El nombre de Ting Yu Xiao apareció en la pantalla.
Observé el teléfono durante varios segundos antes de contestar.
—¿Qué ocurre? —pregunté con calma.
Su respiración era pesada.
—¿Por qué publicaste esa fotografía?
—¿Qué fotografía?
—No finjas, Chu Jiamin. Sabes perfectamente de cuál hablo.
Miré al bebé que dormía a mi lado.
—Solo dije que el hombre se parecía a mi esposo.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio extraño.
Él no podía admitir que era el hombre de la fotografía porque, según su mentira, se encontraba trabajando.
—Bórrala —ordenó finalmente—. Mis clientes podrían verla y pensar cosas equivocadas.
—¿Equivocadas?
—Sí. No quiero que tus inseguridades afecten mi reputación.
Sentí que la última parte de mi corazón que todavía esperaba una explicación terminaba de morir.
—Está bien —respondí—. La borraré.
Su tono se suavizó de inmediato.
—Sabía que serías comprensiva.
—Yu Xiao.
—¿Sí?
—¿Me has amado alguna vez?
Él tardó demasiado en responder.
—¿Por qué preguntas tonterías durante tu recuperación? Claro que te amo.
Cerré los ojos.
—Entonces sigue trabajando.
Colgué.
No borré la publicación.
En cambio, guardé cada mensaje, cada fotografía y cada comentario de sus amigos en una carpeta protegida.
Después llamé a un abogado.
A la mañana siguiente, mis padres contrataron a una persona para ayudarme con los documentos migratorios y el traslado de los niños.
El abogado, señor Liang, llegó a casa esa misma tarde.
Revisó el supuesto certificado de matrimonio durante menos de un minuto.
—Es falso —confirmó—. El número pertenece a otro documento.
Aunque ya lo sabía, escucharlo en voz alta hizo que me faltara el aire.
—¿Entonces legalmente nunca estuvimos casados?
—No.
—¿Y mis hijos?
—Sus derechos no desaparecen por eso. Pero debemos demostrar la paternidad y protegerlos antes de que él intente crear problemas.
Le mostré los registros de nacimiento.
El primer niño llevaba mi apellido.
El segundo aún no había sido inscrito.
Liang levantó la mirada.
—¿Su pareja insistió en que el primero quedara únicamente en su registro familiar?
—Sí. Dijo que quería respetarme.
El abogado guardó silencio.
—¿Qué ocurre?
—Probablemente no fue respeto.
Sentí un escalofrío.
—Explíquese.
—Si el niño hubiera sido registrado dentro del sistema familiar de Ting Yu Xiao, ciertas personas podrían haber descubierto que él figuraba como soltero. También habría quedado un vínculo que complicaría su matrimonio legal con otra mujer.
Todo encajó.
Aquella aparente generosidad había sido otra precaución.
No me había cedido el apellido por amor. Había ocultado a su hijo para proteger su doble vida.
—Quiero marcharme —dije—. Pero antes necesito asegurarme de que no pueda llevarse a los niños.
—Entonces no le diga nada.
—Regresará en pocos días.
—Para entonces debemos tener los documentos preparados.
El abogado cerró la carpeta.
—Y guarde todas las amenazas de Lin Mengyao. Pueden ser importantes.
Durante los dos días siguientes actué como si nada hubiera ocurrido.
Respondí con frases breves a los mensajes de Yu Xiao.
Le envié una fotografía de los niños dormidos cuando la pidió.
Él respondió con corazones.
Después publicó una imagen de un paisaje nevado sin mostrar a Lin Mengyao.
El texto decía:
«Trabajando lejos de casa. Todo sacrificio vale la pena por la familia.»
Sus amigos volvieron a elogiarlo.
Yo también dejé un “me gusta”.
Aquella noche, Lin Mengyao me escribió de nuevo.
—Parece que todavía no entiendes.
—A Xiao regresará conmigo dentro de dos días. Cuando vuelva, te dirá personalmente que te marches.
Le respondí:
—Perfecto. Lo esperaré.
Ella envió una fotografía de su mano entrelazada con la de él.
En ambos dedos brillaban anillos idénticos.
—No te hagas ilusiones. Tú solo fuiste la mujer que le dio hijos cuando su familia no me aceptaba.
Aquella frase me hizo detenerme.
Cuando su familia no me aceptaba.
Recordé que durante ocho años Yu Xiao nunca me había llevado a su ciudad natal.
