PARTE 2: EL SEGUNDO TELÉFONO BAJO EL VESTIDO.

Cuatro días antes de la boda, Mariana encontró la prueba que llevaba meses buscando.

No estaba en el bolso de Regina.

Ni en su recámara.

Ni siquiera en la casa.

Estaba escondida dentro del cesto de basura del despacho de Santiago.

Un sobre pequeño, roto por la mitad.

Mariana lo recogió mientras limpiaba y reconoció inmediatamente el nombre del laboratorio.

La misma farmacia donde Regina había comprado el frasco sin etiqueta enviaba muestras allí.

Esa tarde, aprovechando su descanso, llevó una de las servilletas donde Regina había derramado accidentalmente unas gotas del líquido semanas antes.

No esperaba obtener respuesta tan rápido.

Pero el laboratorio llamó al día siguiente.

—Señorita Cruz, necesitamos saber de dónde obtuvo esta muestra.

—¿Por qué?

Hubo un silencio.

—Porque contiene una sustancia tóxica que, administrada repetidamente, podría provocar alteraciones cardiacas graves.

Mariana sintió que las piernas se le aflojaban.

—¿Podría parecer una muerte natural?

El hombre dudó.

—Dependiendo de la dosis y del historial médico, sí.

Mariana pidió el informe por escrito.

Luego hizo tres copias.

Una la guardó con su abuela.

Otra la entregó a una amiga.

La tercera la llevó consigo a la boda.

Porque ya no tenía dudas.

Regina no estaba planeando abandonar a Santiago. Estaba preparando su viudez.


Ahora, frente a trescientos invitados, Regina seguía cubierta de pastel mientras dos guardias intentaban separar a Mariana.

—¡Está loca! —gritó Regina—. ¡Arresten a esa mujer!

La madre de Santiago se levantó horrorizada.

—¡Mariana, qué has hecho!

Santiago soltó finalmente el cuchillo ceremonial.

—Todos quietos.

Su voz cortó el caos.

Mariana respiraba con dificultad.

Tenía el frasco en una mano.

El sobre en la otra.

—Señor Santiago, por favor, lea esto antes de permitir que me saquen.

Regina se abalanzó.

—¡No le creas! Está obsesionada contigo.

Mariana la miró.

—Si estuviera obsesionada, habría intentado impedir la boda hace meses.

Abrió el sobre.

Sacó el análisis.

—Esto estaba en su estuche de maquillaje.

Regina palideció.

—¡Lo puso ella!

—Tengo fotografías con fecha de hace cuatro semanas.

Santiago tomó las hojas.

Leyó en silencio.

Su rostro comenzó a endurecerse.

—¿Qué sustancia es esta?

Mariana respondió:

—Una que puede alterar el ritmo cardiaco si se administra durante un periodo prolongado.

Los invitados dejaron de murmurar.

Regina empezó a llorar.

—Santiago, mírame. ¿De verdad vas a creerle a una empleada?

Él no levantó la cabeza.

—¿Dónde está el frasco original?

Mariana señaló su mano.

—Aquí.

Regina intentó arrebatárselo.

Dos guardias la sujetaron.

Aquella reacción hizo más daño que cualquier acusación.

Santiago la miró por primera vez como si no la conociera.

—Regina.

Ella dejó de forcejear.

—Puedo explicarlo.

—Entonces hazlo.

—Era para mi madre.

—Tu madre vive en España.

Silencio.

Mariana abrió otra carpeta.

—También tengo esto.

Sacó copias de los mensajes que había logrado fotografiar del teléfono de Regina.

Mauricio Rivas.

Pagos.

Fechas.

La frase sobre la póliza.

Santiago leyó una línea.

Después otra.

Su mano comenzó a temblar.

—¿Quién es Mauricio?

Regina negó.

—No significa lo que parece.

—Pregunté quién es.

—Un médico.

—¿El hombre con quien planeabas mi muerte?

El salón entero quedó en absoluto silencio.

Regina bajó la voz.

—Santiago, por favor.

Mariana se acercó.

—Hay algo más.

Regina levantó la cabeza de golpe.

Por primera vez, el miedo apareció claramente en sus ojos.

Mariana lo vio.

—Durante meses la escuché hablar con un teléfono que nunca usaba delante de usted.

