existir.