Parte 2: LA TESTIGO QUE GISELLE NO VIO

Raymond miró a Giselle como si acabara de descubrir a una desconocida dentro del cuerpo de la mujer con la que pensaba casarse.

—Dime que no la empujaste.

Giselle recuperó parte de su arrogancia.

—Raymond, por favor. Serena apareció sin avisar, haciendo una escena. Intentó entrar y perdió el equilibrio.

—No fue eso lo que ocurrió —dije.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Claro que dirías eso.

La doctora Albright levantó una mano.

—Esta discusión no puede continuar aquí. El bebé necesita tranquilidad.

Raymond se pasó ambas manos por el rostro.

—¿Hay alguna prueba?

Aquella pregunta hizo sonreír a Giselle.

Fue una sonrisa pequeña.

Confiada.

Ella todavía creía que no había testigos.

—Sí —respondí.

Su sonrisa desapareció.

Las puertas del pasillo volvieron a abrirse.

Una mujer de unos sesenta años apareció acompañada por un hombre con traje oscuro.

Reconocí inmediatamente a la primera.

Margaret Ellis.

La administradora del edificio donde vivía Giselle.

El hombre que caminaba a su lado era mi abogado, Nathan Cole.

Giselle retrocedió.

—¿Qué hace ella aquí?

Margaret no respondió.

Nathan sí.

—La señora Ellis entregó esta tarde una copia de las grabaciones del vestíbulo y del estacionamiento.

Raymond giró hacia Giselle.

—Dijiste que no había cámaras.

—Yo… pensé que no funcionaban.

Nathan abrió su maletín.

—La cámara principal estaba averiada. La del ascensor de servicio no.

El silencio fue inmediato.

Yo recordaba perfectamente aquel día.

Había ido al edificio con una carpeta que contenía las ecografías, el informe de mi obstetra y una carta para Raymond.

No quería recuperarlo.

No quería impedir su boda.

Solo quería que supiera que iba a ser padre.

Giselle me encontró antes de que pudiera subir.

Primero se rio de mi embarazo.

Después me dijo que Raymond jamás creería que el bebé era suyo.

Finalmente intentó arrancarme la carpeta.

Cuando me negué a entregársela, me empujó.

Caí contra los escalones de piedra.

Horas después, Hayden estaba naciendo siete semanas antes de tiempo.

—Quiero ver la grabación —dijo Raymond.

Giselle lo sujetó del brazo.

—Nuestra boda es mañana. No puedes permitir que ella destruya todo por un accidente.

Raymond miró la mano de Giselle sobre su manga.

Después la apartó.

—Quiero verla.

Nathan sacó una tableta.

No necesitábamos observar el video completo.

La expresión de Raymond fue suficiente.

Vio a Giselle bloquearme el paso.

Vio la discusión.

Vio cómo intentaba quitarme la carpeta.

Y vio el movimiento deliberado de sus dos manos contra mis hombros.

Yo desaparecía de la imagen un segundo después.

Raymond cerró los ojos.

—Dios mío.

—Ella me provocó —susurró Giselle.

Margaret dio un paso adelante.

—Eso tampoco es todo.

Giselle se quedó rígida.

—Cállese.

Margaret ignoró la orden.

—Después de que Serena cayó, yo salí de la oficina de administración. Giselle estaba arriba de las escaleras.

Raymond la miró.

—¿Y?

Margaret tragó saliva.

—Serena estaba pidiendo ayuda.

Sentí que mi cuerpo recordaba aquel momento.

El dolor.

El miedo.

Mi mano sobre el vientre.

—¿Qué hizo Giselle? —preguntó Raymond.

Margaret bajó la voz.

Se marchó.

Raymond dejó de respirar.

—¿La dejó allí?

—Sí.

Giselle comenzó a llorar.

—¡Entré en pánico!

—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Nathan.

Ella no respondió.

—Porque los registros muestran que tardó cuarenta y siete minutos en llamar a emergencias.

Raymond la observó horrorizado.

—Cuarenta y siete minutos.

—No sabía que estaba tan herida.

La doctora Albright intervino.

—Esos minutos pudieron cambiar completamente el desenlace.

Raymond miró hacia Hayden.

La culpa apareció por fin en su rostro.

Pero ya no significaba nada para mí.

—Serena —dijo—, necesito hablar contigo a solas.

—No.

—Por favor.

—Cuando yo necesitaba hablar contigo, me bloqueaste.

Bajó la cabeza.

—No sabía lo del bebé.

—Elegiste no saberlo.

Eso le dolió.

Lo vi.

Y no sentí satisfacción.

Solo cansancio.

Entonces Nathan colocó otra carpeta sobre la mesa.