Santiago frunció el ceño.

—¿Qué teléfono?

Regina retrocedió.

Mariana señaló el vestido.

—El segundo.

Todos miraron hacia ella.

—No tengo ningún teléfono.

—Sí lo tiene.

—¡Está mintiendo!

Mariana miró directamente a Santiago.

—Revise el compartimento interior del vestido.

Regina intentó cubrirse la cintura.

Demasiado tarde.

La madre de Santiago se acercó.

—Regina, entrega el teléfono.

—¡No me toquen!

Uno de los guardias llamó a una agente de seguridad.

Minutos después, una mujer revisó discretamente el vestido.

Cuando volvió, sostenía un teléfono pequeño y negro.

El rostro de Regina se derrumbó.

Santiago tomó el aparato.

—Contraseña.

—No.

—Regina.

—Es privado.

—Hace diez minutos casi firmo un matrimonio contigo mientras alguien me acusa de que planeas matarme.

Extendió el teléfono.

—Ábrelo.

Ella permaneció inmóvil.

Entonces Mariana habló.

—Pruebe con la fecha de nacimiento de Mauricio Rivas.

Regina la miró con odio.

Santiago escribió los números.

El teléfono se desbloqueó.

El primer mensaje estaba fijado en la pantalla.

“LA PÓLIZA ENTRA EN VIGOR DESPUÉS DE LA CEREMONIA. NO TE ADELANTES.”

Santiago dejó de respirar.

Abrió la conversación.

Los mensajes seguían durante meses.

Dosis.

Horarios.

Fotografías del despacho.

Copias de documentos.

Regina preguntando cuánto tiempo debía esperar después de la boda para evitar sospechas.

La madre de Santiago comenzó a llorar.

—Dios mío.

Él continuó desplazándose.

Hasta que encontró una fotografía.

Era el testamento de su abuelo.

—¿Cómo tienes esto?

Regina no respondió.

Santiago abrió otra imagen.

Un contrato privado.

La firma de su padre aparecía abajo.

Su expresión cambió.

—Esto estaba en la caja fuerte de mi oficina.

Mariana se quedó inmóvil.

Ella nunca había visto aquel documento.

—Regina —dijo Santiago—. ¿Quién te dio acceso?

Entonces sonaron sirenas afuera.

Alguien había llamado a la policía.

Regina empezó a temblar.

—No entiendes nada.

—Explícamelo.

—Tu familia nunca fue la víctima.

Santiago frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Regina miró a Mariana.

Luego sonrió.

Una sonrisa rota.

—Pregúntale por qué una empleada doméstica sabía exactamente dónde buscar cada prueba.

Todos giraron hacia Mariana.

Ella sintió un frío repentino.

—Porque la observé durante meses.

—No.

Regina negó lentamente.

—Porque alguien la estaba guiando.

Mariana retrocedió.

—Eso es mentira.

Regina levantó la barbilla.

—Entonces revisen el historial de llamadas del teléfono.

Santiago abrió los registros.

Había un número repetido decenas de veces.

No pertenecía a Mauricio.

Mariana reconoció los últimos cuatro dígitos.

Se quedó paralizada.

Era el número de su hermano menor.

El muchacho cuya universidad había estado pagando durante años.

—Eso no puede ser.

Santiago marcó el contacto.

El teléfono de Mariana comenzó a sonar.

Pero no era el suyo.

El sonido provenía del bolsillo interior de su bolso.

Confundida, lo abrió.

Dentro había un segundo aparato que jamás había visto.

Los guardias se tensaron.

Mariana lo sacó con manos temblorosas.

En la pantalla apareció una fotografía tomada aquella misma mañana.

Ella entrando al salón.

Debajo había un mensaje.

“SI REGINA CAE, MARIANA DEBE PARECER SU CÓMPLICE. NADIE PUEDE DESCUBRIR QUIÉN ORDENÓ REALMENTE LA MUERTE DE SANTIAGO.”

El rostro de Santiago se volvió completamente blanco.

—¿Quién envió eso?

Mariana abrió la información del contacto.

Y sintió que el mundo se derrumbaba.

Porque el número estaba registrado a nombre de una persona que todos los presentes conocían.

EL PADRE DE SANTIAGO.

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