Parte 2: LA ÚLTIMA MENTIRA DE FELICITY

Felicity cerró la puerta de la camioneta con una calma que me heló la sangre.

Los dos hombres que caminaban detrás de ella llevaban carpetas de cuero, trajes oscuros y esa expresión neutra que utilizan los abogados cuando llegan preparados para convertir una tragedia humana en un asunto de documentos.

Josephine apretó a los gemelos contra su pecho.

—¿Qué hace ella aquí?

No pude responder.

Felicity sí.

—Vengo a resolver un problema.

Sentí que la rabia me subía por el pecho.

—El único problema aquí eres tú.

Ella ni siquiera me miró.

Sus ojos estaban clavados en Josephine.

—Señora Carter, estos caballeros representan a la familia Danforth.

Josephine soltó una risa amarga.

—Ya no soy señora Carter.

Aquellas palabras me dolieron porque eran ciertas.

Felicity sonrió.

—Precisamente.

Uno de los abogados abrió una carpeta.

—Tenemos una petición de emergencia relacionada con el bienestar de los menores.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué menores?

El hombre miró a los bebés.

—Ellos.

Di un paso adelante.

—Ni se te ocurra.

—Bennett —dijo Felicity—, no compliques esto.

—¿Qué hiciste?

—Nada que no estuviera preparada para hacer desde hace meses.

Josephine palideció.

Entonces lo entendí.

Felicity sabía de los gemelos mucho antes de que yo los descubriera.

—¿Desde cuándo sabes que existen?

Por primera vez su sonrisa vaciló.

—Eso no importa.

—Importa mucho.

Winston apareció desde el edificio del refugio. Había estado hablando con la directora y, al ver a Felicity, su expresión cambió.

—No firme nada —dijo inmediatamente.

Uno de los abogados frunció el ceño.

—¿Y usted es?

—El hombre que encontró los pagos utilizados para falsificar pruebas contra Josephine Carter.

Felicity perdió el color.

Winston levantó el teléfono.

—Y también encontré algo esta tarde.

Me miró.

—Bennett, hay otro fideicomiso.

—¿Qué fideicomiso?

Josephine bajó lentamente los ojos hacia uno de los bebés.

Felicity reaccionó demasiado rápido.

—No tiene ninguna relevancia.

Winston sonrió.

—Entonces ya sabes cuál es.

Silencio.

El investigador se acercó.

—Tu padre creó un fideicomiso familiar hace quince años. Hay una cláusula específica: si Bennett Carter tiene descendencia biológica antes de los cuarenta años, determinadas acciones de Carter-Danforth Holdings pasan directamente a esos hijos.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Acciones?

Felicity cerró los puños.

Winston continuó:

—Treinta y uno por ciento de la compañía.

Josephine me miró.

—Yo no sabía nada.

—Te creo.

Y lo hacía.

Pero Felicity sí lo sabía.

Todo comenzó a encajar.

No había destruido mi matrimonio solamente porque me quisiera.

Ni siquiera porque odiara a Josephine.

Necesitaba que yo nunca supiera que tenía hijos.

—¿Por eso bloqueaste el hospital?

Felicity no respondió.

—¿Por eso interceptaste las cartas?

Silencio.

—¿Por eso hiciste que pareciera que Josephine me había robado?

Finalmente me miró.

Su expresión ya no tenía nada de dulce.

—Tu padre siempre quiso que tú controlaras la empresa.

—Mi padre murió.

—Y dejó una estructura diseñada para entregar el control a tus hijos.

Señaló a los bebés.

—A esos niños.

Josephine dio un paso atrás.

—No los llames así.

Felicity soltó una pequeña carcajada.

—¿Qué quieres que diga? ¿Herederos?

La palabra cayó como una amenaza.

Winston miró a los abogados.

—Supongo que ahora querrán explicar por qué presentaron una petición de custodia utilizando información médica obtenida ilegalmente.

Los dos hombres se miraron.

Felicity giró hacia ellos.

—No digan nada.

Demasiado tarde.

Uno de ellos cerró la carpeta.

—Señorita Danforth, usted nos aseguró que la madre representaba un riesgo para los menores.

Josephine se tensó.

—¿Qué?

—Eso nos dijeron.

El abogado sacó varias hojas.

—Tenemos informes donde consta abandono, inestabilidad psicológica y consumo de sustancias.

Miré a Winston.

Él negó lentamente.

—Falsificados.

Josephine comenzó a temblar.

—Nunca he consumido nada.

—Lo sé —respondí.

Felicity me miró con desprecio.

—Ahora sí le crees todo.

Aquello me golpeó.

Porque tenía razón en algo.

Ahora la creía.

Cuando ya había llegado demasiado tarde.

Me volví hacia Josephine.

—No puedo cambiar lo que hice.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No.

—Pero puedo impedir que vuelva a ocurrir.

Antes de que Felicity pudiera responder, escuchamos otra camioneta detenerse.

Dos vehículos oficiales entraron al estacionamiento.

Winston guardó su teléfono.

—Los llamé cuando vi quién había llegado.

Felicity retrocedió.

—¿A quién?

—A personas que quieren hablar contigo sobre fraude, manipulación de registros médicos y falsificación de evidencia.

Su rostro se transformó.

Ya no parecía arrogante.

Parecía desesperada.

Entonces hizo algo inesperado.

Miró a Josephine.

—Diles la verdad.

Josephine frunció el ceño.

—¿Qué verdad?

—La razón por la que Bennett nunca recibió tus cartas.

—Porque tú las interceptaste.

—No todas.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Felicity sonrió.

—Pregúntale dónde estuvo durante los primeros tres meses después del divorcio.

Josephine palideció.

—Cállate.

La miré.

—Josephine.

—Bennett, no.

Felicity soltó una risa.

—¿Ves? Ella también te ocultó cosas.

—Después de lo que le hice, tenía derecho a desaparecer.

—Esto no tiene que ver con desaparecer.

La voz de Felicity bajó.

—Tiene que ver con tu madre.

Mi respiración se detuvo.

—Mi madre murió hace cinco años.

Felicity negó.

—Eso es lo que tú crees.

Winston se volvió hacia ella.

—¿Qué estás diciendo?

—Que todo el mundo sigue mirando mis cuentas, mis pagos, mis abogados.

Se acercó unos centímetros.

—Pero nadie se ha preguntado quién me enseñó exactamente qué documentos falsificar.

El estacionamiento quedó en silencio.

Josephine comenzó a llorar.

No de tristeza.

De miedo.

—Josephine —susurré—, ¿qué sabe ella?

Mi ex esposa miró a los gemelos.

Después a mí.

—Cuando estaba embarazada, una mujer vino a verme.

—¿Quién?

—No quiso decirme su nombre.

—¿Cómo era?

Josephine tragó saliva.

—Cabello gris. Una cicatriz pequeña cerca de la mandíbula.

Sentí que se me helaba la sangre.

Mi madre tenía aquella cicatriz desde un accidente de automóvil cuando yo era niño.

—Eso es imposible.

Josephine cerró los ojos.

—Ella sabía cosas sobre ti que nadie más podía saber.

Felicity sonrió.

—Finalmente.

Las autoridades ya caminaban hacia nosotros cuando Winston recibió una llamada.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después me miró con una expresión que jamás olvidaré.

—Bennett…

—¿Qué?

—Acaban de comprobar el certificado de defunción de tu madre.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Y?

Winston bajó lentamente el teléfono.

—La mujer enterrada hace cinco años no era tu madre.

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