A la mañana siguiente, Valeria salió de casa antes de las siete.
Tenía una presentación importante con los inversionistas del parque y no podía cancelarla. Antes de marcharse dejó las medicinas de don Ignacio organizadas sobre la mesa, preparó su desayuno y escribió los horarios de cada dosis.
—Regreso antes de las seis, papá.
Don Ignacio sonrió.
—Ve tranquila. Todavía puedo cuidarme unas horas.
Valeria besó su frente.
Al cruzarse con Mauricio en la cocina, bajó la voz.
—Solo te pido una cosa. No permitas que tu madre moleste a mi papá.
Mauricio suspiró.
—Valeria, siempre piensas lo peor.
Ella sostuvo su mirada.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Fue la última mentira que Valeria estuvo dispuesta a perdonarle.
A las once de la mañana, doña Rebeca salió del estudio y encontró a don Ignacio haciendo sus ejercicios junto al ventanal.
El fisioterapeuta acababa de marcharse.
—¿Cuánto cuesta ese hombre? —preguntó.
Don Ignacio no respondió.
—Te estoy hablando.
—Mi hija paga mi tratamiento. No es asunto suyo.
Rebeca soltó una risa seca.
—Precisamente ese es el problema. Mi hijo trabaja para mantener este departamento mientras Valeria desperdicia dinero contigo.
Don Ignacio giró lentamente la silla.
—Está usted equivocada.
—¿Sobre qué?
—Sobre muchas cosas.
Aquella respuesta bastó.
Una hora después, Mauricio regresó porque había olvidado unos documentos.
Encontró a su madre sacando una maleta del dormitorio.
—¿Qué haces?
—Lo que tu esposa no tiene valor para hacer.
Mauricio vio la silla de ruedas junto a la puerta.
Después vio las bolsas con medicamentos.
—Mamá…
—Ese inválido no merece vivir en un departamento así.
Don Ignacio estaba sentado en una silla del comedor, apoyándose con dificultad en su bastón.
—Mauricio —dijo—, detenga esto.
Mauricio miró a su madre.
Luego a su suegro.
—Quizá sería mejor que usted regresara unos días al centro de rehabilitación.
Don Ignacio quedó inmóvil.
—¿Eso piensa?
Mauricio evitó sus ojos.
Ese silencio respondió por él.
Rebeca abrió la puerta principal.
—Vamos.
—No puedo bajar solo.
—Hay elevador.
—Mi pierna no responde bien.
Rebeca empujó la silla de ruedas al pasillo.
Después las maletas.
Después una bolsa con medicamentos.
Finalmente dejó el bastón apoyado contra la pared.
—Ahí tiene todo.
Una vecina abrió su puerta al escuchar el ruido.
—¿Está todo bien?
Rebeca sonrió.
—Perfectamente. Estamos resolviendo un problema familiar.
Y cerró la puerta del departamento.
Don Ignacio quedó afuera.
Mauricio permaneció dentro.
No hizo nada.
Valeria regresó a las cinco y cuarenta y siete.
Lo primero que vio al salir del elevador fue la silla de ruedas.
Después las maletas.
Después una caja abierta llena de medicamentos.
Y finalmente a su padre.
Don Ignacio estaba sentado en el suelo, recargado contra la pared.
—Papá.
Valeria dejó caer el bolso.
Corrió hacia él.
—¿Qué pasó?
—Estoy bien.
—¿Quién hizo esto?
Su padre guardó silencio.
Valeria levantó los ojos hacia la puerta.
No necesitaba respuesta.
Entró.
Mauricio estaba en el sofá.
Doña Rebeca bebía café.
—¿Por qué mi padre está sentado en el pasillo?
Mauricio se levantó.
—Valeria, podemos hablarlo.
—Te hice una pregunta.
Rebeca dejó tranquilamente la taza.
—Yo lo saqué.
Valeria la miró.
Esperaban un grito.
Una amenaza.
Tal vez lágrimas.
No ocurrió nada.
—Entiendo —dijo.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—No.
Valeria sacó el teléfono.
Marcó un número.
—Licenciado Salgado, buenas tardes. Necesito que venga al departamento.
Mauricio soltó una carcajada nerviosa.
—¿Un abogado? No seas ridícula.
Valeria continuó:
—Traiga la copia certificada de la escritura.
La sonrisa de Mauricio desapareció.
—¿Qué escritura?
Valeria colgó.
—La de esta propiedad.
Doña Rebeca cruzó los brazos.
