Aquella noche, frente a la puerta de la familia Fu, permanecí inmóvil durante mucho tiempo.
El amuleto de Wenchang que sostenía en la mano me había costado medio día de viaje. Había subido cientos de escalones hasta el templo porque una anciana me aseguró que traería suerte en los exámenes.
Yo había creído que Fu Chengxi lo necesitaba.
Ahora comprendía que la única ingenua había sido yo.
Dentro de la casa, el señor Fu volvió a hablar:
—Mientras entiendas la diferencia entre divertirte y elegir esposa, no me importa.
Fu Chengxi respondió con indiferencia:
—Lo entiendo.
—Las chicas como Liang Zhiya suelen confundirse cuando alguien de nuestra familia les presta atención.
Después escuché una risa.
La de Fu Chengxi.
No esperé más.
Dejé el amuleto en un contenedor de basura y regresé sola a casa.
Esa noche no lloré.
Simplemente abrí el correo electrónico que llevaba semanas evitando.
“Universidad de California, Los Ángeles: admisión confirmada.”
Mi madre había solicitado la plaza conmigo meses atrás. Incluso había preparado en secreto todos los documentos necesarios.
Hasta aquel momento yo seguía dudando.
Porque Fu Chengxi estaba aquí.
Porque durante años había imaginado que entraríamos juntos en la universidad.
Porque había confundido sus gestos, su protección y aquellas tardes estudiando juntos con algo que quizá nunca había existido.
Pero después de escuchar sus palabras, pulsé el botón de confirmación.
Elegí UCLA.
Al día siguiente, Fu Chengxi me encontró antes del examen.
—Zhiya.
Levanté la cabeza.
Me lanzó algo.
Lo atrapé por reflejo.
Era un bolígrafo nuevo.
—No uses el viejo. Ayer dijiste que fallaba.
Lo miré durante unos segundos.
Antes, un detalle así habría conseguido alegrarme todo el día.
Ahora solo pensé:
Qué buen actor.
—Gracias.
Fu Chengxi frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres?
Pareció desconcertado, pero finalmente entró al aula.
Después de los exámenes, me preguntó dónde pensaba estudiar.
Le respondí:
—La Universidad de Pekín.
No porque quisiera vengarme.
Simplemente ya no quería que supiera nada de mi vida.
Una semana después volé a Estados Unidos.
Y cuando vi aquellas cincuenta llamadas perdidas al aterrizar, durante un instante estuve a punto de devolverle una.
Pero recordé su voz.
“Solo estoy jugando con ella.”
Saqué la tarjeta SIM.
Y la tiré.
Tres años después, en Los Ángeles, las palabras volvieron a resonar en mi cabeza mientras Fu Chengxi permanecía frente al ascensor.
—Porque ya no me gustabas.
Su rostro se volvió rígido.
Yo presioné el botón.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Pero antes de desaparecer de mi vista, escuché su voz.
—Mientes.
No respondí.
Cuando llegué a recepción, mi compañera Mia me miró sorprendida.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Ese huésped parecía querer derribar el hotel.
Sonreí.
—Entonces tendremos que cobrarle los daños.
Mia soltó una carcajada.
Yo bajé la cabeza y continué revisando reservas.
A las siete terminé mi turno.
Cuando salí por la puerta de empleados, un automóvil negro estaba estacionado frente al hotel.
Fu Chengxi esperaba apoyado contra él.
Lo ignoré.
—Liang Zhiya.
Seguí caminando.
—¿Cuánto ganas aquí?
Me detuve.
Aquella pregunta consiguió irritarme más que todo lo ocurrido durante la noche.
Me volví.
—¿Por qué?
Sacó una tarjeta bancaria.
—Deja este trabajo.
Lo miré incrédula.
—¿Perdón?
—Te pagaré el doble.
Entonces comprendí.
Fu Chengxi seguía siendo exactamente el mismo.
Un joven criado creyendo que todo problema tenía un precio.
Solté una pequeña risa.
—Guárdate tu dinero.
Su expresión se oscureció.
