Canelo descendió las patas delanteras con un golpe seco que levantó una nube de polvo frente a Rigoberto.
El hombre retrocedió trastabillando y cayó de espaldas junto al bebedero. La carpeta con los documentos salió despedida de su mano y varias hojas quedaron esparcidas por el patio.
El viejo caballo no lo pisó.
Se colocó delante de Carmen.
Su cuerpo temblaba por el esfuerzo, pero mantuvo la cabeza erguida y los dientes descubiertos, formando una barrera entre ella y su hijo.
—¡Quítame a esta bestia de encima! —gritó Rigoberto.
Carmen respiraba con dificultad. Tenía las rodillas lastimadas, el brazo adolorido y varios cabellos pegados al rostro húmedo.
Aun así, logró ponerse de pie apoyándose en el cerco.
—Canelo no es una bestia.
El caballo lanzó otro relincho cuando Rigoberto intentó levantarse.
—¡Está loco! —protestó él—. ¡Pudo matarme!
Carmen miró a su hijo con una tristeza más profunda que el miedo.
—Y tú pudiste matar a tu madre.
Rigoberto se quedó inmóvil.
Por un instante pareció avergonzado, pero la expresión desapareció cuando vio los documentos tirados en el suelo.
Se arrastró para recogerlos.
Canelo avanzó un paso.
—¡Detén al animal!
—Vete de mi casa, Rigo.
—No me iré sin tu firma.
—Entonces tendrás que quedarte frente a Canelo toda la noche.
El caballo golpeó la tierra con un casco.
Rigoberto observó la distancia que lo separaba de la camioneta. Después miró la sangre que comenzaba a manchar la manga de su madre.
No pidió perdón.
Recogió únicamente la carpeta y corrió hacia el vehículo.
Antes de subir, bajó la ventanilla.
—Mañana volveré con gente que sí sabe hacer entrar en razón a una vieja terca.
Encendió el motor y salió del rancho levantando otra nube de polvo.
Carmen permaneció quieta hasta que dejó de escuchar la camioneta.
Entonces sus piernas cedieron.
Canelo se acercó inmediatamente.
Bajó la cabeza y apoyó el hocico contra su hombro, con una delicadeza que contrastaba con la furia de unos segundos antes.
Carmen se aferró a su cuello.
—Gracias, viejo.
El caballo resopló suavemente.
—Todos dicen que ya no sirves para nada.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de la mujer.

—Lo mismo dicen de mí.
Canelo volvió la cabeza y observó hacia el camino, inquieto.
No parecía tranquilizarse.
Carmen pensó que seguía alterado por la pelea, pero entonces notó algo extraño.
El caballo caminó hacia el granero.
Se detuvo junto a la puerta.
Rascó la tierra con insistencia.
—¿Qué tienes?
Canelo volvió a rascar.
Después golpeó dos veces una tabla podrida del piso.
Carmen se acercó lentamente.
Aquel rincón había pertenecido a su esposo, don Eusebio. Allí guardaba herramientas, costales de semillas y las monturas que utilizó durante toda su vida.
Desde su muerte, Carmen casi no entraba.
El olor a cuero viejo todavía le recordaba sus manos.
Canelo golpeó nuevamente la tabla.
La madera cedió en uno de los extremos.
Debajo apareció una argolla metálica.
Carmen sintió un escalofrío.
Se arrodilló con dificultad y tiró de ella.
Una sección del suelo se levantó, revelando un compartimento pequeño cubierto con una lona.
Dentro había una caja de madera oscura.
Sobre la tapa estaba grabado su nombre.
CARMEN.
La mujer dejó de respirar.
Reconoció inmediatamente la letra de Eusebio.
Con manos temblorosas abrió la caja.
Encontró una fotografía de su esposo junto a Canelo cuando el caballo todavía era joven. También había un manojo de llaves, una libreta negra y un sobre sellado.
En el frente, Eusebio había escrito:
“Ábrelo cuando Rigoberto intente vender el rancho.”
Carmen se llevó una mano a la boca.
Su marido llevaba muerto casi seis años.
¿Cómo podía haber sabido lo que ocurriría?
Rompió el sello.
La carta era breve.
“Carmelita:
Si estás leyendo esto, nuestro hijo finalmente permitió que sus deudas fueran más grandes que su corazón. No lo juzgues antes de conocer toda la verdad, pero tampoco le entregues la tierra.
El rancho no tiene nueve hectáreas.
Tiene catorce.
Las cinco restantes fueron registradas a nombre de una cooperativa que fundé con otros campesinos. Debajo de ellas pasa el único manantial permanente de esta zona.
Las empacadoras no quieren nuestros árboles.
Quieren el agua.
Rigoberto no lo sabe todo, pero alguien cercano a él sí.
Busca en la libreta negra.
Y confía en Canelo. Él recuerda el camino.”
Carmen leyó la carta dos veces.
Luego abrió la libreta.
Las primeras páginas contenían cuentas de cosechas antiguas. Más adelante aparecían nombres de empresas, pagos y reuniones.
Uno de ellos se repetía continuamente.
Inversiones La Cumbre.
Carmen reconoció el nombre.
Era la compañía que había ofrecido comprar el rancho.
En la última página encontró una anotación escrita pocos días antes de la muerte de Eusebio:
“Descubrí quién les entrega los planos. Si me ocurre algo, Carmen debe saber que el accidente no fue un accidente.”
La libreta cayó de sus manos.
La muerte de Eusebio siempre había sido atribuida a una caída de caballo.
Lo encontraron al fondo de una barranca, con la montura rota y Canelo caminando herido por la carretera.
Desde entonces todos llamaban inútil al animal porque nunca volvió a dejar que nadie lo montara.
Carmen miró la cicatriz blanca de su hocico.
Por primera vez comprendió que quizá Canelo no se había vuelto terco por la edad.
Quizá había quedado traumatizado por lo que vio aquella tarde.
El caballo abandonó el granero.
Caminó hacia el corral trasero y se detuvo junto a una parte derrumbada del cerco.
—¿Quieres llevarme a algún sitio?
Canelo relinchó.
Carmen guardó la carta y la libreta dentro de su blusa. Después tomó una linterna, un rebozo y siguió al animal.
El sol comenzaba a ocultarse detrás de los cerros cuando cruzaron los árboles de aguacate.
Canelo avanzaba despacio, pero sin dudar.
Atravesó una vereda cubierta por maleza y descendió hacia una zona del rancho que Carmen no visitaba desde la muerte de su esposo.
La barranca.
El lugar donde habían encontrado el cuerpo de Eusebio.
Al llegar, el caballo se detuvo frente a unas piedras cubiertas de musgo.
Comenzó a empujarlas con el hocico.
Carmen retiró la primera.
Después otra.
Debajo apareció un trozo de tela podrida y una pequeña placa metálica.
La limpió con los dedos.
Era parte de una camioneta.
Tenía grabado un número de serie.
Entonces escuchó un motor detrás de los árboles.
Apagó la linterna.
Una camioneta negra se detuvo cerca de la vereda.
Rigoberto bajó acompañado por dos hombres.
Uno de ellos llevaba una pala.
El otro sostenía un bidón de gasolina.
—Te dije que la vieja encontraría la caja —murmuró Rigoberto.
El hombre de la pala respondió con una voz que Carmen conocía demasiado bien.
—Entonces enterraremos a tu madre exactamente donde enterramos la verdad sobre tu padre.