Parte 2: LA PRIMERA GRIETA

A las 4:13 de la madrugada, mi teléfono vibró.

Lily dormía bajo los sedantes cuando salí al pasillo.

—Coronel —dijo Reyes—. Tenemos un problema.

—Habla.

—Esos tres chicos no atacaron a tu hija por casualidad.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—Explícate.

—Chen recuperó parte del sistema de vigilancia del campus. Alguien eliminó once minutos de grabación, pero cometió un error. Una copia automática quedó almacenada en un servidor externo.

—¿Se ve el ataque?

—No completo. Pero se ve lo que ocurrió antes.

Mi mirada regresó hacia Lily.

—Envíamelo.

Treinta segundos después recibí un archivo.

Lo abrí.

La imagen mostraba el estacionamiento detrás del edificio de ciencias. Lily apareció caminando sola, con una mochila sobre el hombro.

Después entraron Ethan Cole, Brandon Hale y Tyler Whitmore.

Los tres la siguieron.

Pero un cuarto hombre apareció detrás de ellos.

No era estudiante.

Traje oscuro. Cerca de cincuenta años. Caminaba con la postura rígida de alguien entrenado.

El hombre habló con Tyler.

Luego señaló a Lily.

La grabación terminaba ahí.

—¿Quién es? —pregunté.

Reyes tardó unos segundos.

—Estamos trabajando en eso.

—Trabajen más rápido.

—Daniel… hay otra cosa.

Solo Reyes podía llamarme así después de haber dicho “coronel”.

—Encontramos mensajes borrados del teléfono de Tyler.

—¿Qué dicen?

—Uno fue enviado dos horas antes del ataque.

Escuché unas teclas.

Entonces Reyes leyó:

“Asústenla. Recuperen lo que encontró. Nada más.”

Mi sangre se enfrió.

—¿Qué encontró Lily?

—Eso intentamos averiguar.

Volví a entrar en la habitación.

Sobre una silla estaban sus pertenencias: zapatos, mochila, teléfono roto.

Tomé la mochila.

Cuadernos.

Un libro.

Una botella de agua.

Nada.

Entonces recordé algo.

La bolsa de pruebas.

El papel con los tres nombres.

Lily había conseguido escribirlos después del ataque.

¿Por qué?

Me acerqué a la cama.

—Lily.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—Cariño, necesito preguntarte algo.

Intentó hablar, pero los alambres se lo impedían.

Le entregué mi teléfono y abrí una aplicación de notas.

Sus dedos temblaron.

Escribió:

NO FUE POR MÍ.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Lily escribió nuevamente.

ENCONTRÉ ALGO EN EL LABORATORIO.

—¿Qué?

Esta vez tardó más.

ARCHIVOS.

—¿Qué clase de archivos?

Sus ojos se llenaron de miedo.

Escribió tres palabras:

CONTRATOS DEL EJÉRCITO.

Me quedé inmóvil.

Mi hija estudiaba ingeniería biomédica.

No tenía ninguna razón para estar revisando contratos militares.

—¿Dónde los encontraste?

SERVIDOR DEL PROFESOR BENNETT.

Conocía ese nombre.

El doctor Samuel Bennett dirigía un proyecto universitario financiado parcialmente por empresas privadas.

—¿Qué había en ellos?

Lily comenzó a escribir, pero se detuvo.

Sus ojos miraron hacia la puerta.

Un hombre vestido de enfermero acababa de entrar.

No reconocí su rostro.

Pero reconocí sus zapatos.

Botas tácticas.

Demasiado pesadas para un enfermero.

Me puse de pie.

—¿Quién es usted?

El hombre se detuvo.

—Vengo a revisar la medicación.

—¿Nombre?

—Mark.

—Apellido.

Titubeó.

Solo medio segundo.

Fue suficiente.

Me interpuse entre él y Lily.

—Salga.

Su mano descendió hacia el bolsillo.

Yo no me moví.

—No haga eso.

Nuestros ojos se encontraron.

Entonces comprendió que yo había reconocido el peligro.

El hombre retrocedió.

—Habitación equivocada.

Salió.

Esperé tres segundos antes de seguirlo.

Cuando llegué al pasillo, había desaparecido.

Saqué el teléfono.

—Reyes.

—Aquí.

—Alguien acaba de intentar entrar en la habitación de Lily haciéndose pasar por enfermero.

Silencio.

—¿Descripción?

Se la di.

Reyes comenzó a escribir.