Decía que sus padres habían muerto y que ya no tenía contacto con sus parientes.
Pero Lin Mengyao hablaba de una familia que había intervenido en su matrimonio.
Le envié la captura al abogado.
Una hora después, Liang me llamó.
—Encontramos algo.
—¿Qué cosa?
—Ting Yu Xiao nunca estuvo huérfano.
Me quedé inmóvil.
—¿Sus padres viven?
—Sí. Su padre dirige una empresa de transporte en la provincia de Jiangsu. Su madre también vive allí.
Tuve que sentarme.
Durante ocho años había encendido incienso en cada aniversario de la supuesta muerte de sus padres.
Había consolado a Yu Xiao cuando fingía extrañarlos.
—¿Saben de mí?
—Eso todavía no lo sabemos.
Yu Xiao regresó la tarde de mi cumpleaños.
Llegó con flores, un bolso de diseñador y la sonrisa del esposo perfecto.
Al entrar, dejó la maleta y me abrazó.
Mi cuerpo se endureció.
—Feliz cumpleaños, cariño.
En su cuello percibí un perfume que no era mío.
—Pensé que regresarías mañana.
—Quería sorprenderte.
Miró alrededor.
Varias cajas ya habían sido retiradas por la empresa de mudanzas, pero había dejado suficientes cosas para no despertar sospechas.
—¿Dónde están los niños?
—Durmiendo.
Se acercó a la cuna del bebé y sonrió.
—Mi pequeño.
Aquellas palabras me revolvieron el estómago.
—¿Trajiste el regalo? —pregunté.
—Claro.
Me entregó el bolso.
Dentro había un recibo.
La compra se había realizado en Hokkaido.
Junto al nombre de Yu Xiao aparecía otra persona autorizada para recogerlo.
Lin Mengyao.
Cerré la caja.
—Es hermoso.
Él parecía aliviado.
—Sabía que te gustaría.
—También tengo una sorpresa para ti.
Su sonrisa se amplió.
—¿Qué cosa?
Saqué una carpeta y la coloqué sobre la mesa.
Yu Xiao la abrió.
En la primera página estaba la copia de su verdadero certificado de matrimonio con Lin Mengyao.
Su rostro perdió el color.
Pasó rápidamente a la segunda hoja.
Allí aparecía el informe que confirmaba que nuestro certificado era falso.
—Jiamin…
—Todavía no termines.
Debajo estaban las capturas de pantalla, las amenazas, los registros de sus viajes y la información sobre sus padres vivos.
Yu Xiao dejó caer los documentos.
—Puedo explicarlo.
Solté una carcajada.
—¿Qué parte? ¿La esposa legal? ¿Los padres muertos que siguen vivos? ¿O los ocho años de matrimonio que nunca existieron?
—Mi familia me obligó.
—Tienes treinta y cuatro años.
—Yaoyao me esperó durante una década.
—Y yo te di ocho años y dos hijos.
Él se acercó.
—Tú eres diferente.
—¿Diferente cómo?
—Tú eres la madre de mis hijos. Nadie puede reemplazarte.
Por primera vez comprendí la lógica cruel con la que había construido su vida.
Lin Mengyao era la esposa que su familia aceptaba.
Yo era la mujer que cuidaba su hogar y le daba hijos.
Él no veía contradicción.
Creía que podía conservarnos a ambas.
—¿Por eso insististe en que nuestro primer hijo llevara mi apellido?
Yu Xiao apartó la mirada.
—Era más sencillo.
—¿Más sencillo para quién?
No respondió.
—¿Lin Mengyao sabía de los niños?
—Sí.
Aquello dolió más de lo esperado.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
Sentí que me faltaba el aire.
Ella no había descubierto mi existencia recientemente.
Había permitido que otra mujer viviera con el hombre que consideraba suyo, siempre que esa mujer permaneciera escondida y sin derechos.
—Te marcharás esta noche —dije.
Yu Xiao levantó la cabeza.
—Esta casa también es mía.
—No.
Saqué la escritura.
La propiedad había sido comprada con dinero de mis padres y registrada únicamente a mi nombre.
Yu Xiao la leyó con incredulidad.
—Somos marido y mujer.
—Nunca lo fuimos.
Aquella frase lo dejó inmóvil.
Entonces miró hacia las habitaciones.
—¿Dónde están los pasaportes de los niños?
No respondí.
Su expresión cambió.
—Jiamin, ¿qué hiciste?
—Lo que debí hacer hace ocho años.
