parte 2: LA CASA NUNCA FUE SUYA

Los cinco minutos parecieron eternos.

Andrés fue el primero en romper el silencio.

—Esto es ridículo.

Se levantó, tomó su copa de vino y bebió como si todavía tuviera el control.

—Compré esta casa cuando me casé con Valeria.

—No —respondí—. Te mudaste aquí cuando te casaste con ella.

Rebecca soltó una risa seca.

—¿Y cuál es la diferencia?

La miré.

—Unos cuantos millones de pesos y un documento que su hijo jamás se molestó en leer.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Valeria seguía junto al fregadero, abrazándose el cuerpo.

Me quité el abrigo y se lo puse sobre los hombros.

—Mamá, no entiendo.

—Lo sé, cariño.

Andrés avanzó.

—Quítale eso. Todavía tiene cosas que hacer.

Lo miré lentamente.

—Intenta detenerme.

Se quedó inmóvil.

El timbre sonó.

Una vez.

Después otra.

Andrés miró hacia la entrada.

—¿Quién demonios…?

—Tus cinco minutos.

Abrí la puerta.

El licenciado Salgado entró acompañado por una notaria y dos miembros del equipo de seguridad de mi empresa.

Llevaba una carpeta negra.

Rebecca se levantó.

—No pueden entrar así.

Salgado ni siquiera la miró.

—Buenas noches, señora Serrano.

Colocó la carpeta sobre la mesa.

—Por instrucciones de la propietaria, venimos a ejecutar la cláusula de revocación de ocupación.

Andrés palideció.

—¿Propietaria?

Salgado abrió el expediente.

—Esta residencia fue adquirida hace siete años por Inversiones Altamira. Posteriormente se concedió un derecho de uso residencial a la señora Valeria Serrano y a su cónyuge mientras se mantuvieran determinadas condiciones.

Andrés me señaló.

—¿Qué tiene que ver ella con Altamira?

El abogado guardó silencio.

Yo respondí.

—Todo.

Rebecca frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que Altamira es mía.

Valeria abrió los ojos.

—Mamá…

Nunca le había contado toda la verdad.

Después de que murió su padre, permití que todos creyeran que había vendido nuestra pequeña empresa de construcción.

En realidad, la había transformado.

Durante quince años compré terrenos, bodegas y edificios a través de sociedades distintas.

Nunca quise que Valeria creciera pensando que el dinero podía resolverlo todo.

Y jamás imaginé que algún día tendría que utilizarlo para sacarla de su propia prisión.

Andrés golpeó la carpeta.

—Esto es una estafa.

La notaria dio un paso adelante.

—Puede solicitar una revisión judicial. Pero los documentos son auténticos.

—¡Yo pagué remodelaciones!

—Con dinero transferido desde la cuenta conjunta de su esposa —respondió Salgado.

Andrés miró a Valeria.

Ella bajó los ojos.

Aquello me bastó.

—¿Qué más has pagado por él?

—Mamá, por favor.

—Valeria.

Su voz se quebró.

—No aquí.

Andrés reaccionó inmediatamente.

—No tiene nada que contarte.

Entonces comprendí que la casa no era el verdadero problema.

Me acerqué a mi hija.

—Enséñame el brazo.

—Mamá…

—Por favor.

Valeria comenzó a temblar.

Rebecca intervino.

—Esto ya es grotesco. Las parejas discuten.

—Cállese.

Por primera vez, perdió completamente la compostura.

—¿Cómo se atreve?

—Me atrevo porque encontré a mi hija descalza, con las manos moradas, obedeciendo órdenes dentro de una casa que yo compré para protegerla.

Valeria finalmente levantó la manga.

El moretón que había visto no era el único.

Había varias marcas.

Algunas recientes.

Otras amarillentas.

Sentí que la rabia me subía por el pecho.

Pero no grité.

No necesitaba hacerlo.

Salgado cerró lentamente la carpeta.

Incluso los guardias cambiaron de expresión.

Andrés retrocedió.

—No fue como parece.

Valeria soltó una pequeña risa.

Una risa vacía.

—Siempre dices eso.

Todos la miramos.

Ella se cubrió la boca, como sorprendida de haber hablado.