—Voy a enviar a Kane.

—No.

—Daniel…

—Si enviamos al equipo completo, quien esté detrás de esto sabrá que estoy activo.

—Puede que ya lo sepa.

Aquella frase me detuvo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque identificamos al cuarto hombre del video.

—¿Quién?

Marcus Vale.

El nombre me golpeó como una puerta de acero.

No lo había escuchado en diecinueve años.

Marcus Vale había sido analista de inteligencia adjunto a Spectre.

Nunca perteneció realmente al equipo.

Era el hombre que recibía nuestras operaciones, limpiaba los registros y se aseguraba de que oficialmente nunca hubiéramos estado allí.

También era uno de los únicos cinco hombres que conocían mi identidad real.

—Vale murió —dije.

—Eso creíamos.

—Vi su expediente.

—El expediente fue falsificado.

Miré hacia la habitación de Lily.

Todo cambió.

Aquello ya no era solamente un grupo de universitarios privilegiados intentando cubrir una agresión.

Alguien de mi antigua vida estaba involucrado.

Y había encontrado a mi hija.

—Localízalo.

—Ya lo intentamos.

—¿Resultado?

—Nada. Pero encontramos algo peor.

Reyes respiró lentamente.

—La empresa de defensa financiada por la familia Whitmore recibió cuatro contratos clasificados durante los últimos seis años.

—¿Para qué?

—No podemos acceder al proyecto completo. Solo aparece un código.

—Dímelo.

Proyecto Lazarus.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Lazarus.

No era posible.

Ese proyecto había sido destruido antes de que Spectre desapareciera.

Yo mismo había supervisado la eliminación de sus archivos.

—Reyes…

—Lo sé.

—¿Quién autorizó esos contratos?

—Todavía estamos rastreándolo.

Entonces escuché un ruido dentro de la habitación.

Me giré.

Lily estaba golpeando frenéticamente la barandilla de la cama.

Corrí hacia ella.

Tenía mi teléfono entre las manos.

En la pantalla había escrito:

PAPÁ, YO VI ESE NOMBRE.

—¿Qué nombre?

Señaló mi teléfono.

Proyecto Lazarus.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Dónde?

Sus dedos comenzaron a moverse.

EN LOS ARCHIVOS DE BENNETT.

Después añadió:

HABÍA FOTOS.

—¿Fotos de qué?

Lily me miró.

Por primera vez desde el ataque, vi algo más fuerte que el dolor en sus ojos.

Terror.

Escribió:

DE SOLDADOS.

—¿Qué soldados?

Otra respuesta.

MUERTOS.

Reyes seguía escuchando por teléfono.

—Daniel —dijo—. Necesito que salgas de ese hospital ahora.

—¿Por qué?

—Chen acaba de entrar en la base de datos de seguridad.

—¿Y?

—El hombre que intentó entrar en la habitación no vino solo.

Miré hacia la puerta.

—¿Cuántos?

—Cuatro.

Mi antiguo instinto regresó de inmediato.

Ventanas.

Puertas.

Pasillos.

Ascensores.

Rutas de salida.

Todo se convirtió nuevamente en un mapa.

—¿Dónde están?

—Uno en el estacionamiento. Otro cerca del ascensor. Perdimos al tercero.

—¿Y el cuarto?

Silencio.

—Reyes.

—Daniel…

Su voz sonó diferente.

El cuarto está registrado como médico asignado a Lily.

Me giré lentamente.

El verdadero médico de mi hija había entrado mientras hablábamos.

Pero ahora sostenía una jeringa.

Y detrás de él estaba Marcus Vale.

Diecinueve años mayor.

Cabello gris.

La misma sonrisa tranquila.

—Hola, Fantasma.

Mi cuerpo se congeló.

Vale miró a Lily.

—Lamento lo que hicieron esos muchachos. Se suponía que solo debían recuperar la memoria.

Miré a mi hija.

—¿Qué memoria?

Vale sonrió.

—La que ella robó del laboratorio.

Entonces Lily comenzó a escribir frenéticamente en el teléfono.

Miré la pantalla.

Y aquellas palabras hicieron que todo mi pasado regresara de golpe.

PAPÁ, EN LOS ARCHIVOS HABÍA UNA FOTO TUYA.

Debajo escribió otra frase.

PERO NO ESTABAS SOLO.

Vale cerró la puerta.

Y Lily terminó de escribir:

MAMÁ ESTABA CONTIGO.

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