Lucian permaneció frente a mí con los puños cerrados.
No gritó otra vez.
Eso era peor.
Cuando se enfadaba de verdad, su voz desaparecía y toda la furia se concentraba en sus ojos.
—¿Por qué huiste? —repitió.
Miré hacia la cuna.
Nuestro hijo dormía de lado, con una mano bajo la mejilla y la pequeña marca junto a la oreja completamente visible.
Ya no tenía sentido seguir mintiendo.
—Porque escuché que ibas a comprometerte.
Lucian frunció el ceño.
—¿Con quién?
—Con la hija de un socio de tu familia.
—Nunca tuve una prometida.
—Lo anunciaron después de aquella fiesta.
—¿Quién lo anunció?
—Tu madre.
El rostro de Lucian cambió.
No mucho.
Solo lo suficiente para que comprendiera que aquel nombre sí significaba algo.
—¿Mi madre habló contigo?
Negué.
—No directamente.
Me senté en el sofá y entrelacé las manos para impedir que temblaran.
—Una semana después de que estuvimos juntos, fui a buscarte a la empresa. Quería contarte que tenía retraso, aunque todavía no estaba segura del embarazo.
Lucian no apartaba los ojos de mí.
—En recepción escuché a dos empleadas hablando de tu compromiso. Después vi salir a tu madre con una mujer joven. La presentó como la futura nuera de la familia Lu.
—¿Y por eso desapareciste?
—No fue solo eso.
Respiré profundamente.
—Tu madre me encontró antes de que pudiera entrar a tu oficina.
El silencio se volvió pesado.
—¿Qué te dijo?
—Que tú habías cometido un error conmigo.
Lucian dio un paso hacia mí.
—Grace…
—Dijo que habías bebido demasiado. Que te arrepentías. Que tu matrimonio ya estaba acordado y que yo no debía utilizar una noche para destruir tu futuro.
—Yo nunca dije eso.
—Ahora lo sé.
—¿Te dio dinero?
La pregunta salió con una dureza inesperada.
Lo miré.
—Lo intentó.
—¿Cuánto?
—Dos millones de yuanes.
Lucian soltó una risa fría.
No había humor en ella.
—Siempre resuelve todo de la misma manera.
—No acepté.
—Pero te fuiste.
—Sí.
Se acercó hasta quedar a pocos pasos de mí.
—Cambiaste de número.
—Sí.
—Renunciaste a tu apartamento.
—Sí.
—Dejaste tu antigua empresa.
—Sí.
—Y durante siete meses me dejaste pensar que quizá estabas herida, desaparecida o muerta.
Su voz se quebró en la última palabra.
Por primera vez vi algo más que rabia.
Vi miedo.
Un miedo antiguo.
Acumulado durante todos aquellos meses.
—Te busqué en hospitales —continuó—. En estaciones. En hoteles. Contraté investigadores. Fui a casa de Tina tantas veces que amenazó con llamar a la policía.
Parpadeé.
—Tina nunca me dijo eso.
—Porque le pedí que no lo hiciera si conseguía localizarte.
—¿Por qué?
Lucian me miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque pensé que estabas huyendo de mí.
Bajé la cabeza.
Eso era exactamente lo que había hecho.
Solo que no por falta de amor.
Sino porque estaba convencida de que amarle significaba apartarme.

—Cuando te vi frente al Registro Civil —dijo—, creí que te habías casado con otro hombre.
Su mirada descendió hacia la cuna.
—Después vi que estabas embarazada.
—Yo pensé que ibas a casarte ese día.
—Llevé a mis amigos porque habían encontrado una pista sobre ti cerca de ese edificio.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿No había ninguna mujer esperándote?
—Nunca.
—Entonces ¿por qué dijiste que tu futura esposa no apareció?
—Porque quería ver tu reacción.
Lo miré con incredulidad.
—¿Y por qué propusiste casarnos?
—Porque pensé que, si salías de allí sin mí, volverías a desaparecer.
La respuesta me dejó sin palabras.
Lucian había mentido.
Yo también.
Y entre ambas mentiras habíamos construido un matrimonio real.
El bebé comenzó a llorar.
Me levanté, pero Lucian llegó primero.
Lo tomó con una delicadeza que contrastaba con la tensión de su rostro.
Nuestro hijo dejó de llorar casi inmediatamente.
Lucian lo sostuvo contra su pecho.
