Elias no respondió.
Durante varios segundos, simplemente miró a Sophie, como si su hija acabara de pronunciar una verdad que él todavía no estaba preparado para escuchar.
—Papá —insistió ella—, ¿es mi hermanito?
Mi mano permaneció sobre mi vientre.
El bebé se movió justo en ese instante.
Elias lo vio.
Algo se quebró en su expresión.
—Sophie —dije con suavidad—, ahora tienes que descansar.
Ella frunció el ceño.
—Pero papá está triste.
—Estoy bien, princesa —murmuró él.
—No parece.
Sophie extendió su mano sana hacia mí.
—Doctora Adelaide, ¿puedes quedarte?
Antes de que pudiera contestar, Elias habló.
—Por favor.
Aquella palabra me sorprendió más que cualquier disculpa.
El hombre que había conocido rara vez pedía algo. Negociaba. Ordenaba. Convencía.
Pero no suplicaba.
Me acerqué a revisar el monitor.
—Cinco minutos.
Sophie sonrió satisfecha.
—Papá dice que las mamás saben hacer que todo deje de doler.
Mi cuerpo se tensó.
Elias bajó la mirada.
—¿Tu mamá viene al hospital? —pregunté.
La sonrisa de Sophie desapareció.
—No tengo mamá.
Miré a Elias.
Él permaneció inmóvil.
Durante nuestra relación jamás me había dicho que tuviera una hija.
Yo sabía que había existido una relación antes de mí, una época sobre la que nunca quería hablar.
Pero una niña de seis años no era un detalle que pudiera olvidarse mencionar.
—Sophie —intervino él rápidamente—, deberías dormir.
—Pero quiero contarle a Adelaide.
—Mañana.
—Papá…
—Sophie.
El tono fue suave, pero definitivo.
Ella cerró los ojos.
Esperé hasta que su respiración se estabilizó antes de salir.
Elias me siguió al pasillo.
—Adelaide.
Continué caminando.
—Adelaide, espera.
Me detuve frente al ascensor.
—¿Durante cuánto tiempo pensabas ocultarme que tenías una hija?
Su rostro cambió.
—Es complicado.
Solté una risa breve.
—Siempre lo es contigo.
—Sophie no vivía conmigo cuando nos conocimos.
—Eso no responde nada.
—Su madre tenía la custodia.
—¿Y ahora?
Silencio.
Entonces entendí.
—¿Dónde está su madre?
Elias miró hacia la habitación.
—Murió hace ocho meses.
La rabia que sentía se mezcló con algo más difícil de nombrar.
—Lo siento.
—Yo también.
Las puertas del ascensor se abrieron, pero no entré.
—¿Fue por eso que me dejaste?
Elias levantó la mirada.
—En parte.
—Seis meses atrás me dijiste que no sabías formar una familia. Ya tenías una.
—Precisamente.
Su voz se quebró.
—Recibí la custodia de Sophie dos meses antes de terminar contigo. Ella estaba destrozada. Se despertaba preguntando por su madre. Tenía miedo de quedarse sola. Y yo…
Se pasó ambas manos por el rostro.
—Yo apenas sabía ser padre.
—Así que decidiste desaparecer también de mi vida.
—Pensé que te estaba protegiendo.
Aquello consiguió despertar toda mi furia.
—No vuelvas a decirme eso.
—Adelaide…
—Me dejaste tomar todas las decisiones con información incompleta y después te convenciste de que era sacrificio.
Él no respondió porque sabía que yo tenía razón.
Entré al ascensor.
Justo antes de cerrarse las puertas, Elias preguntó:
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
Lo miré.
—Después de aquella noche intenté llamarte.
Frunció el ceño.
—Nunca recibí llamadas tuyas.
—Te llamé tres veces.
—Adelaide, cambié de número después de…
Se detuvo.
—¿Después de qué?
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Elias introdujo la mano y volvió a abrirlas.
—Después de recibir los mensajes.
—¿Qué mensajes?
Su confusión parecía auténtica.
—Los tuyos.
Sentí un escalofrío.
—Yo nunca te envié mensajes.
Ahora fue él quien palideció.
—Recibí seis.
—¿Qué decían?
Elias tardó demasiado en contestar.
—Que no querías volver a verme. Que habías comprendido que nuestra relación había sido un error.
Mi corazón empezó a golpearme las costillas.
—Nunca escribí eso.
—Venían de tu número.
—Imposible.
Nos quedamos mirándonos.
Por primera vez desde que había entrado en urgencias, el dolor entre nosotros dejó espacio para algo mucho más inquietante.
Alguien había querido mantenernos separados.
A las tres de la madrugada terminé mi turno.
Cuando fui a revisar a Sophie por última vez, la encontré despierta.
Elias había bajado a buscar café.
—¿No puedes dormir?
Negó.
—Tengo miedo de que papá se vaya.
Me senté junto a ella.
—Tu papá está abajo.
—No digo ahora.
Sus dedos apretaron la manta.
—Cuando mamá murió, papá vino a buscarme. Pero antes escuché a la abuela decir que yo había arruinado su vida.
Sentí una punzada.

—Los adultos dicen cosas equivocadas cuando están tristes.
Sophie me observó seriamente.
—La abuela también hablaba de ti.
Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.
—¿De mí?
Asintió.
—Tenía una foto tuya.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Qué foto?
—Una donde estabas con papá.
—¿Cuándo la viste?
Sophie pensó.
—Antes de que papá viniera por mí.
Eso significaba que alguien de la familia de Elias sabía de nuestra relación mientras Sophie todavía vivía con su madre.
—¿Qué decía tu abuela?
Sophie bajó la voz.
—Que tú no podías enterarte de mí.
Sentí frío.
—¿Por qué?
La puerta se abrió.
Elias entró con dos cafés.
Sophie se quedó callada inmediatamente.
Él percibió la tensión.
—¿Qué ocurre?
—Necesitamos hablar sobre tu madre.
El vaso casi se le escapó de la mano.
—¿Mi madre?
Entonces Sophie habló.
—Papá, puedo contarle lo del sobre, ¿verdad?
Elias se volvió lentamente hacia ella.
—¿Qué sobre?
La niña señaló su pequeña mochila junto a la silla.
—El que la abuela puso allí esta mañana.
Nos miramos.
Elias abrió la mochila.
Entre un libro infantil y una chaqueta apareció un sobre blanco.
Mi nombre estaba escrito en el frente.
DRA. ADELAIDE BROOKS.
Elias lo abrió.
Dentro había una fotografía de mi ecografía de las doce semanas.
La misma que guardaba en un cajón cerrado de mi apartamento.
En el reverso había una sola frase escrita a mano:
“ÉL NUNCA DEBE SABER QUE ESE NIÑO ES SUYO.”
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Cómo consiguió esto?
Elias no contestó.
Estaba mirando la caligrafía.
—Conozco esta letra.
—¿Es de tu madre?
Levantó los ojos.
—No.
Su rostro había perdido completamente el color.
—Entonces, ¿de quién?
Antes de que pudiera responder, Sophie señaló la fotografía.
—Esa es la letra de mi mamá.
El silencio cayó como una piedra.
Miré a Elias.
Su antigua pareja llevaba ocho meses muerta.
Y mi ecografía había sido tomada apenas cuatro meses atrás.
Entonces Sophie susurró:
—Papá… hay algo más que nunca te conté.
Elias se acercó a la cama.
—¿Qué cosa?
Los ojos de la niña se llenaron de miedo.
—La semana pasada…
Tragó saliva.
—Vi a mamá afuera de mi escuela.