—¿Y qué? La casa también es de Mauricio.
Valeria la miró fijamente.
—No.
Una sola palabra.
Suficiente para cambiar el aire de la habitación.
Mauricio palideció.
—¿Cómo que no?
—Tú nunca firmaste la escritura.
—Porque dijiste que los trámites todavía estaban terminándose.
—Exactamente.
Treinta minutos después llegó el abogado.
Valeria ya había ayudado a su padre a entrar.
Don Ignacio permanecía junto al ventanal.
El licenciado Salgado abrió una carpeta negra y colocó un documento sobre la mesa.
—Señora Mendoza.
Valeria tomó la escritura.
—Explíqueles quiénes son los propietarios.
El abogado ajustó sus lentes.
—La propiedad fue adquirida por dos personas.
Mauricio tragó saliva.
—¿Quiénes?
—Valeria Mendoza e Ignacio Mendoza.
Doña Rebeca dejó caer la taza.
El golpe contra la mesa resonó por toda la sala.
—Eso es imposible.
El abogado señaló las firmas.
—El señor Ignacio aportó el enganche mediante la venta de una propiedad en San Juan del Río. La señora Valeria cubrió el resto mediante financiamiento y recursos propios.
Mauricio miró a su esposa.
—¿Entonces yo qué?
Valeria sintió algo parecido a tristeza.
—Mi esposo.
Hizo una pausa.
—Eso eras.
Rebeca se puso de pie.
—Mauricio ha pagado cosas en esta casa.
—Servicios —respondió Valeria—. Igual que yo pagué durante años gastos en los lugares donde vivimos juntos.
—¡Esto es una trampa!
Don Ignacio habló desde el fondo.
—No.
Todos voltearon.
—Una trampa requiere engañar a alguien. Usted simplemente entró en una casa ajena y decidió expulsar a uno de sus propietarios.
Rebeca enrojeció.
Mauricio intentó acercarse a Valeria.
—Podemos arreglar esto.
Ella retrocedió.
—Te pedí que protegieras a mi padre durante unas horas.
—Mi mamá me presionó.
—Tienes treinta y ocho años.
Mauricio bajó la cabeza.
—Cometí un error.

—No. Elegiste.
Aquella palabra lo hizo callar.
Valeria señaló las maletas de Rebeca.
—Ahora ella se va.
—¡No puedes echarme!
—Puedo.
Rebeca miró a su hijo.
—Mauricio, dile algo.
Él abrió la boca.
Entonces Valeria añadió:
—Y tú también deberías preparar una maleta.
Mauricio levantó la cabeza.
—¿Me estás echando?
—Todavía no he decidido qué voy a hacer contigo.
Rebeca tomó su bolso furiosa.
—¡Después de todo lo que mi hijo hizo por ti!
Valeria estuvo a punto de responder cuando el abogado la interrumpió.
—Señora Mendoza, hay algo más.
Su tono había cambiado.
Don Ignacio también lo notó.
—¿Qué sucede? —preguntó Valeria.
El licenciado Salgado sacó otro documento.
—Cuando revisé la escritura esta tarde encontré una solicitud registrada hace cuatro días.
Mauricio se quedó rígido.
Valeria lo vio.
Y supo inmediatamente que él conocía aquella solicitud.
—¿Qué solicitud?
El abogado puso el documento frente a ella.
—Un intento de iniciar un trámite relacionado con la propiedad.
Valeria sintió que se le helaba el cuerpo.
—¿Quién lo presentó?
Salgado levantó lentamente la mirada.
Mauricio dio un paso hacia la puerta.
—Valeria, antes de que leas eso, necesito explicarte algo.
Ella bajó los ojos hacia el documento.
Allí estaba el nombre.
Y debajo, una firma.
La firma de Mauricio.
Pero había otra junto a ella.
Una que hizo que don Ignacio se levantara de golpe, olvidando por un instante incluso la debilidad de su pierna.
—No puede ser… —murmuró.
Valeria miró a su padre.
—¿Conoces esa firma?
Don Ignacio no respondió.
Su rostro había perdido todo el color.
Entonces señaló el documento con la mano temblorosa.
—Valeria…
—Esa firma pertenece al hombre que intentó quedarse con mi terreno hace quince años.
Mauricio cerró los ojos.
Y Valeria comprendió que aquella tarde ya no estaba descubriendo únicamente la cobardía de su esposo.
Estaba a punto de descubrir por qué Mauricio se había casado con ella.