—Cariño —susurré—, mírame.

Lo hizo.

—No tienes que protegerlo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Me dijo que si te contaba algo…

Andrés avanzó.

—¡Valeria!

Uno de los guardias se interpuso.

—Termina la frase —le pedí.

Mi hija tragó saliva.

—Dijo que te destruiría.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo?

Valeria miró a Rebecca.

Y por primera vez vi miedo en el rostro de aquella mujer.

—Encontraron documentos sobre tu empresa.

Rebecca se puso de pie.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sí sé.

La voz de Valeria se fortaleció.

—Los escuché.

Andrés empezó a caminar hacia el pasillo.

—Necesito llamar a mi abogado.

—No —dijo Salgado.

Andrés se detuvo.

—¿Perdón?

—Antes debería revisar su teléfono.

Sacó otra hoja de la carpeta.

—Porque hace cuarenta minutos recibimos una alerta relacionada con un intento de acceso no autorizado a una cuenta corporativa de Altamira.

Miré a Andrés.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Salgado continuó.

—La solicitud fue realizada desde esta dirección.

Rebecca palideció.

—Eso no demuestra nada.

—Correcto.

El abogado sacó una segunda hoja.

—Pero la dirección IP no fue lo único registrado.

Dejó sobre la mesa una impresión.

Había un nombre.

Andrés Serrano.

Valeria retrocedió.

—¿Entraste en las cuentas de mi madre?

—Solo estaba investigando.

—¿Investigando qué?

No respondió.

Entonces Rebecca habló.

—Basta.

Su tono había cambiado.

Ya no parecía una suegra arrogante.

Parecía alguien tomando una decisión.

—Andrés, vámonos.

—Mamá…

—Ahora.

Los guardias bloquearon la salida.

—Nadie ha dicho que puedan irse —dije.

Rebecca me miró fijamente.

—No sabes con quién estás jugando.

Aquella frase me sorprendió.

No porque me intimidara.

Sino porque no sonaba como una amenaza improvisada.

Salgado también lo notó.

—¿Hay algo que quiera explicarnos?

Rebecca sonrió.

—Pregúntele a su preciosa hija por qué Andrés realmente se casó con ella.

Valeria palideció.

—¿Qué?

Andrés agarró a su madre del brazo.

—Cállate.

Demasiado tarde.

Rebecca se soltó.

—¿De verdad creías que mi hijo se enamoró de ti por casualidad?

El comedor quedó en silencio.

—Mamá —dijo Andrés entre dientes.

—Ya nos echaron de la casa. ¿Qué importa?

Rebecca me señaló.

—Él sabía quién era usted antes de conocer a Valeria.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Miré a mi hija.

Ella parecía igual de confundida.

—Eso es mentira —dijo.

Rebecca soltó una carcajada.

—Pregúntale dónde trabajaba seis meses antes de conocerte.

Andrés perdió el color.

Salgado abrió rápidamente su computadora.

—¿Qué estamos buscando?

Rebecca respondió antes que nadie.

—Grupo Mendoza.

El abogado dejó de escribir.

Yo conocía ese nombre.

Demasiado bien.

Grupo Mendoza había sido el principal competidor de mi marido antes de su muerte.

Y también la empresa que intentó destruir Altamira quince años atrás.

—Eso es imposible —murmuré.

Rebecca sonrió.

—No. Lo imposible es que durante tantos años nunca se preguntara por qué murió realmente su esposo.

Valeria me agarró la mano.

—Mamá…

En ese instante, el teléfono de Salgado sonó.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

Giró el teléfono hacia mí.

Una cámara de seguridad mostraba mi oficina privada.

La caja fuerte estaba abierta.

Un hombre revolvía los archivos.

Reconocí inmediatamente su abrigo.

Había cenado en mi casa.

Había asistido al funeral de mi esposo.

Había sido mi abogado durante los primeros diez años de Altamira.

Salgado susurró:

—¿Qué está buscando?

Entonces recordé algo que no había pensado en quince años.

El expediente original del accidente de mi marido.

Y comprendí que Andrés nunca había entrado en nuestra familia para quedarse con aquella casa.

Había entrado buscando algo que mi esposo escondió antes de morir.

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