—Antes habrías aceptado.
—Antes tenía dieciocho años.
Pasé junto a él.
Pero dijo algo que consiguió detenerme.
—¿Cuánto te pagaron para desaparecer?
Giré lentamente.
—¿Qué dijiste?
Fu Chengxi guardó la tarjeta.
—Tres años atrás fui a buscarte.
—Eso ya lo sé.
—No. No sabes nada.
Se acercó un paso.
—Cuando descubrí que habías volado a Los Ángeles, fui a tu casa. Tu madre me dijo que nunca volviera.
Sentí que mis dedos se tensaban.
—¿Y?
—Dijo que habías recibido suficiente dinero para mantenerte lejos de mí.
Me quedé paralizada.
Mi madre jamás me había contado aquello.
Fu Chengxi continuó:
—Después mi padre me mostró una transferencia.
—¿Qué transferencia?
—Dos millones de yuanes.
Lo miré fijamente.
—Yo nunca recibí ese dinero.
Por primera vez, la seguridad desapareció de sus ojos.
—¿Qué?
—No recibí ni un centavo de tu familia.
El silencio entre nosotros cambió.
Ya no era resentimiento.
Era sospecha.
Fu Chengxi dio otro paso.

—Entonces alguien mintió.
—Eso no cambia nada.
—Para mí sí.
Negué con la cabeza.
—Tu problema es que sigues creyendo que me fui por dinero.
—¿Y cuál fue la verdadera razón?
Recordé aquella noche.
La puerta cerrada.
La voz de su padre.
Y la respuesta de Chengxi.
Pero antes de poder hablar, una voz femenina llegó desde atrás.
—Chengxi.
Zhou Tiantian acababa de salir del hotel.
Se acercó rápidamente y tomó su brazo.
—Te estaba buscando.
Después me miró.
—Zhiya, algunas personas deberían saber cuándo una historia terminó.
La observé con calma.
—En eso estamos de acuerdo.
Me marché.
Esta vez Fu Chengxi no intentó detenerme.
Aquella tarde regresé a mi apartamento y encontré a mi madre esperándome.
Había llegado a Los Ángeles dos días antes por negocios.
—Mamá, necesito preguntarte algo.
Le conté lo que Fu Chengxi había dicho.
Su taza quedó suspendida a medio camino de sus labios.
Aquella pequeña reacción fue suficiente.
—Tú sabes lo de los dos millones.
Mi madre dejó lentamente la taza.
—Zhiya, hay cosas del pasado que es mejor no remover.
—¿Quién recibió ese dinero?
No contestó.
—Mamá.
Su rostro se endureció.
—No importa.
—Para mí sí.
Me levanté.
—Durante tres años ese hombre creyó que desaparecí porque alguien me compró.
—¿Y qué importa lo que piense Fu Chengxi?
—Importa porque alguien utilizó mi nombre.
Mi madre cerró los ojos.
Parecía debatirse consigo misma.
Finalmente abrió el bolso y sacó un sobre amarillento.
—Esperaba no tener que enseñarte esto nunca.
Dentro había un comprobante bancario.
Dos millones de yuanes.
El remitente era Fu Jianming, padre de Chengxi.
Pero cuando vi el nombre del destinatario, sentí que se me helaba la sangre.
No era mi madre.
No era yo.
Era Zhou Tiantian.
—¿Qué significa esto?
Mi madre me miró con una expresión extraña.
—Significa que escuchaste aquella conversación frente a la casa de Fu Chengxi…
Hizo una pausa.
—pero no escuchaste lo que ocurrió cinco minutos después.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Respondí.
La voz de Fu Chengxi llegó desde el otro lado, tensa.
—Zhiya, encontré la grabación de seguridad de aquella noche.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué grabación?
Fu Chengxi respiró con dificultad.
—La de mi casa.
Entonces pronunció las palabras que hicieron que mi madre palideciera.
—Tienes que verla. Porque después de que te marchaste, mi padre me preguntó si realmente estaba jugando contigo… y mi respuesta no fue la que tú escuchaste.