Corrió hacia el dormitorio.
Abrió armarios.
Cajones.
Encontró espacios vacíos que antes no había notado.

—¿Adónde piensas ir?
—Lejos de ti.
Me agarró de la muñeca.
—No puedes llevarte a mis hijos.
Me solté.
—Hace años te aseguraste de que oficialmente no aparecieran dentro de tu familia. Ahora no puedes fingir sorpresa porque estén protegidos dentro de la mía.
—¡Soy su padre!
—Entonces tendrás que demostrarlo legalmente y responder por cada mentira.
Su teléfono comenzó a sonar.
Era Lin Mengyao.
No contestó.
Volvió a llamar.
Después apareció un mensaje en la pantalla:
«A Xiao, tus padres ya saben que Chu Jiamin descubrió todo. Tu padre está furioso. Dice que lleves a los niños a casa inmediatamente.»
Leí el mensaje.
—Así que ellos también lo sabían.
Yu Xiao bloqueó la pantalla.
—Escúchame. Podemos arreglarlo.
—No quiero arreglar nada.
En ese momento sonó el timbre.
El abogado Liang entró acompañado por dos personas.
—Señora Chu, el vehículo está listo.
Yu Xiao se interpuso.
—Nadie sale de aquí.
Liang abrió una carpeta.
—Señor Ting, le recomiendo no impedir el traslado. También debe responder a una citación relacionada con falsificación documental y amenazas contra la señora Chu y sus hijos.
—Yo no la amenacé.
—Su esposa legal sí.
Yu Xiao cerró los ojos.
Aquel título finalmente sonó como una condena.
Tres horas después estaba en el aeropuerto con mis hijos.
Mi madre nos esperaba al otro lado del control migratorio en una videollamada.
El mayor sostenía mi mano.
El pequeño dormía contra mi pecho.
Detrás de nosotros, Yu Xiao llegó corriendo acompañado por sus padres y Lin Mengyao.
Su madre señaló hacia mí.
—¡Esos niños pertenecen a nuestra familia!
El niño mayor se escondió detrás de mi pierna.
Yu Xiao intentó acercarse, pero el personal de seguridad lo detuvo.
—Jiamin, no te vayas.
Lo miré por última vez.
—Durante ocho años me hiciste creer que tenía un esposo.
—Te amo.
—No. Amabas la comodidad de tenerme esperando.
Lin Mengyao gritó desde atrás:
—¡A Xiao, déjala! Tendremos nuestros propios hijos!
Entonces un hombre de traje salió de una oficina del aeropuerto.
Se acercó al padre de Yu Xiao y le entregó un sobre.
El anciano lo abrió.
Su rostro cambió de inmediato.
—¿Qué hiciste? —le preguntó a su hijo.
Yu Xiao frunció el ceño.
El hombre explicó:
—La investigación preliminar encontró que el certificado falso utilizado por la señora Chu fue emitido mediante documentos internos de la empresa familiar Ting.
Todos miraron al padre de Yu Xiao.
Él palideció.
—Eso no es posible.
El abogado Liang se volvió hacia mí.
—Señora Chu, parece que su falsa boda no fue organizada únicamente por Ting Yu Xiao.
—¿Qué quiere decir?
Me mostró una copia de la solicitud presentada ocho años atrás.
Abajo no aparecía solo la firma de Yu Xiao.
También figuraba la autorización de su padre.
La familia entera había participado.
No para protegerme.
Para convertir mi vida y la de mis hijos en un secreto legalmente inexistente.
Yu Xiao miró a sus padres.
—¿Ustedes prepararon esto?
Su madre respondió con frialdad:
—Era temporal. Hasta que la familia Lin aceptara tu matrimonio con Mengyao.
Por primera vez, Yu Xiao pareció comprender que incluso él había sido utilizado.
Pero ya no era mi problema.
El anuncio de embarque resonó sobre nuestras cabezas.
Tomé las manos de mis hijos y avancé.
Detrás de mí, Yu Xiao gritó mi nombre hasta quedarse sin voz.
No me volví.
Porque aquella mañana no estaba abandonando a mi esposo.
Estaba escapando de un matrimonio que jamás había existido.
Y cuando el avión despegó, Ting Yu Xiao finalmente entendió algo que ningún certificado podía cambiar:
Había pasado ocho años creyendo que podía esconderme cuando quisiera.
Pero ahora que yo había desaparecido de su vida, no existía documento, apellido ni familia poderosa capaz de obligarme a regresar.