Después observó la pequeña marca junto a su oreja.
—Mi abuelo también la tenía —murmuró.
Sentí que los ojos me ardían.
—Podemos hacer una prueba.
—La haremos.
—Lucian…
—No porque dude.
Levantó la mirada.
—La necesito para los documentos legales.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué documentos?
—El registro de paternidad. El seguro. La herencia. Todo lo que debió tener desde que nació.
—No necesitas hacer eso.
—Es mi hijo.
La firmeza de aquellas tres palabras me hizo guardar silencio.
Durante un año había temido que Lucian descubriera la verdad.
Nunca imaginé que su primera preocupación sería darle al niño su lugar.
La prueba se realizó dos días después.
El resultado tardaría una semana.
Lucian no esperó.
Compró una segunda cuna para su dormitorio, cambió su horario de trabajo y pidió a su abogado que preparara el reconocimiento legal.
También comenzó a investigar lo ocurrido siete meses atrás.
Yo pensé que solo quería confirmar la conversación con su madre.
Me equivocaba.
Al cuarto día llegó a casa con una carpeta.
La dejó sobre la mesa.
—La mujer que viste con mi madre no era la hija de ningún socio.
Abrí el expediente.
Había fotografías, transferencias y registros de llamadas.
—¿Quién era?
—Una actriz contratada.
Sentí un escalofrío.
—¿Contratada para qué?
—Para fingir que iba a comprometerme.
Levanté la vista lentamente.
Lucian continuó:
—Mi madre sabía que habías ido a buscarme. Hizo que la mujer saliera de su oficina en ese momento y ordenó a las empleadas hablar del compromiso cerca de recepción.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque nunca te consideró adecuada para la familia.
Aquello no me sorprendió.
Lo siguiente sí.
Lucian sacó otra hoja.
—También pagó al propietario de tu antiguo apartamento para que le informara si regresabas.
—¿Te estaba buscando?
—No.
Su expresión se endureció.
—Estaba comprobando que te mantuvieras lejos.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Sabía que estaba embarazada?
Lucian guardó silencio.
Demasiado tiempo.
—Contéstame.
Sacó una grabación de voz de la carpeta.
—Uno de sus asistentes conservó esto.
Presionó el teléfono.
La voz de su madre llenó la sala.
—Si Grace Jiang está embarazada, asegúrense de que crea que Lucian no quiere saber nada. El niño no puede entrar en nuestra familia.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Lucian apagó la grabación.
Sus ojos estaban llenos de una furia contenida.
—Ella sabía.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que te fueras.
Me quedé inmóvil.
Durante más de un año había criado a nuestro hijo contando cada moneda, mientras la familia de Lucian sabía que existía.
Y había elegido borrarlo.
Esa misma tarde llegó el resultado de la prueba.
La probabilidad de paternidad era superior al 99,99 %.
Lucian tomó el documento.
No sonrió.
Solo fue hasta la cuna, cargó a nuestro hijo y apoyó la frente contra la suya.
—Perdóname —susurró—. Tu padre tardó demasiado en encontrarte.
Yo me aparté para ocultar las lágrimas.
Entonces sonó el timbre.
Al abrir la puerta, encontré a una mujer elegante acompañada por dos abogados.
La madre de Lucian.
Entró sin esperar invitación.
Sus ojos pasaron sobre mí y se detuvieron en el niño que Lucian sostenía.
—Ya recibí el resultado —dijo—. No permitiré que este escándalo destruya el apellido Lu.
Lucian se colocó delante de nosotros.
—No vuelvas a llamarlo escándalo.
Ella dejó una carpeta sobre la mesa.
—He solicitado una evaluación de custodia.
La sangre se me heló.
—¿Custodia?
Su sonrisa fue tranquila.
—Grace no tiene suficientes recursos, ocultó deliberadamente la identidad del padre y registró al niño sin tu apellido.
Miró a Lucian.
—Con esos antecedentes, será sencillo demostrar que no es una madre adecuada.
Lucian abrió la carpeta.
Su rostro se oscureció al leer la primera página.
—¿Qué hiciste?
La señora Lu me observó con una satisfacción aterradora.
—Lo necesario para proteger a mi nieto.
Entonces Lucian levantó el documento.
Era una petición judicial urgente.
Y al final aparecía una orden provisional que podía separar a mi hijo de mí antes de que terminara la semana.