parte 2: LA PRUEBA QUE DESTRUYÓ A LOS GU

Dos años después, Nueva York.

La nieve cubría los jardines de la mansión de Long Island cuando Dao An recibió un sobre procedente de China.

No llevaba remitente.

Dentro había una invitación de boda.

Gu Jingxuan y Bai Weiyi.

Dao An permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después soltó una pequeña risa.

Habían tardado dos años.

Dos años en convertir a la amante embarazada en esposa legítima.

Dos años en preparar la boda que la familia Gu presentaría ante toda la élite empresarial como la unión perfecta.

Pero Dao An sabía algo que ellos ignoraban.

Los trillizos de Bai Weiyi no eran hijos de Gu Jingxuan.

Y aquella no era siquiera la peor noticia.

Sobre la alfombra del salón, cuatro niños de casi dos años jugaban alrededor de una enorme pista de madera.

Tres varones.

Y una niña.

Todos tenían los mismos ojos oscuros.

La misma nariz recta.

Y aquella expresión obstinada que Dao An recordaba demasiado bien.

Sihan, que se había mudado temporalmente a Estados Unidos para acompañarla durante los últimos meses del embarazo, entró con dos tazas de té.

—¿Vas a enviarla?

Dao An dejó la invitación sobre la mesa.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Esperé dos años para estar segura.

Abrió un cajón.

Dentro había cuatro sobres sellados.

Resultados genéticos.

No simples pruebas domésticas.

Eran análisis realizados por dos laboratorios independientes, con cadena de custodia y documentación legal.

Sihan observó los nombres.

—La familia Gu va a explotar.

—Eso depende de qué sobre abran primero.


En Shanghái, la boda de Gu Jingxuan reunió a empresarios, políticos y representantes de las familias más poderosas de la ciudad.

Bai Weiyi llevaba un vestido confeccionado en París.

Sus tres hijos, vestidos con pequeños trajes blancos, aparecieron durante la ceremonia acompañados por la suegra de Dao An.

La mujer estaba radiante.

—Tres nietos varones —repetía orgullosamente—. La familia Gu finalmente tiene herederos.

Gu Zhenxiong sonreía frente a las cámaras.

Durante dos años había presumido que la expulsión de Dao An había sido la decisión correcta.

La exnuera estéril había desaparecido.

Bai Weiyi les había dado tres descendientes.

Todo parecía perfecto.

Hasta que un empleado del hotel entró con un paquete.

—Señor Gu, acaba de llegar un regalo desde Estados Unidos.

Gu Jingxuan frunció el ceño.

—¿De quién?

El empleado miró la tarjeta.

—Dao An.

El nombre cayó como una piedra.

Bai Weiyi perdió la sonrisa.

Gu Zhenxiong extendió la mano.

—Dámelo.

Dentro había una caja de madera negra.

Y una nota.

“Felicidades por la boda. Pensé que era hora de que toda la familia conociera a sus verdaderos hijos.”

Gu Jingxuan se quedó inmóvil.

—¿Qué significa esto?

Su padre abrió el primer sobre.

Leyó.

Después volvió a leer.

Su rostro cambió.

—Papá —dijo Jingxuan—. ¿Qué ocurre?

Gu Zhenxiong levantó los ojos.

—Estos son resultados de paternidad.

Bai Weiyi dio un paso atrás.

—Eso debe ser falso.

—Todavía no he dicho de quién.

El salón comenzó a murmurar.

Gu Jingxuan arrancó el papel de las manos de su padre.

Nombre del presunto padre:

Gu Jingxuan.

Sujetos analizados:

Los cuatro hijos de Dao An.

Probabilidad de paternidad:

99,9998 %.

Todo ruido desapareció.

La madre de Jingxuan se dejó caer en una silla.

—Cuatro…

Gu Jingxuan parecía haber olvidado cómo respirar.

—Dao An estaba embarazada.

Bai Weiyi gritó:

—¡Eso no demuestra nada! ¡Pudo haber manipulado las pruebas!

Gu Zhenxiong abrió el segundo sobre.

Esta vez había fotografías.

Cuatro niños.

Los tres varones parecían pequeñas copias de Jingxuan.

Pero la niña…

La niña era idéntica a una fotografía infantil de la difunta abuela de Gu Jingxuan.

La mano del anciano comenzó a temblar.

—Cuatro hijos.

Su voz apenas salió.

—La echamos embarazada de cuatro hijos.

La suegra de Dao An empezó a llorar.

—¿Por qué no nos dijo nada?

Gu Jingxuan levantó lentamente la cabeza.

—Porque le pedimos que desapareciera.

Nadie respondió.