—Señor Palmer, existe además una cuestión legal relacionada con el menor.

Raymond levantó la cabeza.

—Soy su padre. Quiero reconocerlo inmediatamente.

—La paternidad biológica está establecida —respondió Nathan—. Pero eso no significa que pueda entrar en la vida del niño como si los últimos meses no hubieran ocurrido.

—Contrataré abogados.

—Ya lo imaginábamos.

Giselle soltó una risa amarga.

—¿Escuchas cómo habla? Todo esto estaba preparado.

La miré.

—No.

Acaricié suavemente la espalda de Hayden.

—Lo preparé después de despertar de la cirugía y descubrir que mi hijo estaba en cuidados neonatales.

Nathan sacó varias hojas.

—También conservamos los mensajes enviados por Serena informándole del embarazo, los correos devueltos por instrucciones de su equipo legal y la notificación donde su abogado amenazó con denunciarla si volvía a ponerse en contacto.

Raymond palideció.

—Yo nunca autoricé eso.

Ahora fui yo quien lo miró.

—¿Qué?

—Le dije a mi abogado que gestionara el divorcio. Nunca le pedí que te amenazara por hablarme de un embarazo.

Giselle dejó de llorar.

Fue apenas un cambio.

Pero Nathan lo vio.

Yo también.

—¿Quién tenía contacto directo con su abogado? —preguntó Nathan.

Raymond no respondió inmediatamente.

Luego miró a Giselle.

—Tú.

—Raymond…

—Tú recogías mi correspondencia cuando estaba viajando.

—Porque me lo pediste.

—También tenías acceso a mi correo.

Giselle tomó su bolso.

—No pienso quedarme aquí para que me interroguen.

Nathan se interpuso sin tocarla.

—No la estamos reteniendo.

—Perfecto.

Caminó hacia la salida.

Entonces Margaret habló.

—Antes de irse, debería saber que encontramos la carpeta de Serena.

Giselle se detuvo.

Raymond giró.

—¿Qué carpeta?

—La que llevaba el día de la caída.

Margaret sacó una bolsa transparente.

Dentro estaban mis estudios médicos.

Mis ecografías.

Y la carta que había escrito para Raymond.

Pero había algo más.

Un sobre que yo nunca había visto.

Nathan se puso guantes y lo abrió.

Dentro encontró varias impresiones.

Registros bancarios.

Correos electrónicos.

Una factura del despacho que había manejado nuestro divorcio.

Raymond tomó una de las hojas.

Su expresión cambió.

—¿Qué es esto?

Nathan leyó por encima de su hombro.

—Un pago de veinticinco mil dólares realizado cuatro meses atrás.

—¿A quién?

Nathan levantó la mirada hacia Giselle.

—Al abogado que envió las advertencias a Serena.

Raymond palideció.

—¿Quién hizo el pago?

Nathan giró la hoja.

La transferencia procedía de una sociedad llamada GH Consulting.

Giselle Hart.

Raymond retrocedió.

—Tú sabías que estaba embarazada.

Giselle guardó silencio.

Lo sabías.

—Raymond, puedo explicarlo.

—¿Desde cuándo?

Ella apretó los labios.

—Desde antes del divorcio.

Aquello incluso me sorprendió.

Raymond pareció perder el equilibrio.

—¿Antes?

Giselle miró hacia Hayden.

Y entonces dijo algo que convirtió el pasillo entero en hielo.

—Porque ese bebé nunca debía llegar a formar parte de tu vida.

Raymond dio un paso hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Giselle comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Nathan sacó inmediatamente su teléfono.

Pero antes de que alguien pudiera decir otra palabra, la doctora Albright recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos.

Su rostro cambió.

—Serena, necesito hablar contigo.

Sentí un miedo instantáneo.

—¿Hay algún problema con Hayden?

—No con su estado actual.

Miró primero a Raymond.

Después a mí.

—Acaban de llegar los resultados completos de los análisis que ordenamos después del parto.

—¿Qué análisis?

La doctora respiró profundamente.

—Los que hicimos cuando descubrimos una anomalía en su expediente prenatal.

Raymond frunció el ceño.

—¿Qué anomalía?

La doctora cerró la puerta del pasillo.

Alguien alteró los registros médicos de Serena semanas antes de la caída.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Para qué?

La doctora me miró.

—Eso es precisamente lo que necesitamos averiguar.

Entonces levantó una segunda hoja.

—Porque la modificación fue autorizada utilizando las credenciales de un médico.

Raymond leyó el nombre.

Y su rostro quedó completamente blanco.

—No puede ser.

Yo le arrebaté el documento.

Conocía aquel nombre.

Todos lo conocíamos.

Era el padre de Giselle.

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