Entonces Bai Weiyi intentó quitarle la caja.

—Ya basta.

Dao An había previsto aquello.

Quedaba un tercer sobre.

Gu Zhenxiong lo abrió.

Y su expresión pasó de la conmoción a algo mucho más peligroso.

—Weiyi.

Ella se detuvo.

—¿Sí, presidente Gu?

—Acércate.

—¿Qué ocurre?

—He dicho que te acerques.

Bai Weiyi obedeció.

El anciano levantó el documento.

—Explícame esto.

La novia lo miró.

Y palideció.

Era otra prueba genética.

Pero aquella correspondía a sus trillizos.

Gu Jingxuan leyó por encima del hombro de su padre.

Sus ojos se abrieron lentamente.

Probabilidad de paternidad de Gu Jingxuan: 0 %.

—No…

Bai Weiyi comenzó a negar.

—No, eso está manipulado.

Jingxuan tomó las páginas.

—¿Los niños no son míos?

—Claro que son tuyos.

—¡Aquí dice que no!

—Dao An está intentando vengarse.

Gu Zhenxiong golpeó la mesa.

—Entonces repetiremos la prueba hoy mismo.

Bai Weiyi dejó de hablar.

Aquel silencio la condenó.

La madre de Jingxuan se acercó a ella.

—¿De quién son?

—Mamá Gu…

—¡No me llames así!

Bai Weiyi comenzó a llorar.

—Fue un error.

Gu Jingxuan se quedó mirándola.

—¿Un error tres veces?

—Son trillizos.

Algunos invitados bajaron la cabeza para esconder sus expresiones.

—¿Quién es el padre? —preguntó Gu Zhenxiong.

Ella no respondió.

Entonces se abrió el último sobre.

Solo contenía una fotografía.

Bai Weiyi entrando a un hotel dos años y medio atrás.

Del brazo de un hombre.

Gu Jingxuan lo reconoció inmediatamente.

—No puede ser.

Gu Zhenxiong tomó la foto.

Su rostro se volvió gris.

El hombre era Gu Minghao.

El hermano menor de Gu Jingxuan.

La madre de ambos soltó un grito.

—¡Minghao!

En aquel instante, desde el fondo del salón, alguien dejó caer una copa.

Todas las miradas se giraron.

Gu Minghao estaba allí.

Había asistido a la boda como padrino.

Y su rostro decía todo lo que Bai Weiyi todavía intentaba negar.

Gu Jingxuan avanzó hacia él.

—Dime que esto es mentira.

Minghao no respondió.

—¡Dímelo!

—Jingxuan…

Bastó escuchar su voz.

Gu Jingxuan lo golpeó.

El salón explotó en gritos.

Gu Zhenxiong ordenó cerrar las puertas.

—¡Nadie sale!

Pero mientras todos miraban a los hermanos, el teléfono del patriarca vibró.

Un mensaje internacional.

Procedente de Dao An.

“Presidente Gu, ya abrió tres sobres. El cuarto es el importante.”

Gu Zhenxiong miró dentro de la caja.

Había otro compartimento oculto.

Lo abrió.

Encontró documentos corporativos.

Contratos.

Transferencias.

Y la copia del cheque de cuatro mil millones que él mismo había entregado dos años antes.

Pero el dinero ya no figuraba como efectivo.

Dao An lo había utilizado para adquirir silenciosamente acciones de empresas relacionadas con la familia Gu durante una crisis bursátil.

Una compañía.

Después otra.

Luego otra.

Gu Zhenxiong comenzó a sumar participaciones.

Diez por ciento.

Dieciocho.

Veintiséis.

Hasta llegar a una cifra que hizo que sus manos dejaran de responder.

Dao An controlaba indirectamente el 41 % del Grupo Gu.

Gu Jingxuan tomó el documento.

—¿Cómo pudo hacer esto?

Su padre no respondió.

En la última página había una convocatoria extraordinaria del consejo.

Fecha:

El lunes siguiente.

Tema:

Destitución del presidente y reorganización del control accionarial.

La firma al final era clara.

Dao An.

Entonces llegó un último mensaje.

Esta vez acompañado por una fotografía.

Dao An aparecía en las escaleras de un avión privado junto a sus cuatro hijos.

El sello de ubicación indicaba:

Aeropuerto Internacional de Shanghái-Pudong.

Gu Zhenxiong levantó lentamente la vista.

—Ha regresado.

Gu Jingxuan sintió que el corazón se le detenía.

Después de dos años creyendo que había expulsado para siempre a la mujer que ya no necesitaba…

Dao An acababa de regresar con sus cuatro hijos, casi la mitad de su empresa y una última prueba genética que todavía nadie